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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA tener de los otros expedicionarios una relación exacta de lo ocurrido; pero todos hablaban á un tiempo exasperados y era imposible sacar nada en limpio, hasta que el jefe les impuso silencio con energía, y dirigiéndose luego á Santiago de Pithiviers, que parecía más sereno, le pidió una narración de los sucesos. ¡Ah, Meg! -contestó el maestro de niños con dolorido acento, -bien os decía yo que nada bueno podía esperarse de ese infame rapaz, ¡el Niñito de Etrechy! El ha sido la causa de esta desgracia, y si todos no hemos quedado por allá, no ha sido culpa suya, yo os lo juro. ¿Y por qué? -preguntó el Guapo Francisco, cuyo semblante se había demudado al oir pronunciar el nombre del hijo de la Virolosa. -Vais á saberlo. Después de una hora ó más de ausencia, vino á decirnie que había ido á Poly, que le habían recibido muy bien los granjeros y que se podía dar allí un buen golpe porque los leñadores habían partido... ¡Descarado embusterillo! Ahora tengo la certeza de que no ha estado en Poly ni ha salido de los bosques, y sólo habló de aquel modo para hacernos caer en la ratonera. -Bien está- -dijo el Meg con voz sorda, -prosigue. -Emprendí, pues, el camino de Poly con otros cuatro camaradas, y como íbamos sobre seguro, no llevábamos más armas que nuestros bastones. AI llegar á la alquería no vimos luz alguna y al parecer todo el mundo dormía. Sin cuidarnos de los perros que ladraban furiosamente en el corral, forzamos la primera puerta; pero cuando avanzábamos para echar abajo la puerta de la casa, se abre ésta de repente, y lo menos diez ó doce hombres, armados de bieldos, hachas y hoces, se arrojan como energúmenos sobre nosotros. ¿Qué podíamos hacer contra tanta gente? Así, pues, yo di la voz de retirada y escapamos; pero el Normandote se empeñó en hacer resistencia y uno de los leñadores, que tenía una escopeta, disparó sobre él. Nuestro pobre camarada pudó llegar al bosque, pero perdía mucha sangre y se debilitaba por momentos, de manera que fué preciso cogerle en brazos para traerle hasta aquí. -i Y crees que la gente de la alquería os haya conocido? -preguntó el Guapo Francisco. -No, no, Meg; no les hemos dado tiempo para ello, como podéis suponer. Al advertir que nos habían engañado y que los de la granja estaban tan b i e n preparados, escapamos apresuradamente, aunque ya demasiado tarde para el Normándote. Al terminar estas frases, alzóse gran rumor hacia el sitio donde Bautista el Cirujano se disponía á curar al herido, oyéndose después fuertes risotadas y griterío, y, por último, con general adrniración, se vio al Normándote lQva. nta. rse por su pie y echar á correr medio desnudo detrás de los que se burlaban de él. Hasta el facultativo, con sus instrumentos en la mano, parecía participar de lá general hilaridad! ¿Qué significa eso? preguntó á delantándose precipitadaiijente el GMa ij Francisco. -Esto significa, Meg- -dijo Bautista encogiéndose de hombros, que la escopeta con que han disparado sobre el Normándote estaba cargada con sal en lugar de plomo. El dolor ha debido ser terrible, pero no. hay el menor peligro, y el Normándote ha tenido más miedo que otra cosa. Esta declaración fué recibida con una nueva andanada de risas y de matracas. E 1 Guapo Francisco, dejando a 1 pusilánime Normándote, se retiró otra vez á un lado con dos ó tres de sus amigos familiares. -Ese cobarde estúpido no saldrá mal librado de ésta- -dijo; -sin embargo, se ha cometido una falta grave y hay que hacer un escarmiento... Santiago- -continuó dirigiéndose al maestro, ¿estás bien seguro de que el fracaso de vuestra ex- pedición debe atribuirse exclusivamente á e s e odioso engendro, el Niñito de Etrechy f- -Segurísimo, Meg. El Guapo Francisco reflexionaba con ademán sombrío. -Santiago- -dijo por fin, -búscame al Niñito de Etrechy. No tuvo que hacer mucho Santiago de Pithiviers para descubrir á su indócil alumno. El pobre niño, encantado de la excelente broma que creía haber dado á sus verdugos, estaba á pocos pasos de allí, escondido entre los matorrales y riendo á todo reír de las continuadas burlas que se dirigían al Normándote. Sólo cuando sintió sobre el hombro la pesada mano del preceptor, empezó á temer las consecuencias de su travesura; sin embargo, no profirió una palabra y se dejó conducir sin resistencia ante el Meg, como quien estaba habituado á las correcciones y endurecido á los golpes. El Guapo Francisco clavó en él una mirada centelleante. -Me has desobedecido- -dijo, -has mentido y has sido causa de que pudiera haber sucedido una desgracia esta noche... ¿Lo confiesas? El niño temblaba; pero, sin embargo, trató de echarla de desvergonzado. ¡Bah! ha sido por reír- -contestó. ¡Por reír... ¿Luego confiesas que no has ido á Poly, como yo te había mandado, y que has hecho una falsa confidencia? -Ya digo que ha sido una broma, y la prueba es que sólo han disparado con sal a. 1 Normándote. -Podían haberle matado, y tú merecías... Pero todavía consiento en tratarte con indulgencia si me dices dónde está tu madre. -Yo no sé- -contestó el niño, cayendo súbitamente en su estupidez afectada. -Vamos, habla con franqueza, ó si no... El Niñito, así estrechado, levantó de repente la cabeza é hizo al Meg una mueca de escolar insurrecto; mas apenas hubo cedido á aquel prim impulso, se espantó de las consecuencias eventu; iles de su temeridad. El Meg se puso cárdeno, lanzó una especie de rugido, sacó del bolsillo una pistola y la montó. Al sentirse perdido, el niño sufrió una especie de vértigo, se escapó de las manos de Santiago estupefacto, giró dos ó tres veces sobre sí mismo y echó á correr con agilidad hacia la espesura del bosque, gritando con voz penetrante: