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gos como el que más, si bien pobres. Después de írací para ellas despojos de los inncles, sartales la reconquista, los H e r r e r a s vegetaban en el ocio, de coral de las mujeres, hiladas de perlas barroy al cabo pasaron á Indias, donde se perdió su cas, diales rayados de oro, armas incrustadas- -el huella. Ignoro por qué mi amigo sostiene que botín. -Y los hijos esperaban impacientes, pores de esos 1 terreras, y la casa, do la cual hace si- que, a falta de ricjuezas, preseas y joyas, siempre traería el padre la cabeza del moro muerto, y juglos ni ¡ueda rastro, su solar. garían con cha á su sabor... De todos modos, I terrera el paisajista construyó al margen del huerto un sencillo edificio Hoy liorripila esto de dar por juguete á un niño cuadrado- -tiene el buen gusto de ser enemigo de mía cal) eza corlada- -advirtió el paisajista, -pero chalets y cottagcs, -al cual adosó una torrecilla entonces formaba parte de la dura educación C C mudejar, hecha con restos de otra auténtica. Ello un pueblo en perpetua lucha. No era objeto de tiene un aire muy toledano y un tanto artístico, y horror el despojo del enemigo. Mejor que el r. H e r r e r a vive allí dos ó tres meses ijrimaverales, dre trajese la testa del moro, que dejar la stiva para ludibrio... En aquellos tiempos, la infancia con un hortelano y una vieja criada. era viril. Entusiasta de los recuerdos de aquel pedazo de tierra, me ha referido mil veces (jue el huerto se Hacía algtjn tiemijo que el cabalgador no salín llamó siemi) re del Cabalgador lamentando no á jornada, cuando, una mañana, Inés, la hija masaber por qué... Y no UK- extrañó recibir mi día yor, una santita, al bajar al huerto, á cortar claun telegrama suyo: iVveriguada leyenda huerto, vellinas, vio abierta la puerta de la cuadra y vadeseo contártela cío el sitio del negro cal) allo de su padre. ComTomé el tren 3 acudí, j or (iue un ca riclio... es prendió entonces (ue éste había salido á caza, y, temblando, se acogió á su aposento otra vez, y enlo más sagrado! Despachamos ima ligera meriencendió dos cirios delante de una imagen de la da y salimos al Imerio. ííl artista me llevó hacia V irgen, negra y bizantina, que sonreía con sonel rincón donde florecían las clavellinas, y nos risa inocente. sentamos en un banco de piedra dorada y gastad a la hora de las revelaciones Iiabía llegado... La semana entera estuvo ausente el cabalgador. E r a una de esas tardes de luz rubia y como esNo era extraordinaria la tardanza, pero Inés remaltada de tonos rosados y ardientes, (jue sólo novaba los cirios y rezaba y hacía promesas á los existen en Toledo, 3 más irisados, en V enecia. santos. i fin, tm torbellino de polvo, en el horiI as clavellinas, al rayo solar ¡ne moría, eran gozonte, anunció el regreso del padre... tas vivas de fresca sangre. Cuando entró en el patio, vieron los hijos, ante todo, la caza, la cabeza... Ya no destilaba sangre, l l c r r e r a después de mirar alrededc r un moporque al trotar del corcel se había desangrado. mento, me dijo lentamente, saboreando el cuento El cabalgador la desató, dejando sueltos los larde otros d í a s gos cal) ellos por los ctialcs venia amarra- -N o sabes lo que 3 0 he revuelto i) ara averida, y la arrojó al niño de doce años, que la recoguar por qtié se llama este huerto el del Cabalgió dando un chillido de gozo. Grave y ufano, el g a d o r Ante todo, (pié era un cabalgador? guerrillero explicaba. Por lo visto, daban en C asiiila ese nombre á cier- -Esta vez- -dijo- -es moro de gran calidad y tos guerrilleros, ocasionales y libres, r. o afiliados valiente. iSien se defendía! p jco me degüella. á mesnada ni á i) endón, ue cuando les venía en Traigo su rico yatagán de piulo incrusiado de gana montaban á caballo y si- metían por tierra perlas y su vestimenta magnífica. La veréis, i) ero de moros, no á dar ba. talla alguna, sin. o sencillano para jugar. 1 le d -venderla al judío, iie la pamente á traerse, p; endienie del arzón de la silla, gará aína. Scdazaos con la cabeza del perro, y tú, una cabeza de moro. Conseguido este trofeo, volInés, dame que com. a, que estoy rendido. vían á su casa- -exce to los cpie no volvían. -Inés obedecií i. -Así ¡ue su padre quedó saGeneralmente, la atrevida empresa salía bien... ciado y se tendió á dormir, salió al huerto, donde El antepasado mío, el Herrera ue habitaba con sus hermanos habían puesto la cabeza sobre una SLÍ familia aquí, fué cabalgador famoso. En el inpiedra y la consideraban, entreteniéndose en titervalo de sus arriesgadas expediciones era un rarle, de vez en cuando, chinitas á la frente. La hidalgo labrador, que trabajaba rudamente para doncella c (mtemi) ló el trofeo. Siempre eran las sostener á sus hijos con la labranza. Cuatro tenia, cabezas cju. e traía su ¡vadre muy feas y negruzcas, ninguno en edad de acompañarle y, además, el ele abultados labios, tez morada y narices chatas. cabalgador iba mejor solo, porqr. e su salvaeiór. Lsta no. Era una faz semítica, de cabal hermosusstaba en el caballo p; u- a huir hifremente. Enra. Los largos bucles, tujndos por ia sangre y etre la familia del cabalgador había una mocita ga. los con el X) lvo, parecían finos y sedosos como diez 3- nueve años, dos varones de doce á ocho y pelo de hembra. Los ojos se cerraban misteriosauna i) eqiieñuela de seis. Y, aunque parezca extramente, y, sin embargo, se adivinaba entre los párño, el principal móvil de las salidas aventureras pados el vidrioso negror de las anchas pupilas. del cabalgador eran estas criaturas. Le gustaba