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EL PASTOR I f na hermosa tarde del mes de Septiembre estaba Chucho tendido en el prado, sobre la mullida hierba, contemplando la puesta del sol mientras pacían las ovejas, cuando una voz áspera y desagradable, que le llamaba desde lejos, le sacó de su extática contemplación. Se puso de pie, y reconociendo al recién llegado corrió á su encuentro. ¿Qué se le ofrece, señorito? -dijo respetuosamente con la gorra en la mano. -Quiero- -repuso el interrogado- -que vayas al castillo y digas que me traigan un caballo y cualquier cosa que comer. CMicho se rascó las orejas, miró las puntas de sus -Bueno, pue. prepárate; se lo diré á mí padre y te despedirá. -Sea lo que Dios quiera; si me despide por obedecer sus órdenes, me iré tranquilo y en otra casa encontraré trabajo. El galope de un caballo cortó el diálogo. Era el Bonito, montado por un mozo de caballerizas que venía á buscar al marquesito. y l día siguiente, Chucho recibió orden de subir al castillo; el señor marqués deseaba haljlar con é Po- bre chico! Se presentó temí landq, j. con- voz entrecortada refirió lo ocurrido la vl fera, El buen comportamiento siempre tiene recompensa, y el terror de Chucho se trocó bien pronto en una alegría sin límites cuando oyó á su amo disponer que le emplearan en la huerta, dejándole libres las horas de ir á la escuela. Al cabo de unos cuantos años, Chucho era conocido por D. Jesús, el administrador del castillo, el servidor más fiel y el amigo más leal del marquesito. M w DE P E R A L E S UN V A L I E N T E -1 M V, ¿Queréis que juguemos... -Bueno. ¿Pero á qué... -Pues á las guerra Formamos dos batallones, y en medio de esa plazuela nos batimos. Somos moros Pedro, Antonio, Luis y César, y españoles, Pablo, Jorge... en fin, todos los que quedan. ¿Y cuál es el Gurugú... -Aquellos sacos de arena que hay en la acera de enfrente ¿Y si sale el de la tienda y nos riñe... -Eso es verdad. ¿Reñirnos... j Pues bueno fuera... i Vamos, no seáis cobardes... Melilla es esa taberna esa fuente, la Restinga; el hospital, esas piedras que están ahí aípontonadas el Hipódromo, esta acera, y la boca de Mar Chica, la alcantarilla. ¡Qué juerga vamos á correr... -Pero oye para empezar la pelea nos hacen falta cañones... y fistolas... y escopetas... -Con palos se arregla todo. -Pues comencemos la guer: a y á ver quién es el que triunfa. A la una, á las dos... -Espera, que antes hay que nombrar jefe. ¿Quién lo va á ser? -Yo. ¿De veri Eso será si nosotros queremos... -No hay quien se atreva á quitarme á mí ese puesto, porque mi valor demuestran 4 5 6 7 8- zapatos, y dando vueltas á la gorra entre el pulgar y el índice de ambas manos, repuso con timidez: -No puedo dejar las ovejas, se pueden descarriar, y á estas horas es muy peligroso; la noche se viene encima, y si aparece el lobo me mata unas cuantas en un decir Jesús. -Y á ti qué te importa, si no son tuyas; la pérdida no arruinará al amo. -Se equivoca, que me importan más que si fueran mías, porque para eso me han encargado que las guarde. -Bueno, pues vete á lo que te mando, que yo me quedaré en tu puesto. -No sirve usted, porque las ovejas no conocen su voz, y aunque las llamase no vendrían. -Mira, no me desesperes; toma cinco pesetas y aprieta á correr, si no quieres que te rompa un hueso- -dijo amenazándole con la escopeta. El chiquillo se quedó inmóvil y repuso: -Pegúeme si quiere; pero yo no dejo el rebaño, ni tomo dinero por faltar á mi obligación; eso sería robar al amo, que me paga para que no me mueva de aquí.