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EL M A E S T R O CIRUELA CONCLUSIÓN De cuál... -I) e A lanolito; el que estudia en su escuela. ¡Ali, sí... Pues usted dirá... -Yo lio uiero que mi chico se esté toda su vida encerrado en este ueblo, y he ensad enviarle á Madrid á casa de sus tíos, ara que estudie tma carrera. ¿C ué le parece á usted... -H o m b r e yo creo que en estos casos se debe hablar con absoluta franc ueza. sublime que no has visto nunca. Desde allí jniedes contemjilar el hermoso cuadro que forman el cercano ueblo con sus casitas blancas, la carretera con sus coijudos árboles, las huertas con sus plantaciones, las- eras con sus es iigas de oro y el río con sus aguas de cristal... E l jilguero ace itó, y juntas las dos aves tendieron su vuelo por el espacio. P e r o al poco tiempo, el pajarillo emi: ezó á fatigarse porque no estaba acostumbrado á elevarse tanto. Los rayos de sol abrasaban sus plumas y cayó, aplastándose su rizosa cabeza al chocar contra la t i e r r a ¿Y eso qué relación tiene con lo de mi hijo? -P u e s la moraleja de mi fábula es muy sencilla. No debemos, sin tener, fuerzas suficientes, pretender ocupar puestos altos, porque corremos el peligro de caer y matarnos. Estudien los que oseen las dotes necesarias para que el estudio les produzca fruto, y, créame usted á mí, desista de lo que se Dropone y no se exponga á que le ocurra á su hijo lo que al jilguerillo del cuento. TOSE RAMOS MARTIN. C U E N T O S DE A N I M A L E a LA ZORRA Y LAS PULGAS -Desde luego... -P u e s bien; á mí me parece C! ue Alanolito no debe dedicarse al estudio. ¿P o r qué... -Su inteligencia no se enctientra con fuerzas para acometer esa empresa y fracasaría seguramente. Y o creo que obligándole á estudiar... animándole con la promesa de premios... conseguiríamos... -P u e s t o que está usted tan entusiasmado con que su hijo haga lo cjue á mi parecer no puede, escuche esta fabulilla y aplíciuese el cuento. P u e s señor; á un jilguerillo que tenía su nido en la rama de un frondoso árbol, que bebía en las cristalinas aguas de tm arroyo y comía los granos caídos en los surcos de la tierra, se apareció cierta mañana un águila caudal, que le dijo: -Si conmigo quisieras subir á la cima del monte en que vivo, te enseñaría un espectáculo Pues señor... Esta era tina zorra ue en su larga vida anduvo por los corrales haciendo mil picardías; ero que al llegar á vieja, como estalla menos lista y la asustaba meterse en empresas atrevidas, la entró el arrepentimiento, y á todo el mundo decía (jue era un pecado tremendo andar matando gallinas. -Claro es que una siente el hambre, y claro que necesita agenciarse el alimento, Ijues sin comer no hay quien viva. Pero para encontrar una que comer, no necesita vivir del asesinato de polluelos y gallinas, y, además, como me faltan dientes en estas encías, no he de comer más que huevos) o que me reste de vida. Desde que formó el propósito todas las noches se iba por las cuadras de los pueblos, y entre la paja escondida esperaba allí el momento que las gallinas ponían, y en cuanto cacareaban las gallinas y se iban, salía muj despacito y los huevos se comía. Lo malo era que en las horas 3 4 5 G 7 8-