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do ocurrió lo que ahora le refiero... Y tuve miedo, señora, miedo, y miedo pueril, miedo de villano, que diría Don Juan Tenorio... Miedo á los muertos... -i Jesús! ¿A los muertos... ¡Es graciosísimo! -Ríase usted cuanto quiera, endemoniada marquesita mía; ríase usted, ofreciendo á mis viejos ojos el regio regalo de las perlas y de los corales de esa boca de diosa; ríase usted, y déjeme que dig a á los muertos, por decir algo; aunque en realidad, calificando de pánico mi miedo, he dicho lo justo, pues ciertamente el miedo horrible que yo sentí aquel día no era miedo á los muertos ni a los vivos: era miedo á nada y á todo; fué pánico, en una palabra; terror pánico ciego, absorbente, anulador... el terror que al niño extraviado infunde la selva silenciosa. ¡Oh, marquesa, aquello fué horrible... -i General, por Dios! Todo eso, en boca de una dama ó de un chiquillo, sería amablemente ridículo; pero en labios de usted, de usted, que con ellos ha iDCsado á la Muerte, sin desvanecerse ante la sonrisa sin fin de la Descarnada, resulta tremendo, espantoso... macabro. ¡Ea, ya lo solté... ¡Macabro! ...Sin desvanecerme; usted lo ha dicho. Pues en aquel trance, si no me desvanecí del todo, en ahilo mortal, no faltó para ello el filo de un cuchillo... -i Nada, que la oigo... Que oigo ya la horripilante sinfonía del organista famoso tirorirori- tiroriroriro... -Esa dansa, en boca de usted, es una blasfemia. De ese múrice de púrpura, sólo deben brotar cantos á la Vida y al Amor. -i Concedida la flor natural! -Y yo se la ofrezco á mi Reina... -Aceptada; y mi majestad ordena y manda: Trovador, cántame... todo eso. -Ello fué. Reina mía... Pero es muy largo de contar, marquesa; no por el hecho en sí, que fué bien liviano, sino por la necesidad de documentarlo, de vestirlo, para que, aunque remotamente, pueda dar el relato una ligerísima impresión de realidad... Otro día... -No, hermanito, no. No se me despide á mí corno á los pobres importunos. H a de ser hoy; ahorita mismo. General, ¡que lo meto á usted en el cuarto obscuro! -Es usted un diablillo irresistible. -Diablillo con faldas. Una diablesa que no se conforma con ofrecimientos. ¡Obras, obras! Es mi divisa Res, non verba. Vengan obras, señor mío, ó si no, no haber hablado. ¿Quién le tiró á usted de la lengua, trovador gentil? -Usted, con aquello del horrendo saltamontes... ¿Se burla usted? i Pues un saltamontes es algo más que nada! -Y la nada, á veces, punzante amiga mía, es algo más que todo. -Permítame usted que lo dude. -No, si ya sé que usted no lo duda; pero, ¡en fin! me dejo engañar, sólo por el placer de ser una de las víctimas de usted, y me lanzo... i Ay, ay! ¿Qué mira usted? ¿La puerta? ¿Ya empezamos? -Con seguridad que ha creído usted que tengo miedo ya... -Puede que no lo tenga usted... aún. -i ¡Y estando con usted... -i Avispilla adorable, el aguijón quieto! -Quieto, pues... ¡A la una, á las dos y... 1- -Tenia yo diez y ocho años. ...Año diez y ocho del siglo pasado... ¡Aduladora... -i Quieto! -Tenía yo diez y ocho años, y luciendo mi flamante uniforme, había ido á pasar unos días al lado de mi tía Cristina, de la extinguida casa de los señores de la Aliseda, que me adoraba. Esta buena señora, chapada á la antigua, sentía un santo horror por las cosas de la corte, en la que apenas ponía los pies, encerrada siempre en su casón provinciano, muy ata- reada con la administración de su pingüe hacienda, que habría de ser mía con el tiempo. No lo diga usted por ahí; pero mi