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F O L L E T Í N D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS B E R T H E T 26 CONTINUACIÓN siempre arman quimeras y se sacuden de lo lindo... Es seguro, Meg, que sin vos no se les podría sujetar, porque no se dan á razones. Detúvose ante una puerta baja de encina que cerraba el paso y llamó de una manera particular. Al primer golpe sucedió un profundo silencio en el interior del subterráneo, pero cuando se completó la señal de llamada, el- vocerío y la agitación volvieron á empezar, como si se supiera que los que llegaban eran personas amigas. En seguida se oyó el rechinar de gruesos cerrojos de hierro que se descorrían uno después de otro y la puerta giró sobre sus goznes, dejando ver el cuadro más extraño y repugnante. Era una especie de cueva, donde no penetraba luz alguna y el aire sólo se renovaba por el cañón de una chimenea construida en uno de los ángulos. Un gran fuego contrarrestaba la humedad de la sala subterránea, cuyas descarnadas paredes estaban cubiertas dé moho y barnizadas por la baba de los caracoles. Por todo lo largo de la habitación se extendía una mesa formada de toneles vacíos y de tablas carcomidas, y el resto del mobiliario se componía de malos bancos y sitiales de madera. Todo ello estaba dispuesto de modo que se podía instantáneament en caso de alarma, amontonar en un rincón aquellos maderos podridos y devolver al subterráneo la apariencia de una bodega ó lavadero, su primitivo destino. Pero en aquel momento el local tenía un aspecto de fiesta. Sobre la mesa improvisada, cubierta de servilletas, que habrían sido blancas y que reproducían las desigualdades de las tablas, veíanse los diversos elementos de un festín grosero pero abundante. Panes enormes, homéricos trozos de c a r n e fiambre, jarros de vino y de sidra y frascos de aguardiente estaban como á disposición de todo el que llegase; y los vasos derribados, los platos hechos pedazos, así como las brechas abiertas en los manjares, dejaban adivinar que aquella comida había recibido ya el asalto de numerosos convidados. El alumbrado de aquel suntuoso banquete consistía en humosas velas de sebo, colocadas en cuellos de botellas rotas. Treinta ó cuarenta personas, hombres, mujeres y niños, había en el subterráneo, vestidos unos con aseo y hasta con lujo y cubiertos otros de harapos. Algunos bebían y comían aún con voracidad, otros dormían con la cabeza apoyada en la pared, otros formaban grupos animados, de donde salían juramentos, desafíos y carcajadas. El Guapo Francisco, qUQ poco tiempo antes había dejado la apacible y tranquila morada de las señoras de Mereville, no manifestó sorpresa ni disgusto al entrar en aquel horrible tabuco. Despidió á Doublet, que volvió inmediatam ente á sus hornillas, y se adelantó con paso firme al centro de la asainblea. La mayor parte de los circunstantes se levanta- ron al reconocerle, é interrumpiéronse las conversaciones particulares, pero nadie se quitó el sombrero ni le tendió la mano; aquellas gentes se habían colocado muy por encima de las preocupaciones sociales. Tampoco Francisco saludó á nadie, pero su fisonomía expresó cierta satisfacción al reconocer entre los concurrentes á aquellos que buscaba. ¡Hola! ¿Estás aquí, Rojo? ¿Y también tú, Santiago? -dijo, sentándose majestuosamente en un banquillo; -habéis vuelto y, á lo que veo, con la piel, intacta. Y ¿qué tal, habéis hecho negocio? Necesito que cada uno de vosotros me haga una reseña detallada de la expedición que ha dirigido. Empieza tú, Rojo. ¿Cómo te has manejado en el molino de Saint- Avit? Y mientras el Rojo de Auneau, interrumpido en sus reflexiones, alzaba, lentamente la cabeza sin haber comprendido lo que se le pedía, el Tuerto ae Jouy se adelantó con presteza y exclamó con su sonrisa burlona: ¡Buenas noticias, Meg! El Rojo y su gente han traído de Saint- Avit quince mil francos en dinero y un saco lleno de alhajas, sin contar las ropas y efectos... Pero, como podéis juzgar por la cara descompuesta del Rojo de Auneau, ha sido necesario operar en regla. -Pues cómo. Tuerto i ¿estabas tú en la gresca? -No, pero... -i Ya d e c í a yo! -interrumpió secamente el Guapo Francisco. -Pero tú, Rojo, ¿en qué piensas... A esta interpelación, el bandido respondió con aire extraviado: -Ha sido preciso calentar á la anciana abuela... y como la chiquilla gritaba, tuve que estrangularla. El Rojo de Auneau hizo nuevos esfuerzos para coordinar sus ideas, y balbució: -Esperad... El criado, que había intentado resistirse, estaba tendido en tierra con una ancha herida en el cuello, y la sangre corría... corría... i Había sangre por todas partes El Guapo Francisco dio una patada en el suelo con impaciencia, y dijo: -Vamos, el Rojo está todavía con sus bascas y no sacaremos por esta vez nada en limpio... Más tarde hablaremos... Ahora tú, Santiago- prosiguió dirigiéndose al maestro de niños, ¿qué hab hecho en la carretera? Santiago respondió con voz seca y áspera, sm que se alterase ni un solo músculo de su cara: -He asaltado la diligencia de Rambouillet y cogido unos veinte mil francos á los viajeros... Llevaba conmigo al Dragón, al Manco, á Marabou, al Tuerto del Mans y al pequeño Lapoupée, mi discípulo, que se ha portado á las mil maravillas. ¡Perfectamente! Eso es lo que se llama contestar en regla. ¿Tenemos heridos? -El Dragón ha recibido un balazo en un hora-