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FOLLETÍN D E BLANCO Y NEGRO bro, lo cual nos ha obligado á llevarle á casa de un franco de las cercanías... P e r o la venganza ha sido buena; además del infame viajero que disparó contra él, hemos m a t a d o otros dos, que hacían ademán de querer defenderse. -E s t á muy en el orden... Vamos, este es un negocio bien conducido. A fe mía, el Rojo de Auneau n o lo. ha hecho tan bien... El Rojo va bajando mucho con sus melindres de señorita. Tal reproche sacó por ñn de su entorpecimien 1.0 al Rojo de Auneau, que se levantó de un salto, gritando: -i Que yo b a j o i Mil millones de demonios! ¡Gran hazaña es detener una diligencia y matar viajeros que se defienden! Si fuera quemar á una vieja que solloza ó estrangular á una niña que llor a ¡AHÍ os quisiera yo v e r á vosotros... ¿ConCiue yo, bajo? Pues bien, Meg, encargadme del prim e r negocio en que haya que trabajar, y se verá si yo bajo. ¡O s desafío á todos á que seáis capaces de igualarme en ferocidad! El Guapo Francisco esperaba aquel movimiento de feroz emulación, y se sonrió agitando su junquillo. -E a Rojo; eso no ha sido más que una chanza- -rdijo con tono amistoso; -hace mucho tiempo que te conozco y sé lo que vales... Todo está bien. Ahora, vosotros, empezad á hacer las particiones y después se sortearán los lotes; ¡pero cuidado, con que intervengan los puños y los cuchillos! E n seguida todos los interesados se pusieron en movimiento para proceder á la importante operación de las particiones, menos el jefe, que en medio del desorden general, permaneció inmóvil en su asiento, pronto á reprimir cualquier infracción de los reglamentos que regían aquella abominable asociación. Varios de los presentes, así hombres como mujeres, aprovecharon el momento p a r a acercarse á él. Meg- -dijo un joven elegante que daba el brazo á una mujer bastante linda, pero de aire desvergonzado, -aquí está la Bella Victoria, que consiente en casarse conmigo con arreglo á nuestros ritos particulares; ¿me permitís t o m a r l a por mujer? ¡A h! ¿E r e s tú, Longjumeau? -respondió el Guapo Francisco bostezando. -Bien; puesto que estáis conformes, el Curilla os casará la primera vez que nos reunamos en el campamento de la Muette... E n t r e tanto, id al diablo. Los. dos futuros esposos se retiraron. El Guapo Francisco quedó, pues, otra vez aislado, e n el banquillo que le servía de trono ó de tribunal, y empezó á pasar revista á los concurrentes. N o tardó su mirada escrutadora en descubrir á la Virolosa y, su hijo, que estaban aún en la mesa. ¡H o l a! ¡F a n c h e t a! ¡Fancheta la Virolosa! ¿Te, tenemos por acá, después de habernos olvidado tanto tiempo? -N o he tenido otro recurso, Meg- -contestó la infeliz mujer; mi retiro fué descubierto por algunos de la. banda, que me asediaban de continuo p a r a echarme de la alquería, y, al fin, obligaron ámis amos á despedirme. Me puse á mendigar con mi hijo, este niño que veis aquí, y al que los otros llaman, por el sitio en que hemos vivido, el niñito de Etrechy. Estábamos en la mayor miseria; Santiago de Pithiviers, á C uien encontramos en una posada de las inmediaciones de Orleáns, me propuso encargarse de mi hijo y llevárselo con los demás niños que tiene á su cargo. Me negué, me negué con. todas mis fuerzas, porque hubiera preferido verlo m u e r t o pero no se me hizo caso, y por la noche, mientras yo dormía, me quitaron él niño. Al día siguiente, cuando desperté, me encontré sin él. Creí volverme loca; lloré, grité, corrí por todas p a r t e s pero había desaparecido. E n tonces ya no vacilé, y así como antes procuraba evitar el encuentro con las gentes de la cuadrilla, desde aquel instante hice lo posible por ponerme en contacto con ellos, y así pude saber que mi hijo debía hallarse hoy en Chartres con los demás mudiachos. H e tomado las indicaciones necesarias, he prometido, he jurado todo lo que han querido, y, por fin, aquí esto reunida otra vez con mi hijo... ¡O h! ¿N o es verdad, Meg, que ya no nos separaréis? Y al decir esto vertía un torrente de lágrimas y besaba con transporte al niño, cpe también lloraba. El Guapo Francisco permanecía impasible en presencia de aquel sufrimiento, de aquella agonía, de aquella desesperación. ¡Pardiez! -dijo. -Tu chico y t ú debéis tratar de ser útiles si cjueréis que os ayude, porque nosotros no podemos alimentar haraganes. Y dirigiéndose al maestro de niños, que se ocupaba á la sazón en contar monedas de oro sobre el fondo de un tonel, le dijo: ¿Q u é opinas del Niñito de Etrechyf- -preguntó el Guapo Francisco. -U n muchacho perverso- -dijo con aspereza- -y sin disposición alguna. Su madre le ha metido en la cabeza las más absurdas ideas, y es preciso sacudirle para que vaya á robar la ropa en el tendedero ó para que atrape una gallina extraviada en el campo. L a pobre madre, al oír aquella relación tan desfavorable, estuvo á punto de coger á su hijo en los brazos y comérsele á besos; pero no se atrevió á V itregarse á aquellos transportes en presencia de Francisco, que parecía muy irritado. El M e g apoyó la mano sobre el hombro del delicado niño, y fijando en él sus negros ojos, cuya penetrante mirada pocas personas podían sostener, le dijo brutalmente: -No queremos perezosos, ¿entiendes, píllete? Yo cuidaré de que se te dé pronto ocasión de p r o bar tu buena voluntad, y veremos qué tal t é portas pero si llegas á tropezar, yo me encargo de ajusfarte las cuentas; tenlo presente. Vete con los otros muchachos allá á la mesa pequeña y bebe uno ó dos vasos de aguardiente para que te hagas listo y robusto. ¡Aguardiente, Meg! -repuso con timidez lá Virolosa. ¡Es tan n i ñ o! U n gesto imperioso la cerró la boca, y el chico, libre por fortuna de la presencia del Meg, echó á correr hacia los otros muchachos, que le recibieron con juramentos y golpes.