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I Quiera Dios que no se arrepienta de lo que va á hacer... Mire que no habrá en el pueblo quien quiera acompañarlo, así lo pese usted en oro... Dejé el caballo en la cuadra, atado al bien provisto pesebre, y subimos por la vetusta y carcomida escalera de polvorientos peldaños. Entramos en la cocina. Aún había fuego en el hogar. Arregláronme limpio y empinado lecho, pagáronme y dispusieron abundante cena, con curado jamón, ahumados embutidos, duro pan, rancio vino y frescas nueces, y depositando junto al lar tueros y sarmientos, huyeron las mujeres, no sin insistir en que yo desistiese de mi empresa y al pueblo las acompañara. ¡Ea, general! ¡Ya está usted solo! -Ya estoy solo, marquesa, 3 á quinientos metros del molino, después de haber servido de rodrigón á aquellas pobres mujeres, tan espantadicas. Díjeles adiós de, de el puente, á la vista ya del pueblo, 7 tórneme á buen paso á la aceña, pues caía la noche y con ella un fresco más que regular. Llegué al molino, cerré el portillo del corral y la puerta de la casa, di un vistazo á la cuadra, en la que mi caballo trituraba un buen golpe de algarrobas, y, escalera arriba, me dirigí á la cocina, donde crepitaba ya un buen fuego, cariñoso amigo que besó mis manos ateridas. Encendí el patriarcal velón y metí mano á las provisiones, á las que hice honor con el diente de los diez y ocho años. Rico era el jamón, sabrosa la butifarra, substancioso el pan, morenito y fragante, y suavecillo el vino, que se dejaba colar, acariciador y refrigerante de fauces y calentador de estómago. Lo hice bien, le digo á usted que lo hice bien; tanto, que acariciado por la tibieza del fuego, emborrado por el lastre, aplomadillo por el cansancio y adormecido por el tabaco, me quedé traspuesto, reclinado en el ancho escaño de roble de la cocina... -i Y comenzó usted á soñar, vaya! -No, querida. Comencé á dormir profundamente, y asi continué hasta que lo incómodo de la postura y el sonar de horas en un reloj desconocido me despertaron. Y me despertaron del todo, ¿comprende usted? Del todo, como si acabara de salir del sueño de los Siete Durmientes, convencido de que en vano volvería á invocar á Morfeo, ofendido quizá por haberlo recibido con tan sobrada llaneza, como un burdo gañán aplanado por el trabajo. Miré la hora en mi reloj, y miréla también en un armatoste que en la cocina había: un benemérito cuco centenario, que renqueaba con descompasado andar, con golpes de corchea y de negra con puntillo, en un dos por cuatro desesperante. Lo oigo, lo oigo, general! Tic- taaac, Hc- taaac I- -Eran las once... y minutos. Aplacé el acostarme, temiendo el insomnio, y tirando de libro y de petaca, me abismé en la lectura. No me enteraba de la lección. Algo me distraía; algo extraño, que al principio no pude encontrar... ¡Cosa. más rara! Di con ello al fin, y vi que ello era... ¡el silencio! ¿El silencio? -El silencio, marquesa. Un silencio que al propio Cari y le hubiérale parecido insoportable... No puede usted figurarse nada más intenso, más absoluto- -si pasa el. pleonasmo... -No se oía nada, ¡nada! y escuchando muy atentamente, notábase sólo el ritmo de mi respiración. Sólo el reloj, cojeando, cojeando, lo interrumpía, y más que interrumpirlo, diríase que lo acusaba, que lo reconocía, que daba fe de su existencia. Rezongó un momento el hermético artilugio, y procaz, burlón, ridículo, asomóse el cuco á la entreabierta portezuela, y con silbo ensordinado, apagado por afonía senil, anunció la media. La puertecilla, al cerrarse rápida, aturdió la casa. Cayó sobré mí el silencio nuevamente, con pesadumbre