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¿Es poco trabajo el de caracterizarse, ensayar voces y actitudes lastimeras, inventar una sugestiva historia, y colocarla con oportunidad, ajfuantar los fríos, lo; calores y las lluvias, g- uarecerse en los quicios de de exhibirla par: t que le confundan con un panadero. i Y qué decir de las sabias fórmulas acopladas á las necesidades del momento... Por la salud de la señorita... Por el alma del difunto... Porque le siente á usted bien la comida etc. etc. Entre ellas, ninguna tan genial como ésta que me soltó un chicuelo á la puerta de cierto teatro: ¡Señorito... ¡Que Dios quiera que le guste á usted la función... Me pareció un hallazgo. Y no digo una ironvaille, como algunos pobres compañeros de k- tr. as, porque no ignoro que somos españoles. ¿Es ó no trabajosa la rofesión de mendigo callejero... Yo la creo, además, tan complicada que, á veces, llego á juzgarla como una carrera facultativa. Junto á la cultura científica indispensable á sus practicantes, hay que poner también la especialización de sus talentos, que nos permite admirar esa diversidad de pobres cómicos ó dramáticos, trágicos ó grotescos y de verso ó líricos; estos últimos, con las subdivisiones marcadas por sus voces, por sus instrumentos y por el repertorio que desarrollan en súplica del estipendio correspondiente, más modesto, en verdad, que el exigido por otros artistas de menos mérito y mayores pretensiones. El olvido de alguna de estas prácticas, ha contribuido á desprestigiar la mendicidad callcicra. Y oíros pobres perecen también por no adaptarse á las necesidades modernas. Así, por ejemplo, aquel que antaño pedía para una vela sí hoy quisiera vivir del mismo modo, enterado de la bar. itura de! fluido eléctrico, tendría que pedir para una bombilla, Es posible también que la mendicidad, que es una plaga, por extinción se extinga como las antiguas. Pensando en esto, yo he refundido en esta forma el clásico y caritativo axioma: La mendicidad bien entendida, empieza por uno mismo. las puertas ó donde mejor se pueda y darse largas caminatas, amén de la perfecta simulación de cualquier mácula corporal que conmueva ó que repugne? A mí me parece todo eso tan difícil como mal pagado cuando deposito el clásico disco de cobre en una mano previamente descarnada, siento que el propietario de este tentáculo no cmulee mejor sus naturales aptitudes. Porque el mendigo callejero derrocha en la vía pública la imaginación, la mímica y la elocuencia que sirven para ocupar buenas posiciones á quien las usa discreta y oportunamente en los sitios indicados. ¿Cómo no creer, asimismo, que el pobre es un psicólogo... Conoce todos los rincones del alma humana, y hasta ellos llega siguiendo los caminos señalados en la guía espiritual, no menos útil que la guía de ferrocarriles. Ya nos muestra su propia miseria para que dudemos de la ventura que disfrutamos; ya nos hace creer que contribuímos en aquel momento, y con una cuota insignificante, á extinguir el dolor universal ya nos asegura el premio en la otra vida; ya, en fin, nos desea en ésta la salud, la alegría ó la fortuna, activando con su deseo el nuestro para que no olvidemos cómo se consiguen y se consolidan esas virtudes. Escoge también el instante propicio para el logro de sus pretensiones, presentándosenos cuando disfrutamos de algún espectáculo público ó satisfacemos cualquier goce al aire libre, á fin de que evitemos su desagradable presencia, si no por caridad hacia él, por caridad hacia nosotros; ó interviniendo con su voz lastimera en el alegre grupo de amigos ó de amigas, seguro de que ante el prójimo, particularmente femenino, ningún hombre pasa por seco de corazón ó inconmovible... Y al pedirnos, aunque sólo sea un centimito ya sabe. de sobra que esa ínfima partícula de nuestro sistema monetario está en manos de los acaparadores, y que nadie, aunque la tenga, es capaz Porque, ¿quién no tiene que pedirse algo, y se lo concede ó se lo niega, según como esté de humor ó de bolsillo? ANTONIO P A L O M E R O Dibujos de Medina Vera.