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Daniel, preciso es decirlo, al devolver á María su palabra y relevarla de todo compromiso de gratitud, se creía seguro del cariño de su prima y contaba con que no sería aceptado su sacrificio; pero he aquí que María lo tomaba al pie de la letra y parecía fascinada, como su madre, por la perspectiva de los bienes de fortuna. Mientras estos pensamientos tumultuosos choj caban en su cerebro, se oyó llamar con estrépito á la verja exterior. Juanita se apresuró á abrir é introdujo en el jardín á un caballero elegantemente vestido, que había dejado su caballo en la vía pública al cuidado dé un lacayo, ó de un oficioso, como se decía entonces. Marchaba con desenvoltura jugueteando con Un junquillo que llevaba en la mano y revelando én todas sus maneras la seguridad de ser bien recibido. -El es- -pensó Daniel; -no puede ser otro más que él. Y á través del follaje de su escondite se puso á mirar ávidamente á su dichoso rival. Aquel examen fué más favorable al recién llegado de lo que hubiera querido Daniel. Por lo que podía juzgarse desde tal distancia, Francisco Gauthier era alto, bien formado, y su traje de increíble (que así se llamaba) hacía resaltar las bellas proporciones de su persona. Llevaba pantalón ceñido color de avellana y bota de montar; el frac, color de chocolate, con botones dorados y muy corto de talle, tenía dos interminables faldones que ondulaban á cada movimiento del cuerpo; un chaleco agamuzado, en cuya delantera ostentaba dos cadenas de reloj provistas de grandes dijes, oprimía su pecho vigoroso y bien modelado! Era clifícil entrever sus facciones, cuya parte inferior cubría una corbata formada de algunas varas de museHna, al paso que sus largos cabellos flotantes, cortados en forma de orejas de perro, y un gran sombrero clac guarnecido en los picos con borlas de seda colgantes, ocultaban la frente y las mejillas; pero lo poco que de su rostro se descubría era de una notable regularidad y revelaba una organización privilegiada. Por extraño que pueda parecer este atavío con relación á nuestros trajes actuales, el ojo de un contemporáneo no habría notado en él nada chocante, y es seguro que las modas de la presente época no parecerán menos ridiculas á nuestros descendientes. Ladrange no pudo menos de confesar para sus adentros que el hijo de su tío era verdaderamente un guapo mozo, y que, con sus agradables facciones, su desenvuelto continente y su traje al gusto del día, tenía más probabilidades de agradar á la generalidad de las mujeres que él con su sencillo vestido negro. Sin embargo, el corpulento perro de la portería no parecía dispuesto á participar de la admiración de Daniel. No bien el recién llegado puso el pie en el jardín, César corrió á él sacudiendo su collar de puntas de hierro, y empezó á ladrar de una manera desaforada. El increíble hablaba con Juanita, ocupada en volver á cerrar la verja, y no se alarmó por aquel ataque amenazador; pero cuando el perro, envalentonado con la impunidad, hacía ademán de arrojarse sobre él, exhibiendo sus formidables colmillos, el visitante se volvió de pronto, blandiendo su ligero junquillo y lanzándole una mirada tan terrible, que el animal se quedó inmóvil. A pesar de la distancia, Ladrange no pudo menos de notar aquella mirada fulmínea, semejante al destello de una espada desnuda expuesta á los rayos del sol. -El primito no parece muy cariñoso- -dijo con ironía; -pero no importa, no me dará miedo. Dicen que los perros tienen un instinto maravilloso para adivinar á primera vista los enemigos de sus amos; ¿tendrá César el presentimiento de. que ese hombre trae aquí la perturbación y la desgracia? Durante este monólogo, el perro, un momento intimidado, volvió á la carga, redoblando sus furiosos ladridos. Estrechado de cerca, el ciudadano Gauthier echó mano á sus bolsillos como si buscase un arma más formal que su varita; pero la sirviente, que había ya cerrado la verja, vino en su auxilio, y viendo que el terco alano no se daba prisa á obedecer á sus gritos, le aplicó rápidamente un puntapié, que permitió admirar los contornos de su robusta pierna. El pobre César se volvió á su garita con las orejas gachas, y el increíble, recobrando su aire risueño, siguió á Juanita, á quien parecía cumpHmentar por sus maneras expeditivas, y entraron ambos en la casa. Ladrange permaneció aún algunos instantes en el cenador, pero no tardó en apoderarse de él un gran desasosiego; los celos acababan de morderle en el corazón. Pensaba en Francisco, que se hallaba entonces al lado de su prima. ¿Qué la diría? ¿Cómo le habría ésta recibido? ¿Habría logrado sus designios la señora de Mereville? Recordando las recientes promesas de María, esperaba ver salir á su rival furioso de la casa; pero nada, ningún ruido de voces revelaba que en la habitación de las damas tuviese lugar alguna escena violenta. Semejante tranquihdad exasperaba á Daniel, que sentía impulsos de ceder su puesto y volverse á la ciudad, sin decir á nadie una palabra, creyendo que su alejamiento sería vina protesta á los ojos de la señora de Mereville y. un severo castigo para la ingrata María, que le olvidaba. Pero pronto cambiaba de parecer, aguijoneándole un vivo deseo de ver lo que pasaba, de presentarse repentinamente entre los interlocutores, aterrarles con su mirada y anonadarles con su desprecio. Sin embargo, no se resolvía á tomar un partido, contentándose con dar vueltas incesantes en la parte más solitaria del jardín, atormentado de crueles angustias. Por fin llamó su atención Juanita, que corría hacia él dando brincos. -Señor Daniel- -dijo, -hace gran rato que os esperan en la sala; ¿cómo no os habéis dado más prisa á conocer á ése señor, que es tan gracioso? i Qué gracioso es. Dios mío!