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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA La Virolosa estaba en un todo preocupada con una loca, una celosa; pero yo no amo ni puedo la idea del nuevo peligro que la amenazaba. Vien- amar á nadie más que á ti. Quédate, si así lo dedo que el jefe permanecía pensativo, le preguntó seas, y te convencerás de que tus sospechas ilo con encogimiento: tienen sentido común. -Y bien, Meg, ¿qué queréis de mí? Aquella súbita reacción pareció excitar la des- -Parece que tienes miedo... Tranquilízate. Sé confianza de Rosa. ue tienes escrúpulos; pero serán respetados por- -Francisco- -replicó, -tal vez me equivoco, esta vez y se te empleará en una cosa bien ino- pero estaré alerta... ¡y desgraciados de nosotros cente. Escucha. Hay en la aldea de San Mauricio si me engañases! una casa donde esperamos dar un buen golpe... ¿Qué quieres decir? ¿Serías capaz de delaCasi en frente hay una cantina, desde donde pue- tarnos? de verse lo que allí pasa. Irás á hospedarte en la- -Demasiado sabes que no- -respondió la jocantina, observarás con cuidado á los que salgan ven; -pero aun cuando todavía me ames, yo sade la casa y vendrás todos los días á darme cuenta bría obligarte á que me mataras. de lo que adviertas... -En efecto- -repuso el Guapo Francisco en un- ¿Es eso todo lo que exigís de mí? -preguntó tono entre chancero y amenazador; -tú no temes la Virolosa con alguna vacilación. la muerte; pero ten cuidado: acaso sabría encon- -Vairios, no seas chiquilla... Cuando estés dis- trar para ti otra cosa mejor. l uesta te daré mis últimas instrucciones; pero no olvides que nadie, excepto nosotros dos, debe coV nocer la misión de que vas á encargarte. ¿Y) p, Francisco? -dijo una voz dulce, pero LA AI AEMA firme, á su espalda, ¿no lo sabré yo también? Al mismo tiempo aquella mujer, cuidadosamen. í envuelta en un manto, que hasta entonces haO asó una semana, durante la cual hizo Daniel alfcia estado oculta en un rincón obscuro, cerca de gunas visitas á la quinta de San M a u r i c i o los interlocutores, se adelantó hacia ellos. mas, por una extraña casuaHdad, nunca encontró El Guapo Francisco, que jamás vivía despreve- allí á Gauthier, á pesar de que éste iba también nido, hizo un movimiento para ponerse en defen- casi todos los días. sa; pero la desconocida, echando sü manto sobre Ladrange había, además, tratado de averiguar el brazo, dejó ver un talle esbelto y airoso- un la morada de Francisco en C h a r t r e s pero todas rostro juvenil y animado, que resaltaba bajo un sus indagaciones habían sido inútiles. gorriío colocado con coquetería: era Rosa Bignon, L a conducta de Francisco debía obedecer á un la mujer del. Gíía O Francisco. cálculo premeditado, y en tal caso, no auguraba El marido se manifestó más sorprendido que nada honroso para él. Sin embargo, cuando Daniel trató de conocer la opinión de las señoras de regocijado de tan inesperada aparición. ¿Otra vez tú, Rosa? -preguntó algo turba- Mereville sobre aquella circunstancia singular, do. -A la verdad estaba muy lejos de pensar... las encontró parapetadas en una absoluta conDéjanos, Virolosa- -dijo á Fancheta, c ue devora- fianza. ba con los ojos á la recién llegada; -vete con tu U n a mañana que se dirigía á pie de Chartres á l: ijo. San Mauricio, iba pensando en lá necesidad de Fancheta, amedrentada, huyó al otro extremo turbar la incomprensible tranquilidad de aquellas de la cueva. Entonces- los dos esposos se senta- señoras respecto de su nuevo amigo. ron en un banco, y el Meg dijo con aire desconE n el patio de entrada, la camarera Juanita, los tento viejos jardineros y hasta las mismas dueñas de la- ¡Vive Dios! ¿Qué significa esta, nueva cala- casa, rodeaban tristemente la caseta de César, el verada, R: osa? ¿Por qué no te has quedado en Or- robusto alano destinado á la custodia, de la habileáns, según te había prevenido? ¿Te faltaba algo? tación. j No estabas contenta? ¿Por qué no has esperado El pobre animal no parecía hallarse en situación con paciencia mi regreso? de desempeñar su oficio. Desembarazado de la ca- -Mucho tiempo hubiera tenido que esperar, dena y del pesado collar de hierro, yacía tendido, Francisco- -contestó Rosa con salvaje ternura; con la cabeza inerte, los i jares agitados por sacuno carecía de nada, es verdad, pero no era dicho- dimientos convulsivos, y lanzando á intervalos ausa porque no puedo serlo lejos de ti. Al ver qué llidos dolorosos, p ro q u e i b a n siendo cada vez me olvidabas no he podido resistir, y he querido más débiles. Sus ojos apagados, ya vidriosos, se asegurarme por mí misma... Francisco, no pare- volvían sucesivamente hacia las personas amigas que le rodeaban, como si. quisiera i edir auxilio. ces muy contento de volverme á ver. Los circunstantes estaban dolorosamente im- ¡Basta! Sabes que quiero que se me obedezpresionados ante aquel sensible espectáculo, y Daca, y merecías... Habla. ¿Por ventura cregs asustarme? ¿Qué niel mismo experimentó vivo pesar al ver el estapod. rfas hacer? Estoy dispuesta á todo desde el día do desesperado de aquel vigilante servidor. en que por seguirte abandoné mi familia. Te amOj- ¡D i o s mío! -exclamó. ¿Qué es lo que le h a Francisco, y mientras yo viva, no consentiré qué sucedido á César? 1556 abandones por otra mujer. Nadie le respondió y todos se miraban consier- -Ea. rni linda Rosita, haz lo que quieras. Eres nados.