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pr. LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA cauciones, pero á pie, sin espuelas y. provistos de diatamente después de la entrega del búlete misbastones normandos con puño en forrna de caya- terioso que introdujo la alarma en casa de las se- da. Seguros de que no había gente en la callejuela, ñoras de Mereville. Caminaron con celeridad en. echaron á andar en silencio, cerrándose otra vez el carricoche que servía á Rosa para el transporte de sus mercancías, y luego, dejando er carruaje a puerta tras ellos. en casa de un franco de las inmediaciones, llegaEn pocos momentos salieron al campo. Eí Guapo Francisco hizo notar á sus compañe- ron á pie á la Muette, donde se hallaban hacía ros un resplandor lejano que iluminaba la cima de tan solo algunos instantes. los árboles como el reflejo de un vasto incendio. ¡Ah, señora Rosa! -decía la Virolosa esfor- ¡Hola! -dijo alegremente, -parece que nues- zándose por comprimir sus sollozos. -Habéis he- tra gente se divierte por allá; dentro de un cuarto cho muy mal en arrastrarnie á dar el paso que he de hora nos reuniremos con ellos. ¡A fe mía, al- dado, i Qué nos importaban esas señoras, cuya gunos hay allí que no esperarán la fiesta que les casa él frecuentaba? Bien sabéis que es implacable preparo! Bien decías tú, Bautista, hace un rato: cuando se intenta penetrar sus secretos. ó contrayo no podría, en ningún caso, renunciar al placer rrestar sus planes... ¡Isio me perdonará jamás... de vengarme cuando se me ofende. ¡Es tan herjamás! mosa la venganza! -Bah- -replicó Rosa inclinando la cabeza de- Sonrió de una manera siniestra y aceleró lante del espejo; -no es seguro que sepa a estas el paso. horas la mala pasada que le hemos jugado. -No lo creáis, señora Rosa; no habrán dejado VIII de enseñarle esta mañana la sortija y el billete, con lo cual ha tenido bastante para descubrir toda la EN LOS BOSQUES trama. No me perdonará esta traición. Vaya, cálmate, mi pobre Virolosa- -áiio Rosa ü l país donde acababan de entrar el Guapo distraídamente, mientras arreglaba un bucle re Francisco y sus compañeros era una especie belde. -Te repito que echo sobre mí toda la resde tibrra franca, donde la banda podía impune- ponsabilidad. Su cólera es violenta, en efecto, pero mente entregarse á todos los excesos. pasa pronto. Te prometo arreglarlo todo con él, Los tres viajeros llegaron al bosque, en el que para lo cual con algunas palabras tendré bastante. entraron sin vacilación, á pesar de la obscuridad. -Sois, en verdad, muy linda, señora Rosa- -dijo Al atravesar una encrucijada, una voz ronca con timidez; pero á veces los hombres no se dedejó oir una especie de ¿quién vivef jan conmover por la hermosura, ni por las lágri. -Está bien- dijo el. Guapo Francisco. -Creí mas, ni por el cariño más vivo y probado. Su coque el Tuerto del Mans había olvidado poner ur. razón se pone de repente tan duro como el márgafre (centinela) en este sitio, y entonces si que mol, y cuanto mjás les hemos querido, nos muesle hubtera yo dicho cuantas son cinco. tran mayor cólera y desprecio. Al reconocer la voz del Meg, el centinela se- -Cualquiera diría- -replicó Rosa con acento acercó respetuosamente á tomar el santo y seña, de desdeñosa compasión- -que hablabas por exdespués de una breve conferencia, los viajeros si periencia propia... pero sin ofenderte, amiga mía, guieron siii camino hacia lá Muette. creo que hay entre nosotras alguna diferencia. Mas para la inteligencia del relato que sigue- -No siempre he sido tan fea ni me he visto vamos á adelantarnos algunos momentos al sitir tan abandonada como hoy- -dijo tristemente la de la reunión general de la banda. infeliz mujer. -He sido joven y bella; he amado El bosque de la Muette, tan célebre en la his con. ciego frenesí; he sacrificado á este amor hontona de. los bandidos de Órgeres, está situado er ra, familia, todo, y ahora se mte rechaza, se me el declive de varias colinas elevadas, entre la desprecia, se me humilla. cuales serpentea un valle estrecho, en cuyo fondc La buhonera se había quedado pensativa, á pebrota un manantial abundante, que forma el rí; sar suyo; pero no tardó en levantar la cabeza con Juines. arrogancia. En la pendiente de una de las colinas que donii- -No me sucederá á mi eso- -dijo; si me sunaban el valle, y en el centro de una alta arboleda cediera... se extendía una explanada cubierta de brezos y- ¿Qué haríais, señora Rosa. espartos, y á uno de sus extremos, bajo seculares N o lo sé; pero me parece que atropellaría al encinas, se veía una gran choza ó barraca de pie- mundo entero... dra que podía contener de cincuenta á sesenta per- -Haríais lo que yo, señora Rosa: resignaros y sonas. AHÍ se reunía el consejo de la banda y se llorar en secreto. celebraban los matrimonios con arreglo al ceremoRosa, con la nariz dilatada, fruncido el entrenial usado entre aquella gente; así es que se la cejo, guardaba silencio. Por fin. sacudió la cabeza consideraba como un sitio privilegiado, y sólo los con un gesto de impaciencia. jefís tenían derecho á entrar en aquel recinto. ¡Bah! -exclamó. -Esas son niñerías. Va- En la explanada, y frente á la puerta de la ba- mos, sé razonable. Virolosa. Confieso que hice rraca, todavía cerrada, estaban reunidos los ban- mal en inducirte á una acción que puede irritar didos de Orgeres la noche de que hablamos. á mi marido contra; ti; pero, ¿qué quieres? CuanYa hemos visto que Rosa Bignon y la Virolosa do me asaltan los celos pierdo la cabeza. En fin, habían salido dé Chartres por la mañana, inme- eso ya no tiene remedio. Además ¿qué puedes