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éámmieíMOm FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO temer del Gtiapo Francisco f No te ha de matar. ¡A h! ¡Si sólo se tratara de morir! -contestó la Virolosa. -i Mucho tiempo hace que la vida es para mí una carga pesada... Pero señora Rosa, señora Rosa- -prosiguió con sombrío terror, ¿no creéis que, por vengarse, puede cebar su saña en mi hijo, en mi pobre hijo inocente? Al decir esto cogió al niño con una especie de frenesí y le cubrió de besos. -Mira, Virolosa, Francisco no debe tardar en llegar, y aun extraño que no esté ya aquí. Bien considerado, tal vez convendría que no te viese inmediatamente, para que yo tenga tiempo de hablarle. PodríaS; retirarte, por ejemplo, á la caseta del Carbonero, que se halla a quinientos ó seiscientos pasos de aquí; es un sitio solitario, y como nuestra gente pasará la noche cantando y bailando, nadie irá á incomodarte, y estarás tranquila hasta que yo te avise. Fancheta dijo después de reflexionar un rato: -Tenéis razón, señora Rosa; mientras lográis calmar al Meg, me i r é á la caseta del Carbonero: Pero- -añadió anegada en llanto- tendré que estar lejos de mi hijo, á quien he estado sin ver ocho días, y al pensar que tengo que separarme de él aunque sea por pocos instantes... ¿No podría venir conmigo? No; podría notarse su ausencia é infundir sospechas. Además de que el chicuelo puede hacer de cuando en cuando, una escapatoria durante ta noche para acompañarte. -Sí, sí, madre- -dijo el Niñito con viveza; escóndete, yo iré á verte á la caseta, y si me dan pan y carne, te lo llevaré. La Virolosa sé levantó muy despacio para obedecer; pero en el momento de echar á andar, tuvo un nuevo acceso de dolor y de espanto. -Señora Rosa- -dijo sollozando, -hago lo que líie aconsejáis; pero no sé por qué mi corazón se desgarra al abrazar á mi niño... me parece que no voy á volverle á ver... ¡Oh! ¿Me prometéis velar por él, no es cierto? Me le volveréis, señora Rosa; yo os lo confío. ¡Llorona insufrible! -replicó Rosa colérica. -Sí, sie te volverá tu hijo; ¿qué habían dé hacer con él? La pobre Fancheta, temiendo haber ofendido á sü orgullosa protectora, balbució algunas excusas, y volviendo á recomendar al Niñito de Etrechy que fuese á verla tan luego como pudiera escaparse, le abrazó con efusión y desapareció en Irespesura de los bosques. IX EL BARRACÓN D E LA MÜETXE T os horas habían transcurrido. El Niñitcr de Btrechy, tranquilo por el momento respecto de su madre, que había incurrido, no sabía él por qué, en el desagrado del jefe, se fué, con la indiferencia propia de su edad, á tomar parte en las diversiones de la fiesta, Rosa se quedó, pues, sola delante del fuego, que falto del combustible con que el niño le ali- mentaba, acabó por apagarse. Con la cabera oculta bajo- el mantOj yacía sumida en profundas reflexiones. Nadie se atrevía á turbar su soledad, y permanecía aislada, indiferente á los cantos y á las danzas de la turbulenta asamblea. Porque, á pesar de las seguridades que había dado á Fancheta, la bella buhonera empezaba á desconfiar de su poder. ¿Qué sucedería, pues, si el Guapo Francisco descargaba sobre ella la implacable cólera que tantas veces había visto rugir sobre otros en torno suyo? Semejante idea la hacía estremecer, á pesar de su valor; pero en seguida reanimábase su orgiiUo, y la conciencia de su anior la devolvía las fuerzas. Mientras se entregaba á tales reflexiones, oyóse un gran griterío del otro lado de la explanada. ¡Aquí está el Meg! -decían. Viene con el Rojo de Auneau y el Cirujano. Interrumpiéronse los bailes, cesaron los cantos y casi todos los circunstantes echaron á correr hacia la parte del bosque por donde llegaban los yiajeros. Rosa, al oír la nueva, dio un salto como una corza salvaje, no pensando en otra cosa que en la dicha de volver á ver al hombre que amaba, y echó á correr desolada, gritando: -i Francisco! i Mi querido Francisco! Pero el Meg estaba rodeado de gente que le pedía órdenes ó cumplimentaba á los recién llegados. Por fin logró acercarse al Guapo Francisco, que seguía avanzando y hablaba con los dignatarios de la banda, y quiso cogerle el brazo. ¡Ah, Francisco! -dijo con júbilo. Al fin estás aquí! ¿Por qué has tardado tanto? Ya empezaba á inquietarme tu ausencia. -Aun llego demasiado pronto para tí, Rosa, y no tardarás en comprenderlo. -Vaya, amigo mío, deja ese aire feroz, que me da miedo; no rae hables así... á mí, á tu Rosa adorada... Mira, ya adivino por qué estás inco- modado, pero voy á explicarte... -Basta; es inútil. Pronto sabrás lo qué cuesta ofenderme... Pero, ¿dónde está esa infamte Virolosa? No la veo. -i La Virolosa! -repitió la buhonera, ¿Y- -quién se ocupa de esa pobre y horrible criatura? Ahí estaba hace poco... Pero antes quiero hablarte de mí, Francisco; quiero decirte... -Basta digo; hablarás en vano, porque la medida está colmada. En cuanto á esa otra traidora, ya la encontraré; no debe estar lejos, porque allí veo á su maldito retoño. Jamás había sido tratada Rosa por su marido con tan insultante frialdad, y aunque continuaba sonriendo, se sentía profundamente alarmada y decía para sí: -Cuando no me ha matado desde luego, ¡ci lo santo! ¿qué querrá hacer conmigo? El Guapo Francisco se sentó sobre un haz de; leña delante de la hoguera principal, y dijo alegremente á Santiago de Pithiviera: ¡Mil truenos! ¿Faltan las provisiones? ¡Yaya Continuará.