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tica cuanto más sencilla y sincera. Hemos nasido el uno para el otro. Mi alma es tulla y nadie podrá arevatártcla. Qué sientes cuando el destino nos separa? ¡Qué cerca estuvieron anoche nuestros corasones... Y no era verdad, porque entre ambos se colocaron los cincuenta y tantos años de la madre de ella, que, como siempre, presidió nuestra entrevista... Huí, finalmente, despavorido, cuando leí en su postrera misiva: ¿Verdad que nos amaremo asta en la tunva, ¡Qué horror... 1 Si la tumba es de suyo desagradable, ¿no ha de ser mucho más triste y más incómoda con dos faltas de ortografía... Conocí en la oficina donde, pasé mis años regularmente verdes á un ordenanza que había sido criado de cierto orador político. Era algo tímido en el cumplimiento de su nueva misión, á causa de encontrarla penosa, según luego supimos, y eso que se pasaba leyendo la Prensa casi todo el tiempo de servicio. El caso es que soliviantó á sus dos compañeros, presidiéndolos ante el director para pedir dos pesetas más de sueldo, dos horas menos de trabajo y un día libre de cada tres de la semana... Asombrado el jefe de tan inaudita pretensión, escuchó como defensa un discurso del ordenanza en el que relucían estas palabras: Y el derecho de petición... Fué despedido... ¡Un intoxicado por la oratoria política... Recuerden otros los casos corrientes de esa intoxicación que se presentan en los cafes, teatros, círculos y demás centros de producción y consumo ideológico, vamos al decir. Por ahí anda un manco que es amigo mío- -lo cual es perfectamente compatible, -víctin a de una intoxicación científica... Después de estudiar concienzudamente el problema de la aviación y de trazar en un papel esas letras con comas y comillas que aterran á los profanos, creyóse autorizado para volar por su cuenta. Y se lanzó á los espacios en una esijecie de aparato construido con varias cajas de Champagne, unas ruedas dentadas y un amplio c uitasol. Perdió un brazo, además de los dientes, lo mismo que las ruedas, comprobando en el suelo que los quitasoles no pueden tener más uso que ef indicado. ¿Quién no ha conocido un caso de into. xicación literaria, particularmente dramática? Todo hombre tiene un drama, que muchos expulsan y á otros les envenena... Carrera y posición abandonó una de estas víctimas, viniendo á Madrid, donde al cabo de muchos años murió en la miseria, no sin haber conseguido estrenar, i por fin! su lastimoso engendro, que fué naturalmente protestado... ¡Cuántos como él se suicidan en la flor ó en el fruto de la vida, y aumentan la amargura de sus horas al creerse perseguidos injustamente! Estas, las literarias, son las más comunes é inevitables intoxicaciones... El veneno de las letras, como el arsénico, tonifica á quien lo necesita si lo toma en las dosis convenientes... Pero. ¡ay de quien no lo precise ú olvide las indicaciones faci. ilt? tivas I Y más. aim f ue las letras mismas, lo que envenena es su leyenda... Sus víctimas no se ven jamás curadas del todo, aun cuando tengan la fortuna de vencer el agudo periodo, del envenenamiento. Conozco á un tendero de ultramarinos, mi antiguo compañero de estudios, que todavía conserva esos gérmenes pató. geiios, si bien un poco atenuados... Jin nuestros tiempos, el hombre se creyó un genio con todas sus consecuencias, que eran bien lamentables. Vivía una pseudo- bohemia que juzgaba necesaria para su historia, abandonando el amplio cocido paternal y su mullido lecho por las judías de cualquier taberna y el mísero catre de una casa de dormir. Y á veces ni comía ni dormía hasta que su buen- padre le reintegraba al domicilio... Pero logró vencer el ataque, púsose al frente de las tiendas heredadas y rompió sus manuscritos... ¡Le creí salvado... No, no lo está el pobre. Ayer mismo me ha escrito comunicánáome en prosa sus proyectos literarios, y en verso la- situación de su espíritu. He aquí algo de lo que me dice: Tú cultivando la ciencia y yo vendiendo garbanzos, sacamos en consecuencia que una escala tiene anzos... ¡Oh signos de la experiencia! Le he respondido que no aba. ndone sus tiendas de ningún modo, y que, si le es indispensable versificar, dépota. sa á sus versos, como hará seguramente con los garbanzos para que resulten suaves. ANTOXIO P A L O M E R O Dibujos de Medina Vera uULUtl O