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FOLLETÍN DE BLANCO L a d r a n g e e d í ó á a n d a r precipitadamente hacia la c a s a pero preguntó con mal disimulado interés -i Y qué tal le han recibido las s e ñ o r a s Juanita? -B a h muy bien, señor Daniel; la señora le ha besado en ambas mejillas. -i Y María... -L a señorita no le ha. besado, es claro, pero se ríe como una descosida con las cosas que dice. Es tan gracioso! Daniel hizo un gesto de despecho, y sin ocuparse más de Juanita, entró en la casa. La reunión ocupaba una salita de la planta baja, cuyo. principal adorno consistía en una exquisita pulcritud. Delante de las ventanas caían, formando pliegues, unas cortinas de percal blanco que debilitaban la luz; de manera que á Daniel le costó al principio algún trabajo distinguir á su tía y á su prima, sentadas en un pequeño confidente forrado de tela de Persia, y á Francisco Gauthier recostado con gracia en un sillón enfrente áC ellas, con su sombrero bajo el brazo y su junquillo en la mano. L a conversación parecía bastante animada, y Daniel tuvo el disgusto de oir á su prima reír estrepitosamente de una tontería ó de un rasgo de ingenio de Francisco. Con esto se aumentó su ma! humor, á pesar de las demostraciones solícitas y respetuosas de que fué objeto por parte del visit a r t e quien se levantó con apresuramiento, hizo tpes ó cuatro cortesías consecutivas, y después se adelantó hacia L a d r a n g e con los brazos abiertos, y le dijo con cierta deferencia no exenta dt torpeza: -Buenos días, p r i m o porque somos primos, queramos ó no queramos, i Cuánto me alegro de veros, de conoeeros... Pues bien, ¡palabra de honor! puesto que somos parientes, seremos amigos, ¿no és as) ¿me penr. itís... E hizo ademán de abrazar á Daniel, que dio un paso atrás, saludando ceremoniosamente, y contestó con frialdad: -U n momento, caballero; acaso seamos parientes, en efecto, por más que esto n o sea cosa probada todavía... P e r o si no tenemos el derecho de elegir nuestros parientes, tenemos al menos la libertad de elegir nuestros amigos. Y se sentó. T a n hostil acogida excitó el descontento de las d a m a s la marquesa se mordió los labios, y i l a r í a demostró su desaprobación por medio de uiía graciosa mueca. Por lo que toca á Francisco, pareció haber sentido vivamente la injuria, inyectóselc el rostro de sangre, y de entre sus párpados medio cerrados brotó una centella amenazadora. íilas n o tardaron en desvanecerse aquellas señales de violenta cólera interior, y Francisco recobró suf. modales melindrosos, que contrastaban con su vigorosa organización. -Eso está muy bien dicho- -replicó sentándose también; -ya me habían advertido que el primo L a d r a n g e n o contraía amistades de buenas á prim e r a s Pero, ¡palabra de honor! yo sabré obligarle á que me quiera, y entretanto espero que n o me negará su estimación... -L a estimación es, en ciertos casos, tan difí- i.il como la amistad. E s t a vez m a d r e é hija perdieron la paciencia. -Daniel, Daniel, ¡eso no está b; en! -dijo M a ría con enojo, -y habría derecho f ara esperar de vos, ya que no más generosidad, al menos más moderación. -E l caballero Daniel atropella todas las consideraciones- -dijo la marquesa, -y no era eso lo que me había prometido. P e r o si su frialdad poco cortés respecto al hijo de su tío- -añadió- -proviene de dudas que haya podido concebir sobre la realidad de tan inmediato parentesco, estos documentos (y señalaba á unos papeles esparcidos sobre el velador) prueban de una manera incont estable los derechos del señor Francisco Gauthier á nuestra consideración y afecto. El joven magistrado comprendió que había ido demasiado lejos; así es que, rehusando los papeles que se le ofrecían, contestó en tono más afable -E s inútil, señora; os creo, ó mejor dicho, examinaré esos documentos en otra ocasión. Convengo en que tal vez el señor Francisco Gauthier debía esperar de mí otra acogida; pero de todos modos, no será culpa mía si dejo de concederle la estimación y la amistad que reclama cuándo nos hayamos conocido mejor. Esta especie de correctivo no satisfacía por completo á las d a m a s pero Francisco, que acaso tenía sus razones p a r a mostrarse aconiodaticio, aparentó quedar satisfecho. -i Perfectamente! -exclamó con su jovialidad ordinaria; -no me quejo de vuestra desconfianza, porque yo, en vuestro caso, tal vez obraría io mismo. Habéis sido hasta aquí el Benjamín de esta excelente señora marquesa, nuestra tía, que es una gran señora en toda la extensión de la pal a b r a el preferido de su encantadora hija, nuestra prima, que es un ángel del cielo, y he aquí que sale de la tierra, cuando menos se le espera, una especie de pariente que viene á reclamar un puesto en la intimidad de la familia. E s muy natural que digáis: ¡y a veremos, amiguito, ya verem o s! y á f e que tenéis razón... Mirad, señor Ladrange, yo n o soy tan estirado como vosotros los abogados; soy un hombre muy llano, que se aviene mejor á medir tela ó cinta qiie á zurcir bellas frases; pero soy buen compañero, me gusta, reír con los amigos, sé respetar al bello sexo, y malo será que no acabemos todos por entendernos y convenirnos mutuamente... Y luego, aunque mi educación no haya sido la más esmerada, no está uno del todo reñido con el trato social; hemos visitado París, hemos visto el gran mundo, hemos estudiado las maneras elegantes, aunque no lo parezca... Palabra de h o n o r! H e pasado lo menos tres meses en París en diferentes épocas. Esta sencillez divertía mucho á María, que de vez en cuando miraba de soslayo á Daniel, como para echarle en cara su severidad con aquel pobre muchacho, de una originalidad tan encantadora. L a marquesa misma se inchnó hacia el magistrado, y le dijo á media v o z Continuará.