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F O L L E T Í N D É BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 28. CONTINUACIÓN cunstancia que conviene aclarar. ¿Qué interés podían tener la pordiosera y esa otra mujer á quien ayuda en sus apasionados celos, en hacer morir envenenado al perro de la quinta? ¿Pero es positivo que ese animal haya muerto envenenado? -rreplicó el Guapo Francisco con mucha sangre fría. -Y suponiendo que el pobre César haya, en efecto, sucumbido al veneno, ¿debe culparse de esa mala acción á la Virolosaf ¿No han podido arrojar el veneno por encirña de la tapia del jardín? ¿No puede haber entrado alguna, otra persona de fuera? Yo no he. podido preguntar á la Virolosa respecto de ese incidente, porque inmediatamente después de haber entregado el papel á la señorita de Mereville, y previendo sin duda el escándalo: que iba á provocar, ha abandonado la taberna donde se hospedaba, yendo á re- unirse con su protectora Rosa, y acabo de adquirir la certeza de que ambas han partido juntas. ¿Creéis, pues, que hayan salido del país? Lo sentiría; hubiera querido interrogar yo mismo á esas dos mujeres y tenía preparadas las órdenes para ello. -Y señaló al mismo tiempo los oficios firmados y rubricados que estaban sobre la mesa. El Guapo Francisco echó sobre ellos una ojeada y manifestó visible disgusto. -No lo haréis, primo Ladrange- -dijo, coir humildad; -no castigaréis así una simple travesura. Por respeto á la señorita de Mereville, cuyo nombre se vería comprometido en semejante escándalo, ps ruego que no deis importancia á este asunto. -A la verdad, no os falta razón- -contestó el magistrado; -después de vuestras leales explica- cienes, estas órdenes ya no tienen objeto. Y desgarró los oficios relativos á Rosa y á la pordiosera. ri Y esta orden de vigilancia? -dijo Francisco examinando el otro documento que quedaba sobre la mesa. ¿Vais á asustar á nuestras queridas parlen tas con un aparato de protección probablemente inútil? Po. r lo que hace á eso, no admito consejos de nadie- -replicó Daniel en tono breve, -ni debo descuidar nada tratándose de un punto tan grave. No. tendría disculpa si me abandonase á una ciega seguridad; así que dentro de una hora quedará establecida alrededor de la casa una vigilancia ri: gurosa, aunque encubierta, que durará por tiempo indefinido. El Guapo Francisco experimentaba una violenta contrariedad, pero comprendiendo que no lograría disuadir á Daniel, repuso con tono de asentimiento: -j B u e n o bueno! Mejor sabéis- vos. que yo lo que conviene hacer. Tanto más, Daniel, cuanto que de hpy en adelante seréis sólo á velar por ellas y protegerlas, porque, después de meditarlo, me he, decidido á salir de Ghartres y me despido de vos- -j Cómo 1 ¿Os vais? ¿Qué me queda que hacer aquí? He cumplido hasta donde me ha sido posible mis deberes con la familia de mi padre, pero conozco que ni mis modales ni mi educación me permiten alternar con parientes que pertenecen á una distinguida clase social, y estoy resuelto á no acercarme más á ellos sin ser expresamente invitado. -No os rebajéis tanto, señor Gauthier- -dijp Daniel, que parecía luchar con un oculto sentimiento i- pero ¿qué proyectos son los vuestros? -No lo sé. Tan luego como haya tomado una determinación, os lo avisaré, lo mismo que á- las señoras de Mereville. ¿Pero no volveréis á ver á esas señoras antes de partir, señor Gauthier? ¿Y para qué, Daniel? Después de lo ocurrido, estaría avergonzado en su presencia, y, además, ya las he dejado entrever esta mañana mi próxima partida... Daniel estaba vencido. En vano intentó repasar uno por uno sus antiguos motivos de queja contra su interlocutor: todos se habían disipado súbitamente. -Confieso, s e ñ o r Gauthier- -dijo, -que en nuestras breves relaciones, vos habéis sido el que se ha conducido mejor; ahora que nos conocemos rnás á fondo, dejadme abrigar la esperanza de que no se interrumpirán en absoluto nuestras relaciones amistosas. Desde cualquier punto en que os fijéis, podréis disponer de mí y de mi influencia, en la seguridad de que sólo anhelo ocasiones de serviros. -M u c h a s gracias, Daniel; vuestra influencia vale mucho, ya lo sé, y acaso tendré que recurrir á ella antes de lo que pensáis. Hablando así, atravesaron la sala y Hegarpn á la puerta, que ú Guapo Francisco abrió para salir. Cuando se disponía á cruzar la antesala, vio delante de sí al teniente Vasseur y otros dos gendaf- mes, puesta la mano en la empuñadura de los sables y en actitud de impedirle el paso, al mismo tiempo que dos ujieres se disponían á auxiliarles. El Guapo Francisco no pareció haber reparado en la actitud del oficial y de su gente, y volviéndose hacia Ladrange, dijo en alta voz y con la mayor familiaridad: -Basta, mi querido Daniel; no consiento que deis un paso más; volved á vuestras importantes ocupaciones. Adiós, y que seáis tan afortunado como yo deseo. -Y vos, señor Gauthier- -contestó Daniel sin desconfianza, -no olvidéis que dejáis aquí un amigo con quien poder contar en cualquier ocasión. Cuando Daniel volvía á su gabinete, Vasséur se acercó á é l y le. di jo con precipitación: -Ciudadano, ¿conocéis bien al sujeto que acalcáis de dejar salir? ¿Estáis seguro de que es digno... -Basta, teniente Vasseur- -interrumpió Daniel con severidad, -le conozco lo bastante para estar