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Y siempre que se trataba del caso repetía io. mismo. -No importa. Me casaré con la señorita en cuanto cumpla siete años. Ada entonces se reía como una loca ó lloriqueaba, estrujándole la cara y besándole con delirio. Un domingo se presentó la rentera en la villa. Necesitaba hablar con la señorita, para que la señorita supiera lo que era Pierino. Pierino había robado. Sí, señorita, sí; había robado, y no una cosa ni dos, sino varias, muchas. Pero, ella no había dicho nada al principio, y luego había seguido callando, callando... Unas veces eran frutas y legumbres del huerto, otras flores del jardín, huevos... Hasta juguetes de los que la señorita había regalado á sus hijos, á sus verdaderos, hijos de sus entrañas! Desde entonces empezó upa campaña implacable contra el pobre bastardino En cuanto entraba en su casa, la rentera le reñía, le maltrataba, le llenaba de insultos y de golpes. Después iba llorando al castillo, y le acusaba cada día de un robo diferente. Además, Pierino no entregaba ya los dineros que tan á menudo le regalaba la señorita. ¿Qué hacía el mocoso con aquellas monedas? ¿En qué las empleaba? Consiguieron que el cura del pueblo fuera un día á casa de mi amigo -y se uniera á las acusaciones de todos contra el inocente. La víspera había desaparecido una imagen de la Virgen de casa de la rentera. Nunca, nunca se había visto en el pueblo una cosa parecida. Era tma Madonna, traída de París de Francia, una Madonna que bacía milagros y curaba á los enfermos. El misiTiