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r- L. J W A X í i 4 í í 3 í SÍ EL PREMlO estaba pidiendo que le creciesen las haldas y que lo engalanasen con la pompa de una flexible pluma. Por sus labios vagaba siempre una inefable sonrisa de superioridad, y puesto el lápiz en el papel, ningún nacido le aventajaba en la confección de mieles, arropes y almíbares dulcísimos. Con tal de que en el elogio no le vencieran, hubiese sido capaz de endilgarle un epitalamio á una pareja de gorilas ó un madrigal á una vaca. En la Redacción adorábanle por su ingenua perspicacia, por la novedad de sus comparaciones, por la fertilidad de su imaginación. Una vez, en San Sebastián, descubrió que las aguas del Cantábrico retrocedían á determinadas horas, y este portentoso descubrimiento le valió mil ardientes pláceme, s. O t r a vez, para encomiar la elegancia de un político, aseguró que llevaba la levita con el garbo de un Jehová, y una noche infló un telegrama, en el que dábase noticia de los estrenos de Nicolás y Los gansos del Capitolio, de la siguiente m a n e r a l i a debutado la compañía de la Comedia con cl estreno de la obra de D. Nicolás Gansos, titulada Capitolio. El Sr. Gansos fué aplaudidísimo. P o r estas bizarrías de pluma, el original de Alamillo era cuidadosamente revisado por su director mas, un día, acuciado por apremiantes obliga- ÍWÍ KNTiRiAMOS diciendo que García del Alamillo tenía un adoquín sobre los hombros? Tal vez n o pero, enemigos jurados de la hipérbole, para no incurrir en exageraciones lamentables, nos abstendremos de hacer tal afirmación. Cierto que el meollo del honrado Alamillo podía competir con una piedra por su aridez inverosímil; mas esta cualidad negativa no nos da derecho á calificarlo de granítico, ni á formular cualesquiera otros juicios temerarios. Nos limitaremos, pues, á decir que García del Alamillo fué uno de los periodistas más amenos, mansejones, divertidos y originales de la tierra, y que llegó á conquistar entre sus cofrades una popularidad y un crédito definitivos. Acaso vivía muy pagado de su persona; acaso la vanidad convertía le en héroe de mil aventuras ridiculas; quizá su bárbaro candor le expuso en ocasiones á perder el puchero... Y, sin embargo, sus presunciones, sus vanidades, sus majaderías se le perdonaban, y ante él no hal) ía más que bocas risueñas, ojos alegres y brazos abiertos. E r a gentilísimo aquel digno publicista. Andaba contoneándose gallardamente, con la cerviz levantada, los ojos desafiadores, el paso firme. Su sombrerillo, graciosamente inclinado sobre la oreja,