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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 2i. CONTINUACIÓN que se sospechase que quería especular con vuestro agradecimiento, por la necesidad que vos y mi prima pudierais aún tener de mí; temía imponeros una coacción que repugnaba á mi delicadeza. Pero hoy deben desaparecer estos escrúpulos y no me dejaré arrebatar mi felicidad sin protestar. Así, pues, yo demando la preferencia sobre ese hombre que, 5i n haber visto jamás á María, viene á reclamar su mano, armado de un testamento; so bre ese comerciante, que acaso sólo considera este matrimonio como un golpe de fortuna. Mis derechos son más antiguos, más sagrados que los suyos y, ya que es fuerza decirlo, están sancionados por María misma. Imposible sería describir la sucesión de encontrados sentimientos que reflejó durante algunos segundos la macilenta fisonomía de la marquesa; pero supo dominarse y exclamó con acento cariñoso: ¿Qué me decís, mi buen Daniel? Muy ajena estaba 3 0 de creer... Pero si tanto empeño ponéis en ser marido de mi hija, fuerza será renunciar á mis proyectos acerca de Francisco Gauthier. Os debemos tantos servicios, que toda consideración debe subordinarse á vuestro deseo tan terminantemente expresado. Ni María ni yo nos atreveríainos á faltar hasta ese punto á los deberes de k grr. titud. Daniel comprendió que había cierta ironía en e fondo de estas palabras afectuosas. -Tía mía; -exclamó con calor, ¿me suponéis capaz de abusar hasta ese extremo de nuestras situaciones recíprocas? ¡Me moriría de vergüenza si hubiera podido formar tan indignos cálculos! No quiero deber mi felicidad sino á la libre elección de mi prima, á vuestro libre consentimiento. De hoy más puedo aseguraros la tranquilidad, el bienestar, una posición honrosa, y por eso me he atrevido á exponer mis pretensiones; si os parecen injustas y mal fundadas, decídmelo con entera franqueza. -Siendo así, Daniel, me habéis de perdonar qv considere este matrimonio desde un punto de vist; diferente. Decís que contáis con el asentimientc de María, pero una muchacha se exalta con fací I i dad; ¿y sabéis acaso si ese agradecimiento, al cua nada queréis deber, no entra por mucho en su aquiescencia, y si, pasado el peligro, desvanecido, la exaltación, podrá arrepentirse un día de su pasajero entusiasmo? Además, ¿estáis bien segure de que vuestro nuevo puesto os coloca en situación de subvenir á las necésidádes de una familia? LOÍ funcionarios públicos están muy pobremente retribuidos y yó sé que habéis tomado á vuestro cargo la deuda considerable que nosotras hemos contraído con el ciudadano Leroux. Es de creer que no se os apremiará al reintegro de dichos anticipos, pero sois demasiado altivo para no descargaros de ese compromiso tan pronto como tengáis medios para ello. El legado de mi hermano se invertirá, en su mayor parte, en cubrir ésa atención; los gastos de vuestro establecimiento absorberán el resto, y entonces, ¿qué os quedará para ocurrir á las necesidades de una casa? Los precarios emolumentos de un destino que debéis á una revolución y que otra revolución puede quitaros. Y yo os pregunto: ¿es éste el brillante porvenir que hoá ofrecéis? A pesar del egoísmo de su tía, Daniel comprendía que ésta tenía razón y bajaba la cabeza en silencio. La señora de Mereville, alentada por el éxitOj prosiguió en el mismo tono amistoso: -Ahora dejadme, mi querido Daniel, mostraros el reverso de la medalla, y no os ofendáis dé mis palabras, porque, os lo repito, si lo exigís, sólo se hará lo que vos digáis. Quiero suponer que vos no os dejáis alucinar por un sentimiento dé exclusivismo; que mi hija se amolda sin resistencia á mis aspiraciones; que cada cual de Vosotros, en fin, imponiendo silencio á sus preferencias personales, no tiene más punto de vista que el interés de la familia. Ved, en tal caso, lo que puede suceder María se casará con el señor Francisco Gatithier, que la traerá, de la herencia de vuestro tío, una suma líquida de cien mil escudos, con la que será fácil pagar nuestras deudas. Mi agente me escribe que con menos de cincuenta mil libras j 30 drían rescatarse el castillo y las tierras de Mereville, que valen más de quinientas mil. De este modo, nuestra familia renacería de sus cenizas y recobraría su antigua opulencia. María, que tiene lín gran sentido, no obstante su aparente ligereza, se acostumbraría sin violencia á su nueva posición; y en cuanto á vos, Daniel, con vuestro talento, con vuestras cualidades de corazón y de carácter; no os costaría trabajo encontrar una joven rica, bieti considerada en el mundo, cuyos padres, capaces de secundar vuestras generosas ambiciones... ¡Jamás, jamás! -exclamó Daniel con impetuosidad; -mi ambición no tiene más norte que María... Por mucho que me hubiera elevado la suerte, no podría, en el caso de que habláis, perdonar á ese aventurero su insolente dicha. -i Daniel! -interrumpió la marquesa, -esa palabra es cruel. ¿Cómo vos, tan benévolo, podéis expresaros con tanta dureza respecto de ése pobre joven? ¿Es esto lo que debía esperar del jefe actual de nuestra familia, del pariente á quién su padre le había recomendado de una manera especial pocas horas antes de su muerte... Mirad, Daniel, perdonad mi franqueza, pero no habéis puesto demasiado celo en el cumplimiento de la misión que se os había encomendado; antes bien, habéis tomado tan serio comprorriiso con una negligencia culpable... Y ahora que el hijo de mi hermanó ha sido hallado sin vos, á pesar dé vOs tal vez, en lugar de acogerle con los brazos abiertos, como lo exigen los vínculos de consanguinidad, parecéis más bien dispuesto á recibirle como enemigo. Cuando llega presuroso á ejecutar la última voluntad de su padre, le vituperáis con acritud porque cumple un