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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO seguro de que tiene derecho á la estimación de los hombres honrados. Entre tanto, el Guapo Francisco había salido del Palacio de Justicia, y metiéndose, por medidade precaución, en las callejuelas de aquel antiguo barrio, decía para sí: -i Ya era tiempo! Algunos minutos más y todo se hubiera perdido. Bien hice yo en tomar mis precauciones de antemano. Pero, ¡bah! la partida no está más que aplazada, y ya les llegará su vez á ese orgulloso Daniel y á la adorable primita... Ahora necesito vengarme de esas. dos miserables que ha. n desbaratado en el último momento mis planes, tan hábilmente combinados. Han de pagar cara su traición ¡voto al infierno! VII EL VIAJE A 1 salir del Palacio de Justicia de Chartres, el Guapo Francisco se encaminó a la vivienda del fondista Doublet, el cual, al reconocer al Meg, se quitó respetuosamente su gorro de algodón y saludó en voz baja. Francisco le hizo diversas preguntas. -Me parece que os lo he contado todo, Meg, pero lo repetiré. La señora Rosa llegó aquí á las nueve con esa lloricona que llaman la Virolosa y que gimoteaba más que de costumbre... La sei ora se esforzaba en consolarla, pero no he oído sus palabras. Por último, vuestra esposa mandó enganchar el caballo á la calesa y marcharon juntas. ¿Y sabes adonde han ido? -Adonde están ya todos los demás, á los bosques de la Muette, donde la noche próxima debe casarse Longjümeau con la bella Victoria... ¡Ah, Még! i Qué magníficas cernidas vais á hacer allí, qué fritadas... ¡Y sin mi cooperación! El Guapo Francisco se quedó un rato pensativo y luego se sonrió con aire satisfecho. -Perfectamente- -dijo. Las encontraré á ambas, porque también yo voy á marchar. Di al Rojo de Auneau y á Bautista que vayan á esperarme al camino, á doscientos pasos de la puerta Guillaume. Y salió para ir á la posada en qué vivía ostensiblemente á fin de desviar las sospechas. No había transcurrido un cuarto de hora cuando el Guapo Francisco, montado en un excelente caballo, salía por la puerta Guillaume. En el sitio convenido halló al iSo o de Auneau y á Bautista el Cirujano, también á caballo. No se cruzó ni una sola palabra entre ellos; únicamente el Meg les hizo al pasar una seña imperceptible, y los otros le siguieron. Caminaron algunas horas en silencio, y ya debían haber andado siete ú ocho leguas, cuando el Guapo Francisco dijo de pronto á su teniente: Vamos á ver, Rojo, ¿qué pensarías si yo te hiciese nombrar Meg y jefe de la banda en lugar mío? El Rojo, que no estaba preparado á semejante pregunta, sé estremeció. i Yó- jcclámó- -jef e de todos I ¡Bah! eso es imposible. ¿Cómo después de haber mandado, habíais de resignaros á obedecer? -No te ocupes de eso; figúrate que después de haberte puesto en mi lugai, yó desaparezco de la noche á la mañana y no se oye hablar más de mi. -Meg, ya sabéis que, con arreglo á nuestras leyes, no puede haber más jefe que vos mientras os quede un soplo de vida. -i Mil truenos! El que ha hecho la ley, bien puede deshacerla. Y tú, Bautista continüó dirigiéndose al cirujano, ¿qué piensas de mi idea? -Adivino vuestro proyecto, Meg- -contestó Bautista dirigiéndole una mirada de inteligencia, -pero me parece peligroso y de todo punto impracticable. Nuestra gente no consentiría jamás que la abandonaseis porque estáis ligados en vida y muerte. ¿Crees tú- -exclamó el Guapo Francisco- -qu uno siquiera de esos canallas se atrevería á mirarme frente á frente? -No os mirarían de frente, Még, pero todos juntos os herirían por la espalda. Y además, si en oposición á nuestras leyes os deja: sén partir, ¿qué retiro elegiríais que ellos no descubriesen riiás pronto ó más tarde? Entonces no tendríais ya paz íii seguridad y, á pesar vuestro, os veríais obligado á volver á ellos. Estas consideraciones pusieron al Guapo Francisco muy meáitabunño. -Vatrios- -prosiguió bruscamente después de una pausa, -no se hable más de esto. Sólo he querido probaros á uno y otro. ¡Tened cuidad con la engua y desgraciado del que se atreva á acordarse de lo que le conviene olvidar! Al mismo tiempo dio un espolazo al caballo, que partió con velocidad, imitándole sus compañeros sin replicar y sin otro pensamiento, al parecer, jue llegar pronto al término del viaje. Sin embargo, el Guapo Francisco, sin dejar de galopar, se sentía muy preocupado con el asunto le la conversación precedente y murmuraba por lo bajo: -Ése fatuo de Cirujano no deja de tener rajón. Yo estaba loco rematado al soñar en eso... Ya es demasiado tarde; no hay que pensar más en semejante idea... El poder que tengo en mis manos es inmenso; ¿á qué, pues, ir á pedir humildemente lo que me puedo tomar por mí propio? Seguiré siendo lo que soy. Llegaron á Angerville á la puesta del sol- Dejando la calle principal, donde hubieran podido ser conocidos, se metieron por una callejuela desierta é hicieron alto delante de un granero perteneciente en apariencia á un cortijo de alguna consideración. Echaron pie á tierra y el Guapo Francisco dio un tenue silbido. Al cabo de; dos ó tres minutos de espera, se entreabrió la puerta, y una persona oculta en la sombra pronunció una palabra de contraseña, á que contestó el Guapo Francisco, después, de lo cual jinetes y monturas fueron introducidos en eí edificio. Los viajeros no permanecieron allí, sin embargo, mucho tiempo; antes de un cuarto de hora volvían á salir por la misma puerta con grandes pre-