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Clones, olvidó esta escncialísima, y por la mañana espantóse al leer en el periódico este magnífico engendro C a r r e r a s de caballos. -Ayer estuvo el Hipódromo animadísimo. J. a crema, la espuma, lo más chic y sniort de la corte, damas linajudas, nobles caballeros, bellezas hermosísimas que hacían suspirar á más de un enamorado doncel, estaban en las tribnnas. ¡Plantel de frescas y perfumadas flores eran en verdad... I. a última carrera la ganó Florón, del atlético mar u. és de Menescs, el cual iba montado por el intréi) ido oficial de nuestro invencible Ejército 1) Luis Regúlez. VA ilustre niarC ués recibió muchos entusiásticos lácenies, á lo: c uc muy gustosos añadimos el n u e s t r o Los redactores reuniéronse en Consejo y acordaron castigar a uclla maravillosa obra de mentecatez. Nombróse tma comisión, trabajaron s u s miembros activamente, y (jarcia del Alamillo, al acudir á la faena, encontró esta epístola en su pupitre S e ñ o r m í o Leo estupefacto el monstruoso suelto cpie, bajo el título de Carreras de caballos, publica usted en el último ntnnero de su i criódíco. No es usted un Alamillo; es usted un alcornoque. ¿Qué es eso de (lue yo, ¡yo 1, iba montado por el Sr. Regúlez? ¿U n a e uívoeación? ¡Increíble! L n individuo rjue vive de la 5l uina, que goza de cierta fama de escritor, no ticdc equivocarse tan bárbaramente. Xo, usted no es un mentecato; usted es un villanuelo atrevido y a u d a z tm li elist; i Cjuc. valiéndose de la ironía, me ha c uerido injuriar 11 amámdomc caballo. T. e exijo tma com; leti. re aración en el terreno de las armas. Alis padrinos, los señores D. Francisco Jiménez de Cisneros y dori Gonzalo I ernández de Córdoba, le visitarán en seguida para que nombre sus representantes. Le desprecia Y aguarda im acientc el momento de atravesarle. El marques de Mcncscs. García, que palideció al comenzar la lectura de la carta, al concluirla, temblando como tm azogado, estal) a lívido. Guardóla, rcfiexionó unos momentos, y levantándose de pronto, cual si de su ra idez dependiese su vida, bajó á botes la escalera y hecho una tromba llegó á las cajas A ver, regente. Iis cuartillas I Pero k s conjurados las habían roto y García volvió á subir convulso y dejóse caer sobre un diván. Sus enemigos bañábanse en agua de rosas viendo su desesperación y sti i ánico. ¿Oué ocurre, Alamillo? ¡Pchs! ¡Pero, hombre, sí estás desencajado! ¿Yo? i Sí es una tontería! El marqués de Meneses, ya le conocéis, ue se emipcña en uc le he dicho caballo. -i Qué b r u t o! -T ues quiere batirse. -j Chico! -Como lo estáis oyendo. Leed su caria, ¡Yo, un hombre honrado ue res) eta todos los prestigios, batiéndome acusado de libelista! El director dcvolvié) la carta arrugando mucho el entrecejo, y se creyó en el caso de animarle á bien m o r i r ¡Animo, Alamillo, uó demonio! La vida r. o -alc un pitoche. -Como usted ¡uíera, director. Los periodistas retiráronse conteniendo las carcajadas, y el director siguió animándole. -L a aventura i) rcocuparía al más bravo. El marqués tiraba fenomenalmcnte. Y luego, sus padrinos, a (iucllos Icones... ¿N o los conoce usted. García? -A o sé, pero me parece... l e suenan los nombres... -Sí, criatura; los conoce usted. Cisneros, Córík) ba... Gonzalo Fernández de Córdoba, el Grar Capitán. ¿N o cae? ¡Ah, sí! U n o que va á la Peña, uno de Ingenieros. Sí, sí, sí, Y el otro es de Artillería. Entonces estalló un imponente tumulto. T os redactores, locos, ahogándose de risa, daban patadas y brincos, revolcábanse en los divanes, abrazaban al desafiado, le cubrían con i) eriódicos, secábanle el sudor de la angustia, le vitoreaban entusiasmados... Y una semana después, Alamillo, que iba ya olvidando la aventura, recibió un tarjetón y una cajita. El tarjetón, en altivos caracteres góticos, rezaba; A García del Alamillo. ¡jublicista descomunal, gramático asombroso é informador i n w r o símil, s u s admiradores, Francisco Jiménez d c Cisneros, por la Iglesia; Gonzalo l u- nández de Córdoba, jjor las iVrmas; sus comi) añeros de Redacción, por las Letras. En la caja, hundiéndose en raso mullido, había una lindísima joya, una albardita d e honor obra maestra de un genial talabartero, con sus estriberas de i) iel, su concha bordada, stis correíllas y su ataharre pesi) unteado. Y al contemijlar, enternecido, el resente. García se convenció de qtie más temprano ó más tarde un Dios de jtisticia rcmia á los hombres de inteligencia A voluntad. PARMENO. Bibvijos de Medina cr l