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EL M A E S T R O CIRUELA C e llamaba Emilio Alonso, pero todos en el pueblo le conocían or el Maestro Ciruela, apodo que le pusieron sus discípulos. lira el jrrofesor de la única escuela c ¡ue existía en Vaidetrigos, humilde aldea castellana en la cual todos los habitantes se dedican á las labores agrícolas. Hacía ya muchos años que desempeñaba allí la honrosa profesión de enseñar al que no sabe y despertar en las tiernas inteligencias de los niños el piadoso ternor de Dios, c ue les pondrá luego un El número de sus discípulos era muy escaso. Seguramente no pasaban de diez ó doce los niños c uc concurrían á la escuela. Don Emilio se lamentaba del abandono de nuichos padres que dedicaban á sus liijos desde niños á cultivar la tierra, sin preocu arse de llevarles antes al colegio para que cultivasen la inteligencia. Cuando el Maestro Ciruela se lamentaba de esto, aconsejando al padre de algún muchacho que dejase á su hijo asistir á las clases, era contestado: -i P a r a qué le voy á hacer que se caliente los sesos estudiando... ¡Que trabaje, qtie aprenda á saberse ganar la vida en el campo y no necesitará m á s i Sin saber leer vivo yo tan ricamente... Don Emilio entonces callaba y sentía lástima y desprecio por su interlocutor. U n a tarde, el Maestro Ciruela recibió en su casa la visita de D. Luis, el alcalde del pueblo. -Vengo- -dijo el representante de la autoridad en Vaidetrigos- -á hablar con usted de uno de mis hijos. Coneluirá. FÁBULAS ESCOGIDAS LOS ALIADOS AMBICIOSOS Con el fin de realizar sus ambiciosos afanes, llegaron á un palomar, á un tiempo, dos gavilanes. Al mirarse, contrariados, temiendo la comijctencia, se sintieron enojados y armaron una pendencia, á la ue, cobaí- bien pronto pusieron fin conviniendo nnituaniente en reijartirse el botín. Unidos por la ambición, ya que no por la amistad, sin más ley ni más razón c ue su instinto y su maldr. d, relamiéndose de gusto en el palomar entraron... i y es de suponer el susto que á los palomos causaron! Todos, por salvar la vida, abandonaron el nido para buscar la saüda, menos uno que, escondido, decía ¡Tened paciencia y calmad vuestros afanes, porque tengo la creencia, de que esos dos gavilanes, esclavos de su ambición, que con nuestro daño gozan, cuando cojan un pichón ellos solos se destrozan! JOSÉ R O D A O 2 3 4 b G 7 freno en sus pasiones, y el bendito amor al trabajo, que ha de proporcionarles, andando el tiempo, el pan de cada día. E r a alto y delgado; su edad oscilaría entre los ctiarenta y cincuenta a ñ o s tenía el cabello gris y las manos huesudas; el labio superior estaba oculto bajo el espeso matorral de un bigote canoso, y cubría su barba una larga perilla cine casi le llegaba al i echo. El buen D. Emilio era, físicamente, la encarnación del inmortal hidalgo manchego Don Quijote. N o ignoraba el humillante remocjucte con que era designado por sus coterráneos, pero jamás se incomodó cuando cara á cara decía alguno al saludarle -Vaya usted con Tiios, Maestro Ciruela... No tenía familia y vivía sin más compañía qtie la de una criada ya vieja que hacía las veces de ama de llaves.