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pació la cabeza por encima del follaje y le siguió con la vista hasta, el recodo del camino. Entonces salió de sú escondite y se dirigió hacia la taberna, donde entró, no sin mirar atrás varias veces. El joven magistrado prosiguió su camino hacia la población, reflexionando sobre los medios más adecuados de hacer abortar las maquinaciones, de cuya existencia no podía dudar. Las cosas habían llegado á un punto en que ya no debía vacilar en hacer uso de la autoridad que le daba su cargo. La muerte del perro, después de la visita de la Virolosa, el aviso alarmante transtnitido á la señorita de Mereville y la repentina desaparición de la pordiosera, justificaban suficientemente la intervención de la autoridad judicial. Daniel adoptó, pues, la determinación de expedir una orden de comparecencia contra la Virolosa y la buhonera, sin perjuicio de ponerlas en libertad si sus declaraciones eran satisfactorias. En cuanto á la taberna donde había estado hospedada la primera, se hacía indispensable establecer una vigilancia secreta, tanto más, cuanto que desde aquel punto los agentes de la fuerza pública podrían al mismo tiempo velar por la seguridad de las señoras de Mereville, que vivían enfrente. Cuando acababa de cerrar los oficios y se disponía á llamar para que fuesen inmediatamente llevados á su destino, le anunciaron que el teniente de la Gendarmería de la ciudad deseaba verle para asuntos del servicio. Aquel teniente era el ex cabo Vasseur. Ladrange no había vuelto á verle desde la famosa noche en que había burlado la vigilancia del bravo militar. Cuando entró, su paso era vacilante, llevaba la cabeza baja, y dando vueltas á su sombrero galoneado, saludó con timidez. Daniel, por el contrario, se levantó presuroso. y le salió al encuentro. -Bien venido, teniente Vasseur- -dijo sonriendo. ¡Qué! i No me reconocéis? Pues ya nos hemos visto otra vez, y por cierto en circunstacias. harto criticas para ambos. -Os reconozco, ciudadano Ladrange, os reconozco perfectamente- -contestó Vasseur. -Pues entonces, ¿no debemos considerarnos, fuera del servicio, como buenos amigos? El oficial, turbado al principio, recobró, por fin, alguna tranquilidad. ¿Es decir, ciudadano Ladrange- -preguntó fijando en Daniel sus negros ojos, -que me perdonáis aquello? ¿De veras? ¿Por qué había de guardaros rencor, Vasseur? No hacíais más que cumplir vuestro deber. Vamos, mi querido Vasseur, sentaos... Os perdono podéis estar seguro de ello. Daniel volvió á su asiento y el oficial de la Gendarmería obedeció como un autómata. -Sois un excelente joven, ciudadano Ladrange- -dijo con acento de gratitud; -pero lo que es yo, no me perdonaré jamás mi inconcebible estupidez en aquellas circunstancias. ¡Cómo se burla- ron de mí aquellos hombres! i Hacerme creer que el puente había sido arrebatado por una inundación, cuando con dar cien pasos más hubiera podido descubrir la mentira! ¿Y aquel médico- veterinario que vino á llenarme la cabeza de enredos, mientras los otros preparaban el golpe... ¡Picaro! Si algún día le pongo la mano encima... Pero ca, inútilmente he recorrido el país por todas partes desde aquel día; el bribón no ha vuelto á parecer y nadie ha sabido darme noticias suyas... Sí, sí, he sido un necio, un imbécil, un asno con albarda, y no me perdonaré mi simplicidad hasta haberme vengado de aquella burla sangrienta. -Os repito, teniente Vasseur, que nadie está más dispuesto que yo á disculpar esa falta... No se hable más del asunto, que espero proporcionaros ocasiones en que vuestra sagacidad tan conocida pueda tomar su revancha. -Enhorabuena, ciudadano Ladrange; ya veréis, en tal caso, de lo que soy capaz... ¿Tenéis algunas confidencias, algunos indicios acerca de los crímenes cometidos recientemente en el molino de Saint- Avit y en la carretera de Rambouillet? Con muy poco habría bastante para ponernos sobre la pista. -Por desgracia, mi querido Vasseur, los primeros datos nos faltan por completo. La habilidad infernal de esos malvados hace fracasar todas las suposiciones- y anula todos los esfuerzos. A l l á llegaremos, ciudadano Ladrange, allá llegaremos- -replicó el oficial de la Gendarmería- con ademán preocupado; -ya vendrá la nuestra, ¡qué diablo... No puedo olvidar, á pesar mío, lo que pasó la noche que sabéis en la granja del Breuil. Bien sé que no os agradará recordar aquel espantoso suceso en que vuestro tío y su criada perecieron de una mnera tan desastrosa; pero cuanto más reflexiono, más me persuado de que tenía allí al alcance de mi mano los dos principales culpables, dos agentes de la cuadrilla. Daniel se estremieció y alzó con prontitud la cabeza. ¿De quiénes habláis, teniente Vasseur? -preguntó. ¿Y qué sospec) iais? ¿Habéis olvidado, ciudadano Ladrange, aquellos dos individuos que supusieron haber sido encerrados en la granja del Breuil mientras se cometían los asesinatos en el castillo? Por lo que á mí hace, los tengo siempre presentes en mi memoria, y sus nombres, lo mismo que su filiación, están grabados en mi cerebro... El uno, que se llama Juan Anger, es un mozo alto, bien formado, que se dice buhonero; el otro es un tuerto, de semblante astuto, y le llaman el Tuerto de Jouy; á uno y otro les reconocería entre mil. ¿Y de dónde procede vuestra opinión, Vasseur, de que aquellos dos hombres no eran extraños al crimen? ¿No fuisteis vos el primero en mandar que se les soltase, después de interrogarles? ¿Habéis vuelto á ver á aquellos dos hombres, ó tenéis a c a s o conocimiento d e nuevos hechos... -No he vuelto á verles, y por su parte, según todas las apariencias, no tienen mucha gana de ponérseme al alcance. Pero, ¿qué queréis? Tengo