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Amaneció; contó Blas á su padre lo visto y lo soñado, y á tiempo que el chico charlaba, y para describir la longitud de los bichos que había contemplado le señalaba (haciendo uso de una tosca hipérbole) los leños que chisporroteaban en la lumbre, el padre de Blas miraba las ojeras de éste y su pálido color, consecuencia del insomnio pasado, se rascaba la cabeza queriendo sacar entre sus puercas uñas una idea, y murmuraba entre dientes: ¡A mi que no me digan! El saber no es bueno; quita el color y el sueño... Vamos, chico, vamos á ver á D. Lesmes, que he de echar con él una parrafada. Ya están D. Lesmes y Andrés, el padre de Blas, frente á frente; el primero, arrellanado en un sillón de vaqueta de ancho respaldo, y el segundo de pie, con la boina en la mano, haciéndole dar más vueltas que á una peonza. Escuchad lo que dicen. ¿De modo es, Andrés, que tú no quieres que le enseñe al chico... Te advierto que es un muchacho despierto; como tú; de tal palo tal astilla... i Si á ti te hubieran enseñado! -Gracias, D. Lesmes, gracias; pero aunque diga usted que soy muy burro, no quiero que el chico sepa más que leer, escribir, la doctrina cristiana, cavar la tierra, y que hay Guardia civil, jueces y cárceles para el que se olvida de que hay Dios que premia y castiga y tiene un mal pensamiento y lo lleva á cabo. ¿Pero tú sabes á lo que el chico puede llegar si se aplica y aprende lo que yo le enseñe? -Sí, señor; á lo que llegan todos los sabios, á no tener un pelo en la cabeza (D. Lesmes se mueve nerviosamente en su asiento) á ser un hombre enclencjue, á perder esos colores de manzana que tiene, á que cuando tenga cuarenta años esté con un pie en la sepultura y á que se rían de él las mozas. -Vamos, Andrés, escúchame con atención. Oye mirando por ese telescopio y leyendo muchos libros que abajo, en mi biblioteca, tengo, verá tu hijo mundos desconocidos, le enseñaré los canales de Marte, y aunque sus ideas religiosas se transformarán al adueñarse de la verdad, verá á un Dios grande, infinitamente grande y sin formas. -Pero no irá á misa como usted no va y no tendrá los consuelos hermosos que la religión nos pre. sta. Verdades á tal precio no las quiero. -Oye, Andrés. En otros libros aprenderá cómo el organismo humano se forma, de qué está com puesto, y aquí, en el microscopio, le enseñaré la célula, la unidad viviente de Virchow, que es tan pequeña que se mide por milésimas de milímetro, i y siendo tan pequeña, vive! -Y no atinará con una receta para evitar, como usted no ha evitado, el ser viejo antes de tiempo y estar hecho un carcamal; en cambio, yo sé una: comer castañas, torta de maíz, leche con agua y sal y manzanas; trabajar la tierra, no pensar y dormir mucho y á pierna suelta. Mírese usted en un espejo y míreme usted á mí, y ahí está la prueDibujo de Méndez Erhiga. ba de lo que digo. Más verdad dicen mis picardías y mi experiencia que sus libros. ¡Andrés, Andrés, que desbarras... Le enseñaré á conocer el corazón humano y saboreará la verdad, la hermosa verdad, y sabrá, como yo, que la mujer tiene el corazón de hiena, que no siente, que miente... -Con perdón D. Lesmes; de todo hay en la viña del Señor. Triste es que á los sabios se la peguen las mujeres (D. Lesmes vuelve á moverse nerviosamente en su asiento) pero ellos se tienen la culpa; se dedican á mirar las estrellas y, ¡claro! las mujeres, al verles tan embobado; mirando allá á lo alto y tan arrugadicos y con mucha tos, ¿qué han de hacer sino fijarse en los buenos mozos, recios y bien plantados, que de una puñacte lerriban á media docena de sabios... A Dios graci. as, las mujeres de los labradores, como miramos al 5 uelo y las podemos ver, en sus maridos piensan, y, si no lo hacen, como no nos metemos á averiguaíto, i como si pensaran! -i Empecatado Andrés 1 ¿Tú sabes lo que vale conocer la verdad? ¿Lo hermoso que es conocer al género humano como yo le conozco? ¿Saber que el hombre es un egoísta que si se te acerca es porque le conviene? -Más hermoso es no verse aislado como usted se ve, y, aunque mentira sea, creer que quien con uno se bebe un jarro de vino dará su vida por el amigo si llega el caso... Nunca he gozado más que oyendo cuentos, que son mentiras, y haciéndome ilusiones que no son verdades, y viendo funciones de teatro, que mentiras son. -i Qué loco estás, Andrés... Asómate aquí, al ocular de mi microscopio, y cuando veas una gota de agua, cuando observes las maravillas de ese mundo invisible á simple vista, dejarás que tu hijo siga por el camino que yo quiero llevarle. -Antes ciegue que tal vea. ¿Para qué he de mirar? ¿Para no volver á beber agua en los días de mi vida... Y dígame, D. Lesmes, que ya me va entrando la comezón de saber, ¿el agua de la fuente de la Dicha tiene bichos de esos malos, de los que, si se beben, causan enfermedades? -En verdad te digo, Andrés, porque soy enemigo de la mentira, que como sólo hay esa fuente en el pueblo y pudiera suceder que en ella se encontraran las bacterias de cualquier enfermedad, para evitar el morirnte de sed no he examinado el agua de tal fuente... ¿De qué te ríes, Andrés empecatado? -De que una cosa es predicar y otra dar trigo; de que usted piensa como yo, aunque dice lo contrario. Déjeme al chico rústico como está, sano como una manzana y alegre como unas castañuelas; no quiero que se asome á ninguno de esos libros ni de esos aparatos que le enseñarán la verdad en forma de renacuajo, teniendo al fin y á la postre que agarrarse á ima piadosa mentira para vivir, como usted se agarra al agua de esa fuente para beber, cjue créame usted, D. Lesntes, que aunque usted es un sabio y sabe mucho, yo tengo las picardías de un viejo que ha vivido y sé más de la vida que usted: la fuente de la Dicha en la vida está en lo que no se conoce. FRANCISCO M Í R T I N L L Ó R E N T E De nuestro Concurso cíe cuentos. I ema: Hága. qe la luz -3 4 5 6 7-