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Mambrino de reiucieiue azorar coigaüo a la puerta entre dos sartas de muelas dispuestas coquetonamente, sin que faltase en el escaparate un frasco donde flotaban verdes y flacas sanguijuelas y dO S ó tres botecillos de pomada de rosa. Inié voz general que el Fígaro debía de saber su obligación, y, en efecto, la oficialidad llenó la tiendecilla reclamando servicios y salió encantada de la destreza del barbero español y de la gracia con C ue su hija, morenita de veinte años, le servía el paño limpio, la bacía rebosando espuma jabonosa, las navajas recién pasadas, de corte sutil, y los peines primorosamente desengrasados... Lo que hay de afición á las comodidades y á cierto refinamiento en todo francés, hizo que los oficiales se deshiciesen en elogios y galanterías, que, dirigidas á los ojos de la mocita, nacían, en realidad, de admiración al aseo de aquella barbería inverosímil. Ellos ignoraban que el patrón, el señor Gil Antolínez, era hombre en eso tan remirado, que en el pueblo y donde quiera se le conocía por el remoquete de Onza de oro... La grata impresión pudo tanto en el ániíxo de los franceses, que se mostraron muy benignos y hasta obsequiosos y no causaron la más leve molestia- -lo cual se debería también á la presencia del Emperador. Alguno pronunció ante éste un elogio del Fígaro, y Napoleón dispuso que se le llamase al alojamiento, que era la Casa Consistorial. Y allá se fué Gil Antolínez, con su toalla, su bacía, sus jabones de olor y su hija y ayudante, á tener el honor de rasurar aquellas mejillas de figura de medalla griega, que 3 a habían perdido el diseño marcado y clásico de la época consular. Antes de sentarse para proceder á la operación barberil, el conquistador clavó su aguileña mirada en el rapista. No era que desconfiase, ni que recelase cosa alguna: era un hábito; el Emperador gustaba de advertir y á veces de saborear los efectos de su mirar hondo. Le complacía impresionar, admirar, sentir el movimiento de sumisión del alma de sus interlocutores. P e r o nada semejante á asombro ni á humildad vio en la cara cenceña, de respingada nariz y cortas patillas, de acjuel hijo de malagueño recriado en tierra castellana. El barbero sostenía la ojeada con curiosi; lad, allá interiormente desdeñosa, detallando la corta estatura, las regordetas formas y la faz casi íampiña del terrible guerrero. El físico de Napoleón no había inspirado á Gil Antolínez ningún respeto. Y en efecto, mientras ataba el paño al pescuezo corto del Ogro de Córcega, he aquí lo ciue el barbero pensaba: -P u e s vaya una facha la del tío éste... Si parece un canónigo... Y dirán que es valiente... Si le ponen una escofieta, el ama del cura de mi pueblo... L a comparación involuntaria entre el Emperador y los gallardos oficiales, sus clientes anteriores, hizo que Gil Antolínez abriese con íntimo desprecio la reluciente, afiladísima navaja, mientras continuaba el monólogo íntimo: -P a r a lo que tiene que afeitar... Con un altiler de á ochavo sobraría... Al paso ligero del jabón siguió la aproximación del acero, cuyo frío sutil estremeció un instante al Corso; estremecimiento meramente físico, pues la idea de un peligro ni cruzaba por su njente altanera, en la cual bullían aún tantos planes y tan tempestuosas ambiciones. A mil leguas esraba de suponer que aquel frió d la navaja podía ser el abanicazo de una ala negra. El Sr. Gil Antolínez acababa de sentir, de improviso, la tentación, inexplicable, insensata, la impulsión repentina, que brota ardiente, que salta de lo secreto de nuestro ser psíquico... E r a una fiebre, un acceso de calentura, un deseo desatado, inmenso, un apetito que del alhia descendía á la convulsa mano, corriendo eléctricamente después hasta la hoja brillante, que ansiaba morder la piel y bañarse en la sangre hirviente... No acertaría á decir el Sr. Gil Antolínez- -ni supo explicarlo nunca cuando, ya en los años de su vejez, evocaba este recuerdo- -á que sentimientos obedecía aquel ansia de degollar qu (surgió obscura, fatídica, furiosa. No era Gil Antolínez de los patriotas exaltados. N o se le había ocurrido irse con los guerrilleros. No padecía el sublime fanatismo de la resistencia al invasor. Los franceses que había rasurado por la tarde le eran hasta simpáticoo. Y, sin embargo, su mano y su pulso vibraban ansiosos de apretar, de dar el tajo feroz, de ver doblarse la cabeza pálida y amarillenta, gorda y clerical, del arbitro de Europa. Si tal hiciese, ¿quién más famoso, quién más celebrado c ue el Sr. Gil, el humilde barbero? Lo que no habían podido balas ni sables, lo cjuc cambiaría la faz del mundo, lo haría el obscuro rapista de un poblachón con sólo un movimiento de su puño derecho... Pues bien; el Sr. Gil afir maba que ni aun esto se le había ocurrido. No eran reflexiones, no eran pensamientos lo que en ac uel instante hervía en su conciencia; era sencillamente el instinto, que no se razona, si bien procede de los razonamientos é ideas anteriores; pero reviste su forma propia, su brava forma de arranc ue instintivo, con todos los caracteres de lo sombrío, de lo animal. El Sr. Gil daría su vida- y de dar la vida se trataba, pero el buen hombre no lo recordaba siquiera- -por ver brotar súbitamentete, con gluglu fatídico, el chorro de sangre de las segadas arterias. ¡Oh, qué gozo! L a sangre cálida empaparía su mano... La muerte del Corso sería instantánea: el barbero, con la práctica de su oficio, sabría muy bien dónde el tajo era necesariamente mortal. U n corte violento y vivo como un relámpago, de derecha á izquierda, empezando bajo la barba... Y ya buscaba con los extraviados ojos el mejor sitio, cuando la muchacha, Toñuela, tímidamente, viéndole suspenso, k acercó la brocha, suponiendo que faltaban á la imperial rasuradura dos ó tres pases de jabón... F u é como si el Sr. Gil Antolínez despertase, E n visión clarísima se le presentó la pobre criatura cosida á cuchilladas, hecha un montón de carne sanguinolenta, que los soldados pisotean y ultrajan todavía brutalmente... Y lúcido ya, empezó á afeitar al Emperador. Nunca mano tan suave y navaja tan delicadamente respetuosa se habían paseado por el rostro augusto... Napoleón notó algo. El temblor de la mano, Is indecisión primera del Fígaro no se escaparon á su perspicacia. Momentos después decía á ur ayudante: -i Qué conmovido estaba ese pobre diablo No hay que sorprenderse; el día de hoy será uní fecha en su vida... De susto y de veneración, a pronto, no sabía ni c ue hacer... Le costó trabaje empezar... Que le den dos luises y que conserve la navaja como recuerdo; que no afeite á nadie más con ella... L A CONDESA DE P A R D O B A Z A N Dibujo de Méndez BriugA.