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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO rector del Jurado de Chartres y se prepara á hacernos trizas, al menos, según él dice. Bautista dio un paso atrás, abriendo desmesuradamente los ojos. -i Director del Jurado! Entonces, toda la fuerza armada del departamento está á sus órdenes. El Guapo Francisco hizo un gesto de indiferencia. ¿Y decís que tiene sospechas? -preguntó el cirujano con terror creciente. -Las tenía, pero yo supe disfrazar el asunto de la barca de Grandmaison de una manera muy favorable, y, que me creas ó no, Bautista, en este momento la vieja loca de la marquesa, la linda ciudadanita y hasta el adusto magistrado me consideran como su libertador y estamos todos á partir un piñón. ¡He aquí lo que vale tener lengua y saber servirse de ella! El cirujano no parecía participar de esta seguridad. -No importa, Meg, y no os enfadéis si os digo que hacéis un juego peligroso... El abogado- no carece de sagacidad, y la menor circunstancia, una palabra, un gesto, pueden perderos. El riesgo es inminente y yo os suplico que no os expongáis á él. -i Buena es esa! i Precisamente yo gozo en el peligro! -repuso el Guapo Francisco con rudeza. ¿Soy yo acaso algún gallina como la mayor parte de vosotros? Además, tú bien sabes, Bautista, que en este negocio sólo reclamo lo que me pertenece. Después de estar un rato pensativo, fija en el suelo la mirada, exclamó con energía levantando la cabeza: ¡Vamos, estoy resuelto! Emplearé primero los medios suaves, la astucia, la destreza, la persuasión. Si así no triunfo ó si las cosas van muy despacio, ¡voto á bríos! entonces pondremos fuego á la mina. Ya sabes que después de tomar un partido, no retrocedo jamás... A decir verdad, en este negocio lo único que temo es la traición; pero tú solo, Bautista, conoces mi secreto y estoy seguro de ti, en primer lugar porque no eres bruto, como la mayor parte de los otros, y tienes bastante juicio para comprender tus verdaderos intereses, y en segundo, porque nada ganarías con venderme. ¿Dónde hallarías el descanso y el bienestar que tienes entre nosotros? Tú eres tan cobarde como sabio, y he ahí por qué pongo en ti toda mi confianza. Bajo la aparente brutalidad de tal lenguaje deslizaba el Guapo Francisco los elogios que sabía eran más á propósito para lisonjear á Bautista el Cirujano; así es que éste no se dio por ofendido y contestó: -Bien merezco esa confianza, Meg. A vos debo poder ejercer la medicina, mi arte predilecto, que los ignorantes doctores de las ciudades me habían prohibido practicar porque no había obtenido mis grados en una Uiversidad... ¡Orgullosos... -Basta- -interrumpió secamente el Meg, creyendo sin duda haber ya lisonjeado bastante la manía de su subalterno. -Es preciso que yo vuelya á la ciudad. Tú irás en seguida á llevar los caballos y después á reunirte conmigo en casa del franco de Chartres. Púsose en pie y el Cirujano, sumiso como siempre, montó á caballo. -Y decid, M e g- -preguntó disponiéndose á partir; -puesto que no renunciáis á ese negocio de San Mauricio, ¿qué papel me encomendáis para en adelante? -Ya lo pensaré; pero no debes dejarte ver ni de las señoras ni del primo Daniel, porque si quieres que te diga la verdad, mi pobre Bautista, has estado á pique de ser reconocido hace poco. ¡Reconocido! ¿Y por quién? -Por el abogado, el juez... Te miraba de un modo... Pero oye- -añadió en tono ligero, -si tanto deseas serme útil, pruébame tus grandes conocimientos en medicina preparando u n a pildora para impedir que aquel maldito perro se muestre tan huraño; ya sé, que tú haces esas preparaciones á pedir de boca. Adiós. Y se metió por un estrecho sendero abierto á través del viñedo. Bautista, entretanto, tomaba otro camino con los caballos. El Guapo Francisco, libre de su compañero, llegó en breve á Chartres, entrando en la ciudad por la puerta Drouaire. No tardó en internarse en aquel laberinto de calles estrechas, fétidas é intransitables que la municipalidad moderna no ha hecho desaparecer aún de los barrios bajos de Chartres. De cuando en cuando volvía la cabeza para asegurarse de que nadie le observaba ó seguía. Tranquilo por este lado, el Guapo Francisco llegó á una callejuela húmeda y sombría, cnvas casas mal alineadas, negras y vacilantes, amenazaban desplomarse á la hora me: os pensada. Hacia el centro de aquella callejuela, y en una casa todavía más triste y decrépita que las demás, oscilaba al viento una vieja muestra de hoja de lata, en la que se leía con dificultad: DOUBLET, FONDISTA y POSADERO. Después de observar ciertas señales á través de los vidrios de la portada, abrió la puerta, á la que estaba sujeta una campanilla chillona, y entró en una pieza ahumada, medio cocina, medio comedor, como suelen verse en los figones más asquerosos. Un hombrecillo de rostro solapado, con delantal blanco y gorro de algodón, dejó sus fogones al oír la campanilla y calió al encuentro del recién llegado. Cambió con éste una seña misteriosa, é indicando furtivamente con el dedo algunos parroquianos diseminados por la sala, dijo en alta voz: -Por aquí, ciudadano; se os servirá en seguida en el gabinete que habéis mandado reservar. Atravesaron un patio ruinoso y empezaron á bajar una escalera de piedra que parecía conducir á una bodega. Doublet ó el franco de Chartres, como se llamaba al posadero, cogió de la mano al jefe para guiarle en la obscuridad, y prosiguió en t o n o jovial: Los muchachos están alegres porque han hecho pesca la noche pasada, pero os aguardan para sortear las particiones... Mientras estáis ausentei Continuará.