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la fortuna de sü tío, en el caso de que la joven reliusara casarse con Francisco Gauthier. Daniel sólo necesitó una ojeada para apreciar la completa autenticidad de aquellos docutnentos; sin embargo, permanecía grave y pensativo, dando vueltas á los papeles entre sus manos. -Y a veis- -continuó Francisco- -q u e podéis, desde este momento, y sin condiciones, reclamar del notario Laforet los veinte mil escudos á que ascienden en junto los dos legados. Acaso baste esa suma para rescatar á Mereville, pero en caso contrario, me tendría por muy dichoso y honrado contribuyendo con mis intereses á la adquisición de esas propiedades de familia. E s p e r o caballero- -replicó con frialdad Ladrange, -que la señora de Mereville no tendrá necesidad de vuestros auxilios ni de los míos para entrar en posesión de sus propiedades. Por lo demás, reconozco que vuestro proceder es honroso en- este asunto, y que, por lo menos bajo tal concepto, os había juzgado mal... ¡Ojalá tenga qu, e echarme en cara otros errores de distinto género! Acaso había contado el Guapo Francisco con jue su desinterés produciría una impresión más profunda, pero no dejó traslucir en lo más mínimo su contrariedad. -Caballero- -siguió Ladrange después de una pausa, -necesito pediros algunas aclaraciones sohve un suceso ocurrido hoy en casa de las señoras- de Mereville y del que os supongo ya enterado. Refirió en pocas palabras los acontecimientos de aquella mañana, y presentando después al Guapo Francisco el escrito entregado á María por la pordiosera, lé pregiintó: ¿Conocéis este papel? Francisco leyó ehbillete con atención y se lo devolvió sonriendo. -Le conozco perfectamente- -respondió. -De modo que convenís en que... -En que sé de dónde parte esa ridicula acusación, sí, y ha llegado el momento de decíroslo todo. Hace algunos años tropecé, en mi vida aventurera, con Una joven, de quien conseguí ser amado y que se consagró á mi cariño de tal modo, qué abandonó por seguirme á sus padres y a sU país y compartió conmigo las fatigas de mi profesión. No estamos casados, y si halláis censurable estas relaciones, tened en cuenta que, abandonado por m i padre desde mi más tierna edad, entregado sin guía á los azares de la existencia, soy menos culpable que cualquiera otro por haberme dejado llevar de tales extravíos. Nuestras relaciones se han prolongado hasta hoy, y la mujer de quien os hablo, escudada con sus propios sacrificios y con el respeto que éstos me imponen, y además altiva, arrebatada y de un carácter excesivamente celoso, exige de mí todos los derechos de una esposa legítima. Ella es la que ha escrito ese papel á la seño fíta de Mereville. Debéis recordar haberla visto ya otra vez hace cuatro años en la casa donde hallasteis un asilo imomentáneo después de vuestra evasión de manos de los gendarmes. Rosa, que así se llama, te nía conocimiento de mis relaciones con aquella f) artida de chuanes que os prestó tan señalado servicio; supo, no sé cómo, que yo debía tomar parte en aquella empresa, y aunque se hallaba á algunas leguas de allí, se puso en marcha precipitadamente para sorprenderme. La belleza de la señorita de Mereville despertó sus infundados celos. Un acto mal interpretado de uno de nuestros hombres sirvió de pretexto á sus arrebatos. Vuestras parientas y vos mismo supusisteis una dañada intención, siendo así que no había otro objeto que el de salvaros de una muerte inevitable, y obedeciendo á las inspiraciones de Rosa, consentisteis en ir á buscar en otra parte un refugio dudoso, en vez de esperar tranquilamente mi vuelta en la casa donde os hallabais en seguridad y dónde yo tenía poder bastante para protegeros. Por consecuencia de aquella innecesaria determinación, la señorita de Mereville, en un transporte de agradecimiento, envió á Rosa la sortija que hoy le ha sido devuelta en una forma tan extraña. A medida que Daniel escuchaba, su frente se iba despejando de una manera visible. El Guapo Francisco, conociendo lo ventajoso de su posición, prosiguió con serenidad: Tales son, querido Daniel, los detalles, que no pude daros en nuestra primera entrevista, á presencia de las señoras de Mereville, porque me hubiera, repugnado revelar delante de nuestra prima, tan pura y tan casta, las relaciones culpables que existían en el fondo de aquella aventura. Por desgracia, no me ha sido posible, después de cuatro años, romper de una manera definitiva con Rosa; Me ha seguido á Chartres, á pesar mío, é impulsada por sus celosos instintos, ha querido saber qué motivo me llevaba tan frecuentemente áSan Mauricio, y sin duda espiando alrededor, de la quinta, habrá reconocido á la señorita de Mereville, con lo cual se habrá exaltado su ardiente imaginación. Lo cierto es que ha puesto de emboscada, en una taberna próxima á la casa, á una pordiosera llamada la Virolosa, con orden de darla cuenta de todos mis pasos, y furiosa al saber por su espía que yo menudeaba mis visitas á casa de aquellas señoras, habrá discurrido un medio de asustarlas, á fin de decidirlas á abandonar la quinta, ó, al menos, á despedirme. Así se explica ese aviso alarmante que habéis leído, y al cual se ha acompañado la sortija, que despertando sombríos recuerdos, debía dar á la carta mayor ithportancia. Ya habéis visto el éxito alcanzado por la intriga de esas malditas mujeres, y cuando hace poco María me refirió lo ocurrido, comprendí al punto de dónde venía el golpe. Estas explicaciones estaban amañadas con habilidad pérfida; la verdad y la mentira jugaban en ellas con tanta destreza, que el joven magistrado veía desvanecerse una por una todas- sus prevenciones. Después de un minuto de meditación, dijo con acento franco y casi afectuoso: -He oído, señor Gauthier, con mucho placer vuestra justificación, y si desde nuestra primera entrevista me hubierais hablado cor esa franqueza, me hubierais ahorrado suposiciones ofensivas, que provenían tan sólo de vuestras vatiláciohes en el camino de la verdad. Hay, no obstante, una cirContinuará.