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CRÓNICA DE PARÍS MIF. RCOl E 3 1 4 DR SI PTIEWB E 1 stamos al final del verano, sin darnos cuenta de que los meses estivales se fueron sin dejar el menor recuerdo de su estancia entre nosotros. La lluvia, ertinaz y monótona, nos ha hecho creer en un oi ño prematuro, delicioso para los (uc or i) recisión se han ¡uedado en las jírandes capitales i) cro desesperante i) ara las personas ue liuycndo de los rigxíres del calor se han trasladado á las plasas del Norte en birsca de diversiones y con objeto de lucir preciosas toilettes, propias de la estación, relevces or la brillante luz de un sol canicular C ue aleg ra sin sofocar, inies la lirisa. deslizándose á través de las frondosidades del ar ue, dulcifica la inU- nsidad de su calor. hlste año, hasla en España, cu o cielo es alegre cual ninguno, ha aparecido el sol de tarde en tarde y tímidamente, como temero so de contrariar á las nubes (jue, osesionándose de la atmósfera, nos lian envuelto durante los meses estivales en una hiz plomiza característicamente inglesa. ¡Quién sabe si Dios, viendo nuestro em eño en copiar á nuestros vecinos del otro lado del canal de la i Tanclia en sus costumbres, modas y aficiones, nos ha enviado las negruras de su cielo para enseñarnos á a reciar lo que vale la alegría del n u e s t r o! La moda, completamente desconcertada y sin rumbo fijo, ha lanzado una colección de extravagancias no des rovisías de cierto cacliet elegante, como es unir la i aja con pieles y el terciojMilo con gasa, dando lugar á originalidades graciosísimas. hora es cuando los grandes talleres de la rué de la Paix se encuentran en un verdadero conflicto. Se trata de hacer ima transformación total y los niodistos recil) en millares de recomendaciones (en estos tiempos son necesarias para todo) unas en favor de lo desconocido, con tal que sea nuevo y difícil de imitar, y otras, suplicando ue la jiureza de la línea no desa arezca y C ue se atienda en primer lugar á la elegancia de la silhoitctte. Celebraré (ue el triunfo sea para las segundas. U n o de los modelos que más me han gustado es el que voy á describir á mis amal) les lectoras. l i e 7; oilc blanco, amidio sin exceso, largo or igual, dcscansanílo en el suelo, incrustado de paño blanco, sobre bordado con cordoncillo de seda negro. Es mi vestido exc uisito de gracia y á la vez artísticamente serio. O t r o modelo más atrevida y que se discutirá sin duda alguna, es de crepé gris, cubierto de muselina de seda vienx rouge, ligeramente fruncida: la parte siqierior del cuerpo, en forma de canesú, tmida á las mangas, y la parte inferior de la falda están bordados con i icrlas de acero sobre calados de cordoncillo de varios tonos, dentro de los colores del vestido. El sombrero para esta toilette es de tercio clo gris con inmensas lumas vicux rouge. V. v. ichy, balneario donde se reúne una sociedad cosmopolita de lo más selecto, reina un com- pleto absolutismo respecto á la toilette. Cada uno se viste como quiere, y el cjue pretenda averiguar qué tiempo hace echando un vistazo al parque á través de los cristales, se verá en un mar de confusiones y concluirá por abrir la ventana para juzgarlo por sí mismo, pues el asi) ccto de las señoras no le sacará de dudas. Al lado de una muchacha vestida de batista transparente, está sentada otra cubierta de pieles con una encantadora bañista, deliciosamente ataviada de riguroso verano y sombrero de paja, imsea una belleza del Norte, que esconde su linda cabecita bajo un gorro de tricot blanco encajado hasta las cejas. Ante estos contrastes, se me ocurre pensar: ¿S e r á n nuestros temperamentos tan opuestos, ue cuando irnos están sofocados los otros tiriten, ó será que nuestra fantasía llegue hasta hacernos creer cpie la temperatura sul) c ó baja, según convenga ara lucir la toilette que de antemano estaba predestinada para aquel m o m e n t o? IMc inclino á lo se. gimdo, or ue la mujer de todos los iaíses y de todas las épocas se sacrifica con gusto con tal de estar bonita. CONDESA D A R M O N V I L L E PARA SER ELEGANTE K f o basta para merecer el título de elegante ves tirsc bien; son necesarias una infinidad de i) c ueñeces i) ara ol) tener, no sólo en la toilette, sino también en cuanto nos rodee, un conjunto bonito y confortable. Para una mujer de sentimientos elevados (le e tener más importancia la ornamentación de su c; isa f ue la de su persona. Justo y hasta indispensable es dedicar 1111: 1 ó dos semanas, al de cada estación, á visitar talleres para encargar vestidos y sombreras: pero una vez con: lcto el guardarropa, hay que pensar en algo (le más interés y abandonar la conversación ccn. stante sobre chiffons. que para las personas de mediana cultura se hace insoportable. La casa, por el contrario, proporciona ancho campo donde invertir el tiem 1) 0 con utilidad propia: pero, por supuesto, espero C ue mis lectoras no piensen que me refiero, al hablar (le la casa, al cuidado ó ejecución de las cosas materiales, para las que sólo es necesario una buena organizaeión v marcharán por sí solas. Me refiero á esas pequeneces que no están al alcance de los criados, y cpie imprimen el sello característico de una iimier elegante: los libros y las flores. Cuántas veces, al entrar en un salón cuya dueña nos era desconocida, hemos hecho en nuestro fuero interno su retrato moral con pasear una mirada investigadora sobre los obietos íntimamente unidos á ella. VA piano abierto, con una sonata de Beethovcn en el atril, revelará sus aficiones artísticas bajo la forma más profundamente seria: un trozo de hatista bordada eme se esca a de un cesto, graciosamente adornado con lazos, atestiguará los primores C ue sabe hacer con la aguia; más lejos, una mesita, especie de liiblioteca ambulante, nos habla más claramente de sus cualidades morales: tiene el Kcmpis, luego es muy piadosa; lee el Quijote, lord Ryron, Zorrilla, Mme. Graven y Pereda: pues tiene que