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v i 1 4 í- l LOS POBRES L indudable progreso de los tiempos, que se ha llevado tantas cosas ho rememoradas por los artistas, va acabando también con los pobres, que fueron siempre una nota de las más pintorescas. Esto no es decir que se haya elevado la riqueza general, ni que la vida extienda á todas partes los dulces beneficios de sus conquistas... Es indicar, con permiso de algunos escritores atrabiliarios, que el pauperismo callejero va desapareciendo poco á poco. Cierto que en Madrid, por ejemplo, quedan aún pobres bastantes para justificar las campañas periódicas contra las autoridades; pero, aunque se les trate sin ninguna consideración, deben ser considerados como los últimos ejemplares de un gremio que se extingue, como supervivientes de una fauna próxima á pasar á la Historia, después de haber molestado al pasajero y á las Asociaciones benéficas encargadas de su extinción. No aludo á los verdaderos pobres, pues me parecería indigno bucear en la miseria ajena para resolver la propia. Me refiero á la mendicidad, concediéndola, como todo el mundo, el rango de una de tantas profesiones y no ciertamente de las menos productivas Antes de que se hiciera célebre la canción de Espronceda, muchos observadores comprendieron que el mendigo podía decir con justicia, si no precisamente en verso, en prosa más ó menos correcta: Mío es el mundo; como el aire, libre, otros trabajan porque coma yo... Todos se ablandan si doliente pido una limosna por amor de Dios. p La literatura picaresca de todos los tiempos y de todos los países, ha ejercido, sin duda, una gran influencia en el endurecimiento de los corazones asediados por las tiernas solicitudes callejeras. Y los descubridores del hampa, mostrándonos el extenso repertorio de los pobres profesionales, han ido cercenando también nuestros impulsos caritativos. Nos hemos enterado al mismo tiempo, con el natural asombro, de que algunos mendigos dejaron al morir una herencia no despreciable, y hemos visto alcanzar una longevidad extrema á los que nos desgarraban el alma con la terrible frase de hoy no he comido en todo el día lo que nos permite asegurar que no era cierto... i Cómo fiarnos ya de los grupos trágicos, de las figuras lúgubres, de las voces y de los gestos dolorosos que nos detienen en la vía pública implorando nuestro socorro? ¿Quién entrega en la calle una limosna, sabiendo que no tendrá el destino que le dieron nuestras intenciones... ¡La caridad se va acabando, señorito! decíame la otra tarde uno de nuestros más acreditados mendigos... No quise responderle que él y los suyos la han asesinado. Yo, sin embargo, no participo de la general opinión que atribuye á los pobres callejeros una holgazanería tan abusiva como natural. He dicho en otra parte- -estilo parlamentario- -y ahora creo oportuno repetirlo, que el pobre trabaja lo preciso para atender á su profesión, pudiendo asegurarse que los productos obtenidos están en relación directa con la labor que emplea para alcanzarlos.