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LA LUCECITA ROJA pr R en la terraza de un clialcl erguido sobre la A costa. El part ue bajaba hasta unas rocas abruptas c ue la espuma del mar saljíicaba jubilosamente. Sentada en un sillón de mimbre estaba la institutriz, el busto recostado solare el ancho es aldar, y en las manos, desmayadas, un lil) ro entreabierto. Kn la huninosa lejanía moría el sol. Dos niñas llegaron corriendo y scntíironse en torno suyo. ¡María Teresa, echando hacia atrás unos bucles dorados, demandó sui) licante: ¡MademciscUc, cuéntenos usted el cuento de la infantina. I- uisita, más pequeña y traviesa, inlcrrumpió manoteando con enojo: -X o, mamnascll: esc no. Cuéntanos ci del castillo de la lucecita roja. La institutriz, sonriendo con maternal bondad, les prometió contar uno después de otro, y temiendo las impaciencias de Luisita, comenzó: -l ues, señor... lira nn castillo encantado (uc guardaba un terrible gi. gantc... Las niñas abrieren los ojos desmedidamente, y, con las caritas nuiy serias y los oídos muy atentos, fueron siguiendo la poética narración de una leyenda medioeval. -En una de las torres de aquel castillo, apenas se acababa el día, encendíase una lucecita roja, lü- a un puntito de luz transparente que rojeaba entre las almenas de la más alta torre. Sin embargo, la eful. gencia de a (iuel faiudito se ex) andía niuch. as leguas por el boscaje de la contornada. Los leñadores, qtie acudían ordinariamente desde las más cercanas aldeas, se apresuraban á recoger la leña abatida antes de uc se alejara el sol, y huían hacia sus hogares. 1 MI la aldea cerraban medrosamente puertas y ventan. as, ignorando que su condición servil los nacía indemnes. Todas las noches llegaban frente á los muros del castillo caminantes extraviados, cazadores i) crdidos entre las sombras del bosque, leñadores que desconocían las veredas para volver, mercaderes qtie se trasladaban á otros señoríos para negociar. Deteníanse junto á los fosos y llamaban humildemente. Nadie contestaba; un silencio proftmdo llenaba el recinto, y cansados de esperar, se ten. ían bajo los árboles y re osaban las fuerzas vencidas en fatigosa jornada. Al despertar se había extin. guido la luz que los guiara falsamente, y reanudaban su marcha sin haber sufrido (Yaño alguno. Es que los villanos sospechaban en aquella, lucecita un albergue donde guarecerse de las inclemencias nocturnas, de las nieves y de los aguaceros. La lucecita roja no ejercía sobre ellos su misterioso influjo. Pero cuando la noche sorprendía en el bosque á un caballero que vigilante cruzaba las tierras buscando a erituras en que desencantar alguna princesa hechizada ó conc uistar el amor de muí castellana a. graviada y dolida en su honor, los efluvios Imnínosos de aquel fanalito impregnaban su cuerpo y -e filtraban en su corazón, inq) ulsándole hacia el castillo con amoroso anhelo. y al Ile. gar, encontraba cl rastrillo levantado, la ucrta abierta, y en el umbral un gigante amedrentador que, con hosco acento, le retaba. Si aceptaba cl desafío, entraban en una batalla dcsconuuial. uo acababa indefectiblemente con la muerte del caballero. Su sangre teñía el i) uente y caía en el foso la lucecita roja se hacia más intensa. Lhia noche llegó un apuesto mancebo montíulo en brioso corcel, y antes de acci tar la recuesta del gi. gante, quiso saber lo que guardaba en el castillo y le demandó la historia de aquel fanalito nc lucía cu las almenas de la más altiva torre. El gi. gante. malhumorado, contestó: -No puedo negarte el derecho á saber lo (pie preguntas, y voy á decírtelo en breves palabras or ú: más que curiosidad, es una dilación dictada por cl, miedo. J -se transparente i: analito ue brilla en la sombra como una roja estrellita, es el corazón de una d ncella. L n hijo del señor de estas tierras, conde de Strelitz, encontró en el bosque á una i) obre aldeanila con míseras vestiduras, pero beba como la mañana i) rímaveral en que se vieron. Se acercó á ella y la interro. gó largamente. La doncella fué contestandc; con un tono humilde que tenía una noble altivez. i d conde quedó prendado de su belleza, y sugestionado por la dulzura de su voz, comenzó á requerirla de amores. La doncella, enamorada también del gentil caballero, supo defender su virtud. í cro como la. aldeanita iba al bosque todas las mañana; í, enviada, por sus i) adres para a iaccntar un ijequeño rebaño y reco. ger algunos haces de leña, el conde volvió, y hablándola de amores una y otra vez, logró al fin que la doncella le entregase su honor. Continuaron el idilio durante algún tiempo, diciéndose sus amores con pasionales ternuras, hasta ue un día el conde partió á lejanas tierras llevando sus soldados, y abandonando á la doncella sin darla un adiós postrero. La doncella enfermó de tristeza, sui) o el padre su deshonra y maldijo á todos con horrenda maldición. El castillo apareció un día solitario; del conde nada se ha vuelto á saber, y una hech. icera que se compadeció del sufrir de aquel padre, juró vengar