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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO hecho, en parte, desaparecer tales abusos, éstos habían llegado ya á su colmo y la aristocrática morada se hallaba en el más completo deterioro. ¿Cuál no sería, p u e s la general admiración cuando una carta de la capital del departamento vino de la noche á la mañana á participar al alcalde que un decreto del Poder central había restituido las tierras y el castillo á la viuda é hija del ex marqués de Mereville? En un principio nadie dio crédito á- aquella noticia, que regocijaba á unos y consternaba á otros; pero ya no fué lícita la duda cuando se vio salir de un rincón desconocido de aquel vasto edificio á un viejo criado de confianza, que se había ocultado allí durante los malos tiempos, viviendo no se sabía de qué y esperando un cambio que parecía imposible. Aquel buen hombre, que á pesar del riesgo de tales relaciones, no había cesado de estar en correspondencia secreta con la marquesa, recorrió todo el pueblo, vestido con una antigua librea, y confirmó la gran noticia, anunciando que había recibido órdenes directas y que sus señoras iban á volver- más ricas que nunca á sus dominios. Amenazó á los unos con su enojo, ofreció su protección á los otros y concluyó por achisparse al fiado en la taberna de la aldea, en honor del próximo suceso. En medio de una pequeña explanada iluminada Un hecho aún más significativo que las bachillepor la luna, á unos cien pasos de la explanada principal, el Guapo Francisco, con su arma toda- rías de maese Contois (así se llamaba el criado) vía humeante en la mano, contemplaba un cuerpo fué la repentina llegada de Daniel Ladrange á Mereville, dos días después de recibidos los desinanimado, tendido á sus píes sobre la yerba. De repente, una mujer, con los cabellos en des- pachos por la autoridad municipal. Daniel visitó minuciosamente la casa y dio orden orden y los vestidos desgarrados, salió impetuosamente de la maleza y exclamó con acento sobre- de que se hicieran las reparaciones necesarias. Aún no estaban terminadas éstas cuando llegahumano ron la marquesa y su hija. -j Francisco, acabas de matar á tu hijo... Aquel regreso era, pues, prematuro; las señoY cayó como una masa inerte sobre el ensanras, acostumbradas á la comodidad, tendrían que grentado cadáver del A í mí o de Etrechy. estar muy mal alojadas para pasar un invierno probablemente muy riguroso. Pero la marquesa, TERCERA PARTE en su alegría, hallaba respuesta á todas las objeciones y se conformaba con todo. Daniel, por su parte, no desconocía las incomodidades á que estaban sometidas sus queridas paEL ADEREZO DE RUBÍES rientas en Mereville, y procuraba con todo ahinco ponerlas remedio. p 1 castillo de. Mereville, deshabitado desde el La marquesa, renunciando al fin al proyecto de principio de la revolución, estaba situado á casar á su hija con Francisco Gauthier, según las muy pocas leguas de los bosques de la Muette. cláusulas testamentarias de su hermano, había Aquel viejo edificio, mansión en otro tiempo de consentido en sancionar el cariño tan antiguo y la opulencia y la alegría, había sufrido mucho du- constante de su sobrino hacia María. La única rante la última época con las injurias de los años condición que impuso fué que la ceremonia del y de los hombres. El viento había destrozado los casamiento se efectuase en el mismo Mereville. vidrios de las ventanas, la lluvia había agujereado Dos meses, poco más ó menos, después de los el techo dé pizarra, las chimeneas estaban derri- acontecimientos que hemos referido en el capítulo badas, torcidas las veletas y hendidas las paredes. precedente, estaban terminados los preliminares Las gentes del país, por su parte, no contando del casamiento, y ya se había señalado día para la con ver más á los antiguos poseedores, se habían ceremonia, pero con gran pesar de la marquesa, apoderado de las tierras y de la habitación como que hubiera querido celebrar la boda de su hija si fuesen bienes propios. Uno había obtenido del con el esplendor de otros tiempos, se había conMunicipio autorización para alojar su ganado en venido en que, atendidas las circunstancias, todo las cuadras; otro, para encerrar su cosecha en las se, haría en familia y sin aparato. habitaciones de la planta baja; y aunque la adLa antevíspera de aquel día tan anhelado halláministración local en tiempo del Directorio había base en Mereville Daniel, que con motivo del pro- Contifiuará. ¡Madre mía, socorro... ¡Madre mía, socorro! El Rojo de Auneau, el Tuerto deJouy y Santiago de Pithiviers, que estaban presentes, no se movieron, desconcertados por la rapidez de aquella escena; pero el Guapo Francisco, rugiendo como un tigre enfurecido, se lanzó en persecución del fugitivo, y ambos desaparecieron en la obscuridad de los bosques. Por mucha que fuese la ligereza del terrible jefe, acaso no hubiera podido alcanzar en medio de las tinieblas, á través de los barrancos y rnalezas, á aquel jovencillo descalzo, á quien el miedo ponía alas en los pies. Si el hijo de Fancheta hubiera tenido el pensamiento de ocultarse en silencio entre una espesura de follaje, se habría libertado, al menos por el momento, de la cólera del Guapo Francisco. Mas, como ya hemos dicho, el Niñito de Eírechy era presa del vértigo y al mismo tiempo que corría con espantosa celeridad, continuaba gritando con su voz aguda y penetrante: ¡Madre mía, socorro! ¡Madre mía, socorro! Oyóse un tiro en el interior de la selva, seguido de un grito desgarrador... Cesaron en seguida las voces de socorro, y no se oyó más.