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LOS INTOXICADOS todas las ideas examinadas serían viles íalsificaciones, y, las pocas originales, de tan remota fecha uc por su misma antigüeda d podrían rechazarse como nocivas sin el menor cscrúi ulo. Estas, sin em argo, no son tan peligrosas, pues todo el que se envenena con una idea original halla en la contraria el oportuno contraveneno. El peligro está en las otras; en las eternamente falsificadas; en las que podríamos llamar ideas comunales por su. identidad con los pastos de general aprovechaniiento... Presentadas con más ó menos brillantez, en mejor ó peor forma, pero siempre con el envase de los lugares comunes, se toman iiisensiblemente, se asimilan con facilidad y producen la intoxicación inmediata, cuyo único antídoto es la realidad, bien suministrado para que no resulte también venenoso. ¡Y qué pocos se libran de estos males, que atacan antes que á nadie á los intermediarios, convirtiéndolos también en productores... Yo soy uno de eses intoxicados, naturalmente; pero no tanto como otros muchos, cuyo. recuerdo me permite creer en la levedad de mi intoxicación. Tuve una novia, gravemente intoxicada por la lectura de las ínfimas novelas nacionales y extranjeras, que no llegó á contagiarme por ser demasiado burdas las toxinas. Eres tan descreído en amor- -decíame al notar la frialdad que me producía su fuego traducido- -como aquel solitario del monte, del vizconde d Arlincourt... Y otra vez: Yo soy i. gual que la Esperanza, de Ortega y T rías... No recuerdo la obra de referencia, porque jamás miré con atención esos fraseos... i Qué mujer... Me escribió con frecuencia, injustificada ptiesto que nos veíamos á diario, y nunca faltaban en sus cartas las frases noveleGcas que, por fortuna, no se encuentran en la vida, tanto más poé- QiEMPRE que dan cuenta los periódicos de las intoxicaciones producidas por al a; unos alimentos averiados, me intoxico yo también con la tristeza que se desprende del comentario. r o me entristezco precisamente al pensar en semejante subversión de los principios alimenticios y comerciales, ni en la afinidad que entonces se descubre fentrc una tienda de comestibles y una funeraria... Ni tampoco se me enturbia la aleo- ría porque o iipruebe esta errata en la máxima evangélica intoxicaos los unos á los otros... No. Mi tristeza se incuba al considerar la serie inconmensurable de alimentos en malas condiciones que se expenden por todas partes para intoxicar el espíritu, y son, por ese, más terribles y lamentables. Hay, en efecto, un ejército de comerciantes políticos, científicos, artísticos y literarios que nos venden sus g éneros, á veces á sabiendas de que están echados á perder, y otras veces creyendo que son óptimos y de calidad inmejorable. Y más afortunados que los otros hijos de Mercurio, g ozan de una perfecta impunidad en el ejercici de su nociva industria. Mientras sus hermanos sufren las consecuencias de sus descuidos ó de su mala fe, bien que en la modesta medida señalada por las Ordenanzas municipales, siguen ellos tranquilan: ente en sus tiendas despachando los artículos que tantas víctimas producen. Yo bien sé que la bacteriología espiritual no está lo bastante adelantada para evitar esos peligros, y sé también que hoy es inuy difícil, si no imposiJ) le, combatirlos... Pero, así y todo, no creo muy exagerado pedir la creación de un f aboratorio ideológico, donde todas las ideas sufrieran su corresi) ondiente análisis, que permitiría después el decomiso de las averiadas y la libre circulación de las que pueden ingerirse. ¡Trabajosa misióii... Porque, seguramente, casi