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TiiiM 1 mni- n- Bii- íf r- i n i- -r r- -TIÍ- -i T i i -i r i- i H mj i ii i i i r W FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO II. de Grandmaison, cuando el cabo Vasseur os conducía á Chartres para entregaros al Tribunal revolucionario? ¿Fuisteis, acaso, vos? -preguntó Ladrange. ¿Y quién, si no, se hubiera atrevido á arriesgar su vida por salvaros? Sabed, primo Daniel, que yo no había olvidado el servicio recibido cuando me encontrasteis herido y medio muerto á la orilla del camino de Breuil. Necesitábase la audacia extraordinaria del Guapo Francisco para evocar tan peligrosos recuerdos pero tal vez ignoraba hasta qué punto estaban sus oyentes instruidos de los acontecimientos á q u e se refería, ó acaso pensaba que habrían olvidado sus detalles después de cuatro años. Sólo comprendió su falta cuando Daniel le preguntó, mirándole con fijeza: -Y esas gentes de que entonces os valisteis, ¿qué eran? ¿Qué habían de ser? Desgraciados proscriptos, aristócratas perseguidos; enfin, chuanes, porque ahora ya puede confesarse; eran chuanes, en efecto. Al saber que se trataba de salvar de la muerte á blancos, como ellos, partidarios de la buena causa, se dieron tal maña y trabajaron con tanto empeño, que se hicieron dignos de la gratitud de todos nosotros. -Pero vos, ¿vos dónde estabais mientras nosotros nos hallábamos á merced de v u e s t r o s agentes? -i Buena pregunta! Yo entretenía al cabo Vasseur, y por cierto que la cosa ofrecía algún riesgo. -Es decir, que vos erais el jefe á quien varias veces se aludió en nuestra presencia y al que se daba un título para nosotros ininteligible. ¿Y sin duda erais también el marido de aquella mujer colérica que osó hablar á la señorita de Mereville en los términos más injuriosos? El Guapo Francisco tuvo necesidad de todo el poder que ejercía sobre sí mismo para permanecer impasible. No obstante, respondió con su aplomo ordinario: -No sé lo que queréis decir; no he tenido intervención en los asuntos de aquellos chuanes, á quienes apenas conocía y siquiera comprendía el lenguaje que entre ellos hablaban. Por último, ni yo era el jefe de la expedición ni he sido casado nunca. -i Buena es esa! -exclamó Daniel. -Pues qué, ¿no me dijisteis vos mismo el día en que os reco y llevé en mi caballo á la granja del Breuil, que erais casado y padre de familia? Francisco Gauthier soltó una carcajada. -Ladrange- -dijo la joven en tono amistoso, -funestas prevenciones os ciegan en este momento; pero sois demasiado justo y leal para persistir en ellas á poco que reflexionéis. Nuestro libertador tiene derecho á mayor agradecimiento de parte nuestra, y segura estoy de que pronto os arrepentiréis de vuestras sospechas. Daniel se levantó precipitadamente. ¡Basta! -dijo con voz ahogada y lágrimas en Ips OJOS. -No quiero turbar con mis insensatas dudas la buena armonía que aquí reina, y me retiro... ¡Ojalá pueda el señor Francisco Gauthier hacerse digno por completo de la estimación y afecto á que aspira! Por mi parte, no le serviré de obstáculo. Saludó y se dispuso á salir. ¡Daniel! -exclamó la señorita de Mereville. ¡Sobrino mío, escuchad! -dijo la marquesa. Pero ya el Guapo Francisco, que comprendía el peligro de dejar salir al joven magistrado en disposiciones tan hostiles, se había adelantado hacia él, reteniéndole por el brazo. -Primo Daniel- -dijo con acento de ruda cordialidad, que contrastaba con sus maneras melindrosas de antes; no podemos separarnos así... No quiero traer con mi primera visita la perturbación al seno de mi nueva familia... Mirad, si hasta aquí he hecho el señor y el petimetre, sólo ha sido para divertir á esta linda señorita, nuestra prima; pero prefiero recobrar mis modales ordinarios, volver á ser el hombre franco y sencillo que va recto por su camino. Primo Daniel, empiezo á adivinar dónde aprieta el zapato, como suele decirse pero no temáis nada de mí, que no quiero molestar á nadie. Nos explicaremos los dos como hombres honrados y veréis que no soy intransigente pero entre tanto, no me juzguéis mal y esperad, al menos, á ver mis acciones... ¿Es cosa convenida? ¿Me lo prometéis? Y tendía al mismo tiempo- su mano abierta. Este lenguaje no podía menos de ser comprendido, y Daniel, bajo la impresión de! momento, olvidó sus sospechas. Dejó, pues, caer su miaño en la que se le alargaba, y dijo haciendo un esfuerzo: -Tal vez he obrado mal, señor Gauthier, y os pido perdón, deseando sinceramente que nuestras relaciones sean en lo sucesivo más afectuosas, más amigables, tales, enfin, como lo exige nuestro estrecho parentesco. Verificada esta reconciliación á contento de todos, volvieron á sentarse, y la conversación giró sobre otros asuntos. Francisco había renunciado por completo a su papel de increíble, y afectaba, por el contrario, una ruda franqueza y aun cierta grosería, que no dejaban por eso de ocultar una habilidad consumada. Dejándose 5 a de vagas protestas, manifestó formalmente sus buenas intenciones respecto á la familia. Se procuraría arreglarlo todo, áfinde que el legado de ro. ooo escí dos, hecho á Daniel por el viejo Ladrange, se pagase lo más pronto posible; las señoras de Mereville tendrían un rango más digno de su nombre y de su condición; se volvería á adquirir el castillo y se satisfarían todas las necesidades d e l m o mentó. Sin embargo, al enumerar tan halagüeños proyectos, Francisco ponía especial cuidado en no hacer ninguna alusión á las condiciones impuestas por el testamento de su padre á María de Mereville. Con una delicadeza calculada, dejaba adivinar que su prima sería absolutamente libre en su elección y que no consideraría la repulsa de María como un obstáculo á sus beneficios. Así es que las señoras parecieron encantadas de tan generosos sentimientos y el mismo Daniel empezaba á echarse en cara sus desconfianzas hacia su pariente.