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unos momentos como receloso. Después se quitó la boina, sacó de ella una pipa de barro, cuyo tubo, á fuerza de mordiscos, sin duda, era ya tan corto que no podía scido más, la cargó con el tabaco de un pitillo, oculto, hasta entonces, tras velluda oreja, y la encendió á conciencia con humeante fósforo. Terminadas estas operaciones volvió á mirarme silencioso. Yo aguardé con calma. P o r ñn habló. -N a d a pa dcsir verdá, entiendo de cosas de justisia, pero me párese pue. que agora alcalde ó jues, señor cura también, deberían haser algo... Al carsel metería yo á Mari Antonia, ó afuera del pueblo echar la haría, sí. ¡H o m b r e! ¿Por qué? -i P o r qué? ¿Pues no sabe usté que todos los chicos del pueblo, los de la m a r y los de la calle, los de caserío igual, tras ella han andao como locos? ¿Y no sabe tiste Cjue agora Martinchu y Pello- -ya los conose usté- -desafiaos están por ella desde hase tiempo, y ciue algún día cualquiera cosa, buena no, pueda suseder? -Lo sé, y me desagradan mucho esos malos quereres, que aquí no se han conocido nunca. -Así es. Aquí siempre en pas hemos andao. Algún trompase no digo, pues, que no hay en fiestas y romerías, pero después nada. Ni acordar. Y Martinchu y Pello, esos no olvidan, no. Ya puede usté tener sobresabido, -E s muy desagradable, sí; pero también es cierto que nadie puede decir cine Mari Antonia sea una coqueta, ni, mucho menos, una mala chica. No tiene ella la culpa de gustar á todos por ser tan guapa. ¡B u a p a! ¡Ya lo creo! ¡Pues ahí voy y o! Pa ser tan buapa, malefisio tiene que haber... ¿H a arreparao usté en los ojos? -Son m u y bonitos. -Sí, pero verdes son, y párese que adrento tienen como unas cosas que se mueven y que lusen... Son como las aguas del ensenada de P u n t a Chor i verdes y bonitas también son estas aguas, sí, pero marejada siempre tienen. -i Bravo! Eres poeta, José Ignacio. -M a r i n e r o viejo soy no más. Y ya he dicho, y agora los cjuc tienen siensia, como usté, podrán desir mejor. Y José Ignacio, sin esperar mi réplica, se marchó á sus faenas. Disponíanse á levantar el campo tos habituales tertulianos de la sidrería del muelle, entre los que se contaba Pello, cuando se presentó Martinchu. E l hecho era extraordinario, porque los dos rivales, desde que empezaron á serlo, procuraban eludir las ocasiones de encontrarse, aconsejados solícitamente par sus caiTipañeros. A sí fué que á todos inquietó la aparición de M a r t i n c h u todos b a r r u n t a r o n de seguida un galernazo El recién llegado dio las buenas noches tranquilamente y se dirigió al sidrero. -E c h a unos vasos á todos- -le dijo. -Son las dies pasadas. A serrar iba ya... -observó el sidrero. -Un ronda riada más- -replicó Martinchu. -Irloy tengo gusto en convidar á los amigos. Asercaos- -añadió dirigiéndose á todos los presentes. Los cuales no se hicieron repetir la invitación, excepto Pello, caie permaneció alejado; pero Mar íinchu le invitó directamente -Bebe tú también, hombre. -N o quiero- -contestó con acritud Pello. Martinchu, entonces, con voz algo alterada, dijo: -Te lo ofresco con buena volunta, porque ya va á acabar la pendensia entre nosotros. U n a exclamación de satisfactoria sorpresa corrió por todc- s los presentes. Pello, sin replicar nada, miró fi- jamente, y sorprendido también, á su rival, quien continuó diciendo ¿No andábamos yo y tú tras Mari Antonia? ¿N o le tocaba á ella el dcsidir? Púas ya ha hecho. Agora, á vivir en pas. -i Cómo? -exclamó Pello, cuyo corazón empezó á dar saltos. -P u e s que Mari Antonia- -replicó el otro, haciendo esfuerzos para explicarse con serena dignidad- -me ha dicho por fin cjue á mí es al que quiere. Y ya está, pues, arreglao el cuestión... Vosotros todos pedéis dosir. ¿N o tengo rasón? Mentira! -gritó Pello. -N o es mentira. L a verdá es. Yo y Mari Antonia novios te somos j- a. ¡Novios! ¿L a verdá clises? -H a s t a jurarlo puedo. -P u e s yo te juro igual cjuc novio entero no va á tener esa... Y Pello saltó sobre Martinchu, el cual, á su vez, se abalanzó sobre aquél, y los dos rodaron por el suelo. N o salió á relucir la navaja, porque, afortunadamente, es un arma exótica en Vasconia; pero se hubieran destrozado quizá con sus poderosas armas naturales, á no intervenir los circunstantes. Sin embargo, antes de que lograsen separarlos. Pello deslizó estas palabras en el oído de M a r tinchu -M a ñ a n a al amanescr, si tienes corasen, te espero con mi bote frente al ensenada de P u n t a Chori. -Bien está. Allí no habrá quien nos separe- contestó Martinchu.