pobre tía ajustaba sus cuentas ¡con alubias y garbanzos! ¡Era deliciosa! Para satisfacer sus ardientes dedeos de tenerme á su lado, no habi; i más remedio que acudir á la montaña, ya que no podía pensarse en que la montaña viniera hacia no? otros. Y allá me fui, como tantas otras veces, á! vieja capital catalana, gloriosa ruina dormida b: LJt el peso de sus laureles. No iiay que decir, querida marquesa, lo que yo me aburría dentro de las ciclópeas murallas de aquella ciudad famosa. Sólo el cariño verdaderamente filial que yo á mi tía profesaba, hacíame soportar la monótona vida que allí se padecía, cuidando yo de aprovechar cualquier pequeño incidente que contra aquella misma monotonía conspirase. Cierto día sorprendí á tía Cristina dando órdenes á un viejo criado. Tratábase de ir á cobrar la renta de un cierto molino- -que aún conservo yo intacto- -situado en las riberas del Ebro famoso. Largo y penosillo era el viaje; pero repartiendo la ida y la vuelta en dos jornadas, pernoctando en la aceña, la fatiga tornábase deleite por lo pintoresco del paisaje y lo agradable del trato de aquellas gentes noblotas y sencillas. Aproveché la ocaF n que pasaba, y rogué á mi tía me permitiese ir á mí á recoger aquel dinero, recordando tiempos en que, acompañado de un criado de la casa, había realizado yo aquella excursión. Logré convencerla, y claro está que no admití compañía que por la soledad de los campos prolongase, con su persona, el hastío de la ciudad. Iría yo solo, solo con mis pensamientos, que cabalgaban en corcel más fogoso que el viejo caballo que yo montaba. Tomé un libro para endulzar la velada, y, después de almorzar, partí para el lejano molino. Unas cuantas leguas, marquesa... Muy entrada la tarde llegué á él. No molía. Un silencio pesado se cernía sobre la casa, tosca y recia, de obscuras piedras roídas por los siglos. La presa llenábase lentamente. Al echar pie á tierra en el corral que daba acceso á la aceña, hallé á la molinera y á su madre, endomingadas, que se disponían á salir. -i Ay, señorito! -dijeron al verme, reconociéndome en seguida. ¿Adonde bueno por acá? ¡Hola! -contesté. -Pues á veros venía. A buscar esos cuartejos y á pasar aquí la noche, como otras veces. ¡Aquí... ¿A pasar aquí la noche? -exclamaron madre é hija con el terror pintado en los ojos. -Aquí; pues es claro. ¿Aquí... ¿Esta noche? -repitieron mirándose alarmadas. ¿No sabe qué día es hoy... Hoy... Pues... Pues i. de Noviembre... -Justo, i Día de Todos los Santos... ¡Y esta noche, la noclie de los Difuntos... -Bueno, ¿y qué? ¿Y qué? ¿Dice que y qué? Pero señorito, ¡por el amor de Dios... ¿No sabe que esta noche no la pasamos nunca en el molino? ¡Aunque nos dieran todo el oro del mundo! Mi hombre ya está en el pueblo, y al pueblo vamos nosotras antes de que anochezca... i Pasar aquí la noche! ¡Esta noche! ¡Jesús, María y José! ¿No sabe que esta noche salen los muertos á las doce en punto, que el molino se llena de luces y que las muelas andan al revés ellas solas... No haga tal, señorito. ¡No se quede aquí esta noche, por lo que más quiera! Mire: el dinero arriba está, en el arcén del cuarto de delante... Se lo bajo- en un vuelo; pero nos vamos, nosstras nos vamos... -Bueno, mujer, bueno- -contesté yo conciliador. Todo se arreglará. Aún es temprano y el pueblo no está lejos. Hacedme la cama, preparadme la cena, dejadme leña para el fuego y ya os podéis largar, antes de que los difuntos os alcancen. -j Jesús! i j Y se ríe! Como usted quiera, señorito. Venga... Suba... Se lo arreglaremos todo...