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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO ble en nuestros asuntos, y comt) prueba de agradecimiento, la envié la única joya que conservaba de nuestra pasada opulencia, una sortija de algún valor, procedente de mi padre... ¿Lo habéis olvidado? -Recuerdo, María, todos los incidentes de aquella noche terrible y, como á vos, me parecen muy misteriosos. -No lo es menos lo que voy á deciros. Hace poco ha referido Juanita delante de vos que una pobre de la vecindad, hallando abierta la verja esta mañana, se introdujo en el jardín para pedirme limosna. Aquella mujer empezó á hablarme de sus trabajos, de su miseria, pero al niismo tiempo estaba inquieta y distraída. Por fin, cuando perdió de vista á Juanita, que andaba por allí cerca, deslizó un papel en mi mano y se escapó. ¡Cómo! ¿Esa pordiosera á quien se acusa de haber envenenado al perro? -Esperad: cuando se alejaba abrí el papel que estaba doblado en forma de carta y que contenía un objeto de poco volumen. Leed el aviso que me dan y ved la importancia que puede tener. Y entregó á su primo un papel grosero y arrugado, en el que una mano poco ejercitada había trazado algunas palabras mal ortografiadas. Después de un momento de examen, Dani consiguió leer: Estad prevenida; os amenaza un gran desgracia. El joven magistrado se quedó pensativo. -Esto es muy ambiguo- -dijo por último, -y el escrito no tiene firma alguna. -En efecto, Daniel; pero hay motivo para pensar que este aviso no se ha dado á la ligera y que procede de una persona cuyas intenciones son buenas, porque dentro de su carta venía la sortija de mi padre, la que yo envié como regalo á la mujer de la casa solitaria: vedla. -Basta dijo el joven magistrado disponiéiij dose á partir; -voy inmediatamente á buscar á esa mujer. En la incertidumbre en que estamos acerca de los móviles de su conducta, la trataré primero con blandura, presentándome solo y sin el aparato de que tendría derecho á rodearme con arreglo á mi cargo; pero si se niega á responder ó trata de alucinarme con mentiras, estoy resuelto á desplegar la más inflexible severidad... Una palabra más, querida María: vuestra madre, según me habéis dicho, ¿no tiene conocimiento del aviso alarmante que acabáis de recibir? -No, Daniel, porque he temido asustarla demasiado. Aunque no se resiente hace ya algunos años de su antigua enfermedad, el médico tiene, como sabéis, muy encargado que se procure evitarla toda emoción fuerte. -Habéis hecho bien. Despidiéronse á poco, y Daniel, al pasar cerca de Juanita y de los ancianos esposos, que se lamentaban en torno del cuerpo inanimado de César, se detuvo para encargarles la más rigurosa vigilancia en la casa, como así ae lo prometieron, y salió con paso presuroso. Continuarü. -Yo no lo entiendo- -dijo por fin la anciana jardinera; -no hace una hora que el perro estaba bueno y se ha puesto así de repente... Por fuerza le han envenenado. ¡Hum, hum! -murmuraba el marido dejando caer su cana cabeza. -No es buena señal ésta para la casa... Los que han hecho esa picardía sus razones deben tener para ello. 3 La marquesa no participaba de aquella opinión. -i Envenenado! -repitió. -i Y de dónde sacáis eso? Aquí nadie entra; ¿quién, pues, pudiera haber dado veneno á nuestro perro? -Yo lo sé, yo- -dijo Juanita sollozando; apuesto á que ha sido obra de esa pordiosera que entró aquí esta mañana y que habló un momento con la señorita. Me pareció verla arrojar una cosa cuando salió en la caseta de César, y menos de un cuarto de hora después, el perro fué acometido de grandes dolores... Mar a, algún tanto ruborizada, dijo reprendiéndola ¡Cómo! Juanita, ¿podéis acusar de ese modo á una mujer á quien no conocéis... Es una vecinapobre- -añadió algo turbada, como si comprendiera que sus palabras necesitaban alguna explicación; -ha entrado en el jardín hace poco, mientras yo paseaba sola, y me ha pedido alguna ropa vieja para vestir á su hijo, que está casi desnudo; la he dado algunos asignados y ha partido colmándome de bendiciones. La creo completamente incapaz de ésa mala acción. Tal vez tenía María otras razones secretas para protestar así en favor de la mendiga. La marquesa, por su parte, se puso del lado de su hija. -Sí, sí- -dijo; -no hay veneno que valga; los perros están sujetos á enfermedades repentinas que acaban con ellos en pocas horas, y esoes lo que ha debido suceder á César. Pero decididamente, ese pobre animal va á expirar, y esto me hace daño... Vamonos, María; venid también, Daniel. No puedo estar aquí más tiempo. Y los tres se alejaron, dejando á los criados prodigar al animal moribundo cuidados probablemente inútiles. Dieron algunas vueltas por el jardín, cubierto ya por las hojas secas del otoño. La marquesa y su hija estaban tristes; Daniel, muy pensativo, trataba de asociar, sin saber por qué, el atentado cometido contra el perro con otros acontecimientos que preocupaban su imaginación. A poco se retiró la marquesa, y María dijo á Daniel: -Me he quedado con vos, amigo mío, para poneros al corriente de un hecho que aún no he osado revelar á nadie y que confunde mi razón. De qué se trata, pues, mi querida María? ¿Os acordáis de que, después de haber escapado de los gendarmes cerca de la barca de Grandmaison, fuimos conducidos á una casa donde hallamos una mujer joven y hermosa, que parecía agitada por. violentas pasiones? Todavía ignoro qué es lo que quería de nosotros y por qué se estrellaba particularmente contra mí su cólera; pero me pareció que intervenía de una manera favora-