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sti a g r a v i o y encantó á la pastorcita. Esc íanalito rojo es el corazón suyo. Vive padeciendo siempre de a m o r con las m á s crueles t o r t u r a s pero la m a l d i ción cayó sobre él y ha de A ivir así e t e r n a m e n t e la s a n g r e de los caballeros ¡ue acini m u e r e n le da vida. Así se venga el a g r a v i o de un adre i) or ue p e r e cen los qwo seducen á las villanas sin detenerse á mir a r el mal que c a n s a r e n y la hija que le d e s h o n r ó sufrirá siem rc, sicm re... E s t a es ia historia que pretendías saber- -concluyó el gigante. -D i m e aún- -reijlicó el mancebo. Ko hay medio p a r a cjue el e n c a n t a m i e n t o cese y ese corazón deje de s u f r i r? L a lucecita roja temblaba levemente S í lo h a y- -r e p u s o el gigante. ¿Cuál es? -E l a r r e p e n t i m i e n t o Lcro han pasado varios años y he erdido va la esi) cranza en. c uc esc corazón se a r r e p i e n t a de f ucrer, Ella lo sabe? SÍ. (p. ie en su g a r g a n t a se h u n d í a el acero del doncel. Un bronco alarido de dolor hendió los aires, y en aquel i n s t a n t e mismo se extniguió la lucecita roja. Cayó en el castillo tui rayo de sol, y á su conjuro aijarccieron entre las almenas sus antiguos m o r a d o res, 3 asomó en el u m b r a l un tropel de caballeros iue. vueltos á la vida, partían á t i e r r a s e x t r a ñ a s buscando n u e v a s a v e n t u r a s Tromijetas y atabales sonaban en su loor. Así que el conde de Strelitz hubo vencido al gigante, sintió un desfallecimiento ue lo hizo caer de su cabalgadura. E l largo clear con a uel m o n s t r u o so enemigo había agotado sus fuerzas, 3 (lucdó t r a s uesto con el desvanecimiento del triunfo. Cuando abrió los ojos se e n c o n t r ó en un lugar ai) artadü del castillo, en lo más intrincado del bosque. Y a el sol ardía en el cielo, y filtrándose por el r a m a j e doraba las a r e n a s J u n t o á él suspiraba una doncella vestida po 1) rcmente, pero bella como la d o r a d a luz de la mañana. L a miró con amoroso a r r o b a m i e n t o y cogiéndola SJ L- á m é E S írfi K i i El cabal cro respiró con honda satisfacción. V hay algi ui otro medio? -S i hay otro más difícil todavía, porcjue nedc una nniier arrepcntir- e de haber a m a d o pero no es tan fácil t nc un caliallcro vuelva á reconiiuistar un amor cuando esc amor vive en el alma de mía pobre liastorcita. -P u e s esta vez te engañaste, pür ue el conde cíe Strelitz SO) yo, y vengo á desencantarla. -i ntonces, t e n d r á s C ue hicliar conniis o y vencerjue... Y conmigo te advierto C uc la victoria es imposible: yo soy el odio. -Y yo el amor- -res ondió el caljallero descnvainando su espada, Cru arün los aceros y cm czó una Ijalalla reñidísima. Los címtcndicntes se acometían furiosamente, araban un instante, echando a t r á s sus calialgaduras, y volvían á la lucha con más fuerza y más saña. E n el silencio del bos uc se diluían los gritos del conibaíc. Y a la luz del nuevo s d comenzaba á iluminar la tierra, cuando cu un postrimero esfuerzo se abalanzaron uno á otro los combatientes. L a espada que esgrimía el gigante saltó hecha pedazos, al tiem o una mano, la atra. jo hacia si. La pastorcita cayó en. sus brazos sollozando amores y culjrió con sus lágrimas el rostro del bien a m a d o c a b a l l e r o el c n c a n l a micnto maldito había cesado. U n a s ovcjitas jacian la fresca hierba, y entre las r a m a s gorjeaban los páj a r o s cantando el triimfo del amor. -i Q -ié bonito! -e; vc amaron las niñas ahita su curiosidad. Y cnsando si acjuella lucecita roja uc todas las ncches veían brillar en un lejano faro sería el corazón de alguna pastorcita, se alejaron c o r r e teando de miévo p o r los senderos del i) ar, He. Se e n n e g r e c í a n las m o n t a ñ a s y plateaba el m a r L a institutriz c ucdó r e m e m o r a n d o con honda melancolía ¡V enturcsüs tiem Os aqtiellos en ¡uc el seductor volvía, f) ara reci) brar el amor (u c cobardemente abandonara... Por las v e n t a n a s abiertas salían del hotel lán. giiidas notas de un iano ue hablaba de a m o r e s que mueren y de hojas que caen en los a t a r d e c e r e s otoñales. El dolor de su alma asomó á los ojos de la institutriz, y unas lá. grimas refleiaron la lívida claridad del cre úsctdo. ¡P o b r e lucecita roja, condenada á a r d e r e t e r n a m e n t e! SALVAUOK M A i a i N l í Z C U E N C A Dibujos de J. Francés