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á uno de los citados corrillos- -todo lo que queríamos saber. -i Cuéntanos, cuéntanos! -repitió casi á coro toda la mujeril turba, alargando los apergaminados cuellos y aguzando los oídos. dispuesta á no perder sílaba. -Pues escuchad... Se llama D. Lesmes. Jesús, qué nombre más feo! -argüyó una comadre. -Pues más feo es él que su nombre, y además de feo es viejo: cincuenta años dice que tiene, y embustero debe ser como un gitano, que ciento presumo j o que ha de tener si le comparo con mi Andrés, que cumplió sesenta para la Candelaria. Está mi buen D. Lesmes arrugado como una pasa; tiene una tosecilla que, ¡Jesús! pena da oirle; parece hecho de alfeñique y su cabeza semeja una calabaza; ni un pelo tiene. A punzón le hicieron los ojillos negros que luce tras de unas antiparras de oro que con lo que valen buenas fanegas de trigo podríamos comprar. ¿Y á qué viene á este pueblo ese vejete? -Paciencia, hijas, que todo se dirá... ¿Visteis los cajones tan grandes que subieron los mulos ayer tarde... ¡Pues llenicos de libros están... ¡Lo que ese hombre debe saber si se ha metido toda esa retahila de letras en la cabeza... Y trae también como dos cañones, el uno grande y dorado, que de oro parece y que puede que sea de oro, aunque el taimado viejo dice que no... ¡como si aquí fuéramos ladrones... y el otro más chiquito, que brilla también como el cáliz del señor cura... ¿Pero son cañones? ¡Quia, boba! ¡Son catalejos: con el grande dice que se ve la luna, que parece casi que se toca con las manos, y con el chico que se ven las pulgas del tamaño de un buey. Brujo debe ser ese hombre... ¿Has visto si trae un gorro negro y puntiagudo de forma de cucurucho, una túnica negra salpicada de estrellas y una varita mágica? Así dicen que visten los magos... -Tanto no vi, pero oí que en el bolsillo le sonaban los duros; algunos á mi faltriquera vinieron á dar, á buena cuenta del trabajo de mi chico, de mi Blas, á quien como criado toma, y todo el pueblo hemos de bailarle el agua al buen señor, aunque brujo sea, que dice va á hacer una torre para mirar desde allí las estrellas, con lo que nada nos quita y mucho puede darnos, pagando el trabajo de nuestros hombres, que acarreen piedras, lleven agua, amasen, el yeso y hagan la torre, que así sea más alta que la de Babel... Y no sé más, hijas, no sé más, que si más supiera, más os diría... Las gallinas iban en busca de su corral; las vacas, con perezoso paso, retornaban de los verdes prados recibiendo de vez en cuando una pedrada de los chicos que, íí cantazos, las guiaban, y las viejas comadres deshicieron los corrillos, satisfecha su curiosidad, para encerrar el ganado, preparar la torta de maíz y asar las castañas, manjares ambos que habían de constituir la frugal cena con que los montañeses repondrían las fuerzas gastadas al verter su sudor en los terrosos surcos donde las alondras saltan. ...Y e; lIo fué que todo sucedió tal como la vieja había dicho; que en un santiamén, merced á las monedas que D. Lesmes distribuyó á manos llenas, fué construido tm observatorio, no tan alto como la avaricia de la vieja suponía, instalándose en el piso principal un telescopio y habilitándose la planta baja del nuevo edificio para biblioteca y laboratorio, en el que se veían redomas, alambiques, crisoles y frascos, amén de aquel microscopio que fué comparado por la charlatana vieja con un diminuto cañón de oro puroBlas, muchacho de ojos vivarachos y avispado entendimiento, bien pronto se familiarizó con aquellos objetos, para él desconocidos hasta entonces, y con mimosa mano, armada de una gamuza, se complacía en limpiar aquellos tornillos tan majos de los catalejos y la dorada superficie de éstos. En un periquete traía agua de diversos sitios para que sus gotas fueran á posarse frente al objetivo del microscopio ó buscaba diatomeas... Una vez, una tan sola le dijo D. Lesmes yendo con él por el campo lo que eran las tales diatomeas y no necesitó decírselo más, y aunque Blas sabía leer medianamente, bien pronto supo donde cada libro estaba colocado, y apenas el viejo brujo, encaramado en lo alto del observatorio, movía los labios para pedir uno de aquellos libros, Blas liajaba las escaleras de dos en dos y tornaba á subirlas de tres en tres con el apetecido libróte. D. Lesmes estaba encantado con Blas, al que un día permitió mirar por los oculares del telescopio! del microscopio. ¡En el nombre del Padre... ¿Cómo podía ser aquello? ¡Qué grande era la luna! ¿Y qué demonios de bichos eran los que se veían en la gota de agua transparente y cristalina que él había dejado aer frente al objetivo del microscopio? ¿Si tendrían razón los que en el pueblo decían que don Lesrnes era brujo? -Vamos, Blas, di: ¿qué te parecen estas maravillas? Blas no dijo nada; pero en sus ojos se adivinaban sus deseos, su ansia de saber; de saber todo lo que aquel viejo sabía, y si era posible más, mucho más, y aquella noche no durmió apenas el rapaz dando vueltas sin cesar sobre su duro lecho de hojas de maíz, preguntándose sin cesar y sin atinar con la respuesta por qué el agua cristalina del barranco que él había cogido estaba llena de bichos que parecían renacuajos... ¡Santo Dios, y sólo en una gota los que había... ¡Los culebrones que él se habría tragado cuando se echaba de bruces á beber cuanto le venía en gana... ¡Por algo le decía D. Lesmes que no bebiera más que de la fuente de la Dicha, de la que bebía el viejo... ¡Claro, esa no tendría los inmundos bichcjos que tanto asco le habían dado y de tal modo habían despertado su curiosidad! Y el caso era que Blas recordaba perfectamente haberle oído decir á D. Lesmes: De la fuente de le Dicha tráeme agua para beber, pero jamás, ojéelo bien, jamás me traigas una gota para examinarla con el microscopio... ¿Y cómo diablos sabía entonces aquel hombre si el agua de tal fuente tenía ó no bichos... ¡Bah, por algo lo sabría... Y pensando en que se había tragado un diluvio de sapos que le comían las entrañas, Blas se quedó un momento dormido. ri: