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Las mejillas lívidas tenían un cerco d e l) arba ahorciuillada, ondulosa. Los labios cárdenos descubrían una dentadura perfeetísima. E r a la cabeza de un hombre como de treinta años, y la muerte la embellecía con sti romántico sello. Inés se volvió hacia las criaturas. o le deis más tormento, harto ha s u f r i d o suplicó. -i P o r el amor de Dios y por su santa IMadre, citie no ofendáis más á esa pobre cabeza! Gilico, Gonzalico, Maricuela, dejadla... T os niños, entre confusos y rebeldes, resistían. Inés apretó más. -Miradle. Parece la cara de Nuestro Señor Jesucristo... Ea, Gil, tú que eres mayor, hazlo como bueno... Espérame y trae el azadón, que vamos á darle sepultura... Corrió la doncella á su aposento y sacó del arca tinos ricos lienzos con randas sutiles; además trajo el lavamanos, donde vertió agua de olor y vino blanco, á partes iguales. Piadosamente tomó entre sus blancas manos la cabeza muerta y lavó despacio el polvo y los cuajarones, peinando los, rizos de obscura seda, que se extendieron como trágica aureola alrededor del bello semblante lívido. Se vieron las orejas delicadas, de las cuales colgaban dos aretes de o r o Inés permaneció largo rato mirando la testa, grabándola en su memoria, en su retina, en su imaginación, mientras lágrimas lentas corrían por sus mejillas, casi tan descoloridas como la cabeza cortada. Al fin, con dulce gesto, la envolvió en el paño delgado y puro, mientras Gilico, c ue había traído el azadón, decía: ¡Loca se ha vuelto la hermana I n é s! L a sabanilla rica le pone al p e r r o Encima de la sábana, Inés resguardó todavía el precioso despojo con un trozo de brocado, y tomando el envoltorio, como se toma el cuerpo de un niño para no hacerle mal, se dirigió á este ángulo... ¿Aquí? -pregunté involuntariamente. -Aquí mismo- -repitió Herrera. -Gilico, á ttna orden imperiosa de su hermana, cavó la fosa, honda, ancha, y la misma Inés depositó en ella el despojo. Apenas acababa de hacerlo, oyéronse furiosos ladridos; los mastines que guardaban el htierto y volvían con las cabras, habían venteado la cabeza cortada. EJlos solían encargarse de las otras c ue traía el cabalgador, cuando los niños se cansaban del juego. Inés se volvió, terrible. ¡Gilico, por tu vida, encierra esos canes! ¡Enciérralos, Gil, ó los mato! El niño cumplió la orden, y la hermana fué echando tierra, amorosamente, como quien teme lastimar. Con las manos la extendió, por que el hierro de la azada no hiriese al enterrado. Sus lágrimas volvían á fluir, cayendo sobre el removido terrón. Así que rellenó el hueco, rebuscó por todo el huerto las matas de clavellinas y juntas las plantó aquí... ¿Son éstas? -Estas son... De tiempo inmemorial, para adornar los altares, se viene por ellas á este huerto. Aun hoy me las piden á mí. Dicen que no hay otras ni tan rojas ni tan dobles. ¿Y cjué fué de Inés? -pregunté. -N o se sabe... Callamos un instante. Después, H e r r e r a se levantó, y asiendo una azada de dos que había arrimadas á! a tapia, v dándome la otra, dijo solemnemente -Ahora, vamos á encontrar la realidad de la leyenda. Comprendí. Cavamos en silencio, apartando el cepollón de las clavellinas para volver á colocarlo después. Ahondamos bastante. Dimos un grito. La calavera acababa de aparecer... L a cogió H e r r e r a y me señaló á la dentadura, intacta y perfeetísima... Y, al mismo tiempo, yo recogía un objeto semicircular, obscurecido por el tiempo y las humedades... E r a una de las argollitas de oro cjue adornaban las orejas de la cabeza cortada. L a leyenda resucitaba. U n estremecimiento nos sobrecogió. Tal vez fuese porcjue anochecía entr los esmaltes verdosos de un celaje metálico. LA CONDESA DE PARDO BAZAN. Dibujo de Méndez Bringa. 2 3 4 5 6 7 3-