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FOLLETÍN D E BLANCO Y NEGRO deber sagrado para él... Yo os pregunto, sobrino mío: ¿Es esto razonable? ¿Es esto generoso? ¿Es esto justo siquiera? Ladrange no se atrevía á replicar. Su conciencia le reprochaba la apatía con que había procedido en sus indagaciones y los votos que había formado secretamente por el mal éxito de sus trabajos. La marquesa conoció su superioridad; pero demiasiado hábil para aprovecharse inmediatamente de ella, aguardó con paciencia una reacción que no podía tardar en presentarse en aquella alma ardiente y leal. La. reacción vino en efecto; Daniel, después de un momento de silencio, levantó la cabeza. -Convengo e n ello, señora; m e h e dejado arrastrar de un sentimiento que domina á todos los demás en mi corazón; he faltado á mis promesas; he sido injusto con ese pariente, cuya única falta, tal vez, es la de contrariar mis aspiraciones... Pues bien, tía mía, decidme de qué modo puedo reparar mi falta. ¡Muy bien! -contestó la señora de Mereville con una sonrisa de satisfacción; -reconozco á mi excelente y generoso Daniel. Me preguntáis qué debéis hacer, hijo mío; nada, sino dejar correr los sucesos y no influir ni en él ánimo de Francisco Gaüthier ni en el de María. Cuando nuestro joven pariente se presente aquí, os ruego que le recibáis siii acritud y sin cólera, con aprecio, si podéis, y cuando menos, con cortesía. Me parece que no os pido mucho. En lo concerniente á María, y cualesquiera que sean nuestros mutuos compromisos, consentid únicamente en no intentar apartarla del camino que quiera seguir. Por último, exijo de vos la más absoluta neutralidad en nuestros arreglos futuros; ¿me lo prometéis? ¡Pues bien, sí, tía mía! -exclamó Daniel con calor; -María debe ser libre en su elección, y si, cediendo á vuestros deseos, consiente en casarse con el hijo de mi tío, yo os juro que no tendrá que temer por mi parte ni una reconvención ni una queja. La señora de Mereville no podía disimular su alegría y, por la primera vez después de muchos años, abrazó á Daniel cariñosamente. -Sois un hombre honrado, sobrino mío, y cuento con vuestra palabra; tened confianza en mí. Los jóvenes carecen de la experiencia de la vida y necesitan dejarse guiar en muchos casos por las personas de más edad... Pero oigo á María que vuelve; dejadme con ella algunos instantes á fin de prepararla á recibir la visita de Francisco Gaüthier. Cuando Daniel se levantaba para salir, entraba María en el pabellón. Según las órdenes de su madre, se había compuesto algo, poniendo en orden sus hermosos cabellos rubios, naturalmente ensortijados, y reemplazando su traje de casa por un vestido de seda, modesto, pero de buen gusto, ¿pesar de las modas estrambóticas de la época. -Mi querida María- -la dijo Ladrange con cierta solemnidad; -vuestra madre tiene cosas importantes que comunicaros. Cualquiera que sea la resolución que toméis en vista de tales manifestaciones, consultad sólo el interés de vuestro corazón, obrad con entera independencia y no penséis en mí sino para recordar que me someteré ciegamente á vuestra voluntad. María le miró sorprendida. -Daniel- -balbució, ¿qué queréis decir? -Quiero decir tan sólo, mi querida María, que mi deseo más vehemente es el de veros feliz, y que si yo debiera ser un obstáculo á vuestra felicidad, preferiría mil veces dejar de existir... Pero la señora de Mereville os explicará lo que pueda pareceros obscuro en mis palabras; oid á vuestra madre y eíegid sin temor ni remordimientos el partido que juzguéis más prudente. Y acto continuo; como si hubiera sentido desfallecer su valor, salió precipitadamente, dejando á María, llena de asombro, con la marquesa. III EL P E T I M E T R E Daniel salió del pabellón y empezó á recorrer con paso agitado las calles del jardín, sin cuidarse de los vendimiadores, que proseguían su alegre faena bajo el emparrado. La entrevista con su tía había puesto en ebullición su pensamiento y sentía ardérsele la cabeza. Después de vagar algunos instantes sin rumbo fijo, fué á sentarse bajo el cenador de clemátidas, y bien pronto á aquella sobreexcitación febril sucedió un abatimiento que indicaba el principio de una reacción saludable. Pero un nuevo incidente vino á reavivar su agitación. Mientras permanecía oculto bajo la bóveda de verdura; cuyas floridas ramas caían hasta el suelo, Ladrange vio á su tía y á su prima salir del pabellón, bajar la escalera del terrado y encaminarse hacia la casa. Iban asidas del brazo y hablando en voz baja. La señora de Mereville dirigía, al parecer, eficaces exhortaciones á su hija, y no era difícil adivinar la tendencia de tan vivas instancias. Sin embargo, Daniel no advirtió en el rostro de su prima i aquella indignación, aquel desdén, aquella cólera I que él esperaba. La joven escuchaba atentamente, sonreía con su ordinaria jovialidad, y sus respuestas eran más bien observaciones picantes que negativas francas, secas, categóricas, con que contaba Daniel. Ambas pasaron muy cerca de éste, pero sin verle ni figurarse que pudiera estar todavía en el jar: din, y entraron en la habitación prosiguiendo su i amigable plática. Ladrange experimentó entonces u n arrebato I de ira. -i Era posible que María se prestase á las prosaicas combinaciones de la marquesa? ¿Olvidaría de repente un afecto tan antiguo, tan probado, para casarse con aquel obscuro mercader, de d udosos antecedentes, que venía á reclamjar su mano como el pago de una obligación vencida? Cómo! ¿María no había dejado estallar su cólera, no se había sublevado desde la primera frase contra la autoridad materna...