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LA CARIDAD Y EL I I N día so asomó la niíia al balcón y vio tendido en la acera, junto al pobre de siempre, otro pobre mucho más i) obre aún. Estuvo mirándole largo rato y él no se movió. Dos ó tres veces volvió la niña al balcón y el ¡jobrc allí se estaba, en la misma postura. Podia estar dormido, l odía estar enfermo. Podia estar muerto. Llamó la niña al aya para consultar acerca de tan rara quietud; pero el aya no hizo sino aconsejarla que se dejase de tonterías. Llamó á la cocinera- -que es vieja y buena- -y la enseñó la figura lamentable del mendigo, que parcela un manojo de cuerdas tirado en un rincón. -Vete á verle- -la dijo- -y tócale para que se mueva. ¿Por qué no se lo dices á la miss, y que baje ella? Ya le he visto yo á ese pobre nuevo. Está echado y no le pasa nada; si no puede moverse, será de puro sucio. ¿Tan sucio es que no podrá moverse? -Ñi más ni menos. A estas gentes se les ponen las coyunturas como los goznes de las puertas que nunca se abren. ¡Agua y jabón les daría yo! La niña entró en su cuarto y volvió corriendo con una pastilla de jabón envuelta en un papel. -Anda, que yo te vea; ahora mismo vas á dársela. Bajó la cocinera y vio la nina desde el balcón cómo se acercaba al mendigo y cómo le entregaba el encargo. El pobre no estaba muerto. Tardó un segundo en desliar el paquete, tirar el papel y dar á la pastilla una terrible dentellada. Luego, como vio c ue aquello no era comestible, lo tiró y volvió á su inmovilidad, murmurando algo que nadie pudo oir, porque la cocinera estaba ya de vuelta en el portal. Quedó la niña desolada, y entonces la miss, que había llegado suavemente, pronunció este discurso: -Es inútil hacer el bien á quien no puede aprovecharlo. La suciedad es el último límite de la degradación, y cuando se llega á ese abismo abyecto ya está perdida toda idea de dignidad personal. El aseo es al cuerpo lo que la virtud al alma, y no hay prueba tan terrible en toda la Escritura como ia que soportó el patriarca Job en el estercolero. Suciedad quiere decir abominación, y es imposible levantar el espíritu en medio de la miseria corporal. Conserve usted siempre esta idea del respeto á sí misma y procure inculcarla á todos ios que la rodeen, porque el ser que no siente el estímulo del agua limpia, cae en la más baja animalidad y no merece el resneto de sus semejantes... Pero la niña ya no oía. Mientra. este discurso- -que fué mucho más largo- -iba fluyendo á borbotones de labios de la miss, la vieja cocinera le llevaba al mendigo una chuleta dentro de un panecillo. Y como aquel abismo de abominación mostró una alegría tan activa que no dejaba duda alguna acerca de su sinceridad, la niña coiocó estas dos ideas fundamentales por el siguiente orden: primero, el pan; segundo, el jabón. Luis BELLO. Dibujo de Regidor.