de plomo... Intenté, en vano, reanudar la lectura... leí algo... Historias extraordinarias, de Edgardo Poe, el loco temulento... ¡También fué casualidad aquello! Un libro de horrores nue yo mil veces había ya saboreado... No quise leer más. Aquel renquear del viejo reloj me había puesto nervioso... ¿Por qué pensé entonces que faltaba ya poco para la media noche... Para la hora tradicional que con sus ecos rompe las ligaduras de fantasma: y de aparecidos... Para la hora en que el molino se llenaba de luces, y en que las muelas marchaban al revés, ellas solas... Y el cuco me amenazaba; reiríase de mí en su ostugo, saboreando ya, gozoso, el tormento que con sus doce silbidos engolados habría de causarme... N o no pedría yo resistir tortura semejante. No se reiría de mí el ridículo bichejo... Y paré el reloj. ¡Miedo se llama esa figura! -No, marquesa; le juro á usted que no. Miedo, no. Aún no. ¿Aún no? Esperemos. -No hay que decir que el silencio se hizo palpable. Cerré el libro, encendí un cigarro... y esperé. ¿Esperó... ¿Qué ó á quién? ¿A quiénf No sabría decirlo, marquesa; yo mismo no me hice tal pregunta; pero yo esperaba algo; yo esperaba á, alguien... o me lo confesaba, pero no podría negarlo... Yo esperaba... Quizá, inconscientemente, á que hubiere pasado la hora augurosa... á que hubiesen sonado en el reloj del Tiempo, ya que no en el del horrible cuco, las doce campanadas de la media noche fatídica. Estaba excitado, nervioso, con ganas de desahogar con lo primero que topase. Le juro á usted de nuevo que no sentía miedo alguno. Odio sí, y rabioso; ¿á quién dirá usted... ¡A las brujas de las molineras... Transcurrió mucho tiempo, mucho, y comencé á tranquilizarme... Arrojé el peso abrumador que sobre mí gravitaba... Me desperecé como un grosero- -mis nervios lo exigían- -y tosí, tosí fuerte, una vez, dos veces, tres veces... haciendo bambolear la casa; mis carraspeos eran cañonazos. Y tranquilo ya, consulté el reloj... Las doce en punto! -i Jesús! -Sí; ¡Jesús mil veces... Porque en el momento aquel, abajo, en el portal, en los primeros peldaños de la escalera, sentí pasos... de algo que subía... -i General, por Dios, que me horrorizo! -De algo que subía lentamente, pausadamente, con blandura, haciendo crujir las viejas maderas de los escalones... y arrastrando una cadena ¡que debía de ser más gruesa que las de las anclas de la Numancia! -i Qué horror! -Rápido como el pensamiento, me puse en pie, y así la escopeta que el molinero tenía terciada sobre la campana del hogar. Estaba cargada... La apoyé en mi hombro, y enfilando la puerta de, entrada á la altura de la cabeza de un hombre, esperé. Esta vez ya sabía lo que esperaba: algún villano, algún atrevido; quería burlarse de mí. ¡Vive Dios, que iba á pagarlo caro! Acercábanse los pasos, lentos, blandos, con el ruido de la cadena por eco... Entonces sentí hieles en mi boca, sudores en mi frente, hielos en mi espalda... No hubiera podido hablar... ¡Apenas podía tenernic en pie! Fijo en mi puntería, esperé aún un momento, y en las sombras del hueco de la puerta vislumbré una cosa blanquecina, que avanzaba, que avanzaba... ¡Pum! i Dispare usted, por Dios, general, que m i muero de miedo! -N o no disparé... No pude disparar... Un enorme galgo, adormilado, atraído quizá por mi tos, entró en la cocina arrastrando una sencilla cadena... Llegóse á mí, indiferente, enarcó los lomos bostezando y, muy tranquilo, se acurrucó junto al fuego... Escapóseme la escopeta de las manos, y mis piernas dejáronme caer como un trapo sobre el escaño de la cocina... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo de Méndez Eringa.