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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO Verificáronse en seguida las extrañas ceremonias del casamiento de Longjumeau y la Bella Victoria, y cuando el bailoteo y la algazara estaban en su apogeo, el Guapo Francisco impuso silencio para decir: -Aún no hemos concluido. Al punto se detuvieron todos y sucedió un profundo silencio. -No, todavía no hemos concluido- -repitió el Guapo Francisco con risa sardónica. -Acabamos de efectuar un matrimonio, ¿por qué no hemos de poder efectuar algún divorcio, ya que tenemos as manos en la masa? Veamos, ¿quién de vosotros no está contento con su lote? Oyéronse muchas risas, pero nadie se presentó, porque el esposo infortunado que había pedido ín otra ocasión el divorcio, sin duda lo había pensado mejor. -Bueno- -dijo el Guapo Francisco, si nadie pide el divorcio, ¡yo le pido 1 Fué á buscar entre la multitud á Rosa, que estaba sobrecogida; la asió del brazo, y conduciéndola ante el Curilla, dijo con autoridad: -Cura, descásanos inmediatamente; yo 1 o mando. Todas las fisonomías expresaron un gran asombro en presencia de aquel golpe teatral, porque era bien conocido el profundo y antiguo cariño del jefe hacia Rosa, y todos se habían acostumbrado á mostrar á ambos el mismo respeto y de- ferencia. No se había advertido ningún síntoma de desavenencia entre ellos, y hubiérase creído más fácil ver juntarse el cielo y la tierra que presenciar semejante rompimiento. Rosa estaba anonadada. Más blanca que su paíuelo de linón, tenía fija en el Guapo Francisco su mirada torva y llena de terror. Semejante humillación en presencia de la banda reunida, lastimaba su natural orgullo; pero, además, Rosa amaba á aquel feroz Francisco, á pesar de sus crímenes, y le amaba hasta el absurdo, hasta la locura. El Guapo. Francisco parecía gozarse en su dolor. ¡Eso no, Francisco, eso no! ¡Yo te lo suplico! -tartamudeó en fin, con una voz vibrante que se oyó distintamente fuera del local. -Yo soy culpable para contigo, pues que tú lo dices; castígame, pero ¡eso no! ¡Por compasión, no me condenes á ese suplicio! Se revelaba en el acento de Rosa tanto sufrimiento, que los concurrentes, aunque acostumbrados á escenas más terribles, no pudieron menos de conmoverse. El único que permaneció impasible fué el Guapo Francisco. -Sí- -dijo con su sonrisa diabólica; -podría, en efecto, matarte, como á cualquiera de éstos que me hubiera desobedecido, pero no quiero... Prefiero separarme de ti, porque te odio, porque me has vendido... ¡Ea, concluyamos! Y volviéndose luego al Curilla, e dijo brutalmente ¡Vamos haz tu oficio! Aquellas crueles palabras, porque te odio añadieron una nueva tortura á las angustias de la infeliz mujer. Pero cuando vio al Cura recoger con mano teníblorosa uno de los bastones para romperle por encima de su cabeza, lo cual constituía la ceremonia principal del divorcio en la banda de Orgeres, Rosa tuvo un arranque de salvaje energía y dijo impetuosamente: ¡Cura! -Aún puedo tener un día de autoridad, y yo te juro que si no me dejas tiempo para explicarme, seré tu irreconciliable eneiniga... Francisco- -prosiguió con acento suplicante y juntando las manos, -no me trates con tanta dureza. Yo te he amado siempre, te amo todavía, y sólo este amor ha podido arrastrarme á alguna acción que te haya desagradado; pero no soy tan culpable como tú crees. Esa mujer por quien me abandonas... El Guapo Francisco, sin contestar una palabra, hizo una seña de amenaza al Curilla, y al punto el bastón fué roto por encima de la cabeza de Rosa, y el Cura arrojó los fragmentos á los dos extremos de la sala, pronunciando al mismo tiempo palabras extravagantes. El divorcio estaba consumado. Al siniestro chasquido de la madera, Rosa dio un grito desgarrador y cayó en tierra sin sentido. El Guapo Francisco siguió con paso firme, sin detenerse ni volver la cabeza, hasta el otro extremo de la explanada, cuando uno de los bandidos puestos de centinela alrededor del campamento dejó oir á poca distancia el ¿quién vive? que fué en seguida contestado por varias voces conocidas. -Son nuestros hombres que vuelven de Poly- -dijo el Rojo de Aüneau en voz bastante alta para llamar la atención del Meg, que continuaba paseando -al fin, tendremos provisiones. El ruido se iba acercando y poco tardaron en oírse vociferaciones y juramentos, á los que se agregaban dolorosos quejidos, hasta que al fin aparecieron algunos hombres cargados con un bulto que colocaron con precaución sobre el césped. Al rriismo tiempo se oyó gritar á Santiago de Pi thiviers: ¿Dónde está Bautista? ¿Dónde anda ese maldito cirujano? Que venga en seguida á curar un herido. ¡Un herido! -repitió el Guapo Francisco, á quien aquella palabra vino á sacar de su febril meditación. ¡Mil demonios! ¿No podremos estar dos minutos tranquilos? ¿Quién es el herido? -Se me ha figurado que es el Normándote el que está allí tirado en la yerba y gruñendo como un cerdo- -dijo el Tuerto de Jouy. En efecto; el Narmándote era el que yacía en tierra jurando y lamentándose alternativamente. Había recibido en el pecho y en la cara una descarga, al parecer de perdigones gruesos. Estaba bañado en sangre y sus heridas le causaban atroces sufrimientos. Llegó Bautista y dispuso que se transportase al herido cerca del fuego para poder examinarle, hecho lo cual el cirujano se quitó su traje, abrió el estuche y se dispuso á extraer los perdigones que debían haber quedado en las heridasEntre tanto, el Guapo Francisco procuraba ob-