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Brillaban aún las luces del pneríD, cuando salí; de entre muelles, calladamente, el bote de Martinchu. Afuera había fuerte marejada, y el Noroeste soplaba con violentas ráfagas. Sin embargo, una vez en mar libre, Martinchu armó la vela, que al inflarse con brusca socollada, hizo que el mástil crujiese quejumbrosamente y embarcara el bote una buena cantidad de agua; tesó la escota, aferró el timón y se puso á mirar avante, afanoso por llegar el primero al lugar de la cita. El bote se conducía valientemente; saltaba sobre las olas y se deslizaba rápido por el lomo de la c ue vencía para acometer brioso á la nueva que le amenazaba. Al iniciarse el apuntar del día, dobló el ingente acantilado, que, por aquella parte, cerraba la ensenada, de Punta Chori. Aparecía ésta confusa, envuelta en sombras, rasgadas á intervalos por espumosas moles que se derrumbaban con estrépito. Martinchu arrió la vela y empuñó los remos para aguantar la marejada. A esperar. No esperó mucho tiempo. A los pocos minutos se presentó á la vista el bote de Pello. Martinchu se adelantó á su encuentro, y los dos botes que laron prontamente abarloados. Pusiéronse en pie sus tripulantes, pero quedaron mirándose, sin proferir exclamación alguna, sin decir palabra, sorteando inmóviles los balanceos, los cabeceos y las guiñadas de las embarcaciones, las cuales resistían, á su vez, los embites de la mar, sin separarse, como si se hubieran incrustado, borda á borda. Largo rato permanecieron así Martinchu y Pello, mirándose silenciosos. En sus miradas, más que odio, había, en aquellos momentos, indecisión, perplejidad. No sabían, sin duda, cómo ni de qué manera acometerse. Olvidáronse de fijar las condiciones del lance, y nada se les ocurría entonces. Comprendían perfectamente que allí tenía que ocurrir algo terrible, decisivo, pero no acertaban á iniciarlo. Empezó á clarear. Eas sombras de la ensenada se disiparon, y sus aguas, intensamente revueltas, pero verdes siempre, salieron á la luz. Por ellas derivaban los dos botes, llevados por el oleaje. De pronto, las indecisas miradas de Martinchu y Pello relampaguearon. El odio, un odio feroz, brilló siniestramente en ellas. ¿Fué que la brisa de la mañana avivó la sangre de los dos rivales, ó que las verdes aguas de la ensenada les recordaDibujo de Méadez Bringa. ron más intensamente los verdes ojos de Mari Antonia? Martinchu y Pello, siempre callados, pero con mutuo y repentino impulso, se lanzaron uno sobre otro y Ciuedaron rudamente enlazados por sus musculosos brazos. Fué una lucha extraordinaria. Más cjue lucha, parecía el supremo abrazo de dos hombres abandonados á un común peligro. Martinchu y Pello, estrechamente abrazados, pecho con pecho, frente con frente, subían y bajaban, se inclinaban hasta casi tocar en el agua, sacudidos por sus botes, en la temible proximidad de las rompientes, pero volvían á aparecer erguidos é inseparables. Separáronse, por fin, bruscamente... Martinchu, al soltarse del prolongado abrazo, cayó de espaldas, rebotó en la borda y desapareció en las aguas. Pello permaneció en pie, con los brazos caídos, con la mirada vaga... Transcurrieron unos segundos... Pello se estremeció, estiró los brazos con fuerte sacudida, miró al lugar en donde se hundió Martinchu, y, exclamando: ¡No puede ser, no iiede ser! se lanzó á la mar. Buceó. Volvió á flote con el cuerpo de Martiñchti. Tras poderosos esfuerzos, pudo ganar su bote, próximo ya á estrellarse en los acantilados, desatracado del otro, como si las embarcaciones no hubieran esperado para separarse sino el término de la lucha de sus tripulantes. Pello acondicionó cuidadosamente á Martinchu, y murmuró con emoción ruda: ¡Vive... -iJaungoikoa! -añadió mirando al cielo, que el sol iluminaba ya. Después se puso á bogar y se dirigió al abandonado bote de Martinchu, para completar el salvamento. Martinchu abrió los ojos á la vista del puerto. Su mirada reveló principalmente la sorpresa, como si no recordase la escena trágica. Pello, antes de ser interpelado, empezó á hablar con grande azoramiento. -Todo está bien, todo está bien ya, Martinchu... También el bote te traigo aquí, á remolque... Todo está bien... Entonces acudió de golpe al espíritu de Martinchu todo lo sucedido. Se incorporó, brillaron sus ojos, hubo unos instantes de solemne silencio, y luego exclamó anheloso: -Grasias, Pello, grasias. -Todo está bien, todo está bien ya... -repitió aquél sin dejar de bogar. LUIS DE TERAN. De nuestro Concurso de Cuentos. I ema: 1,3 mar es grande. 3 4 5 6 7 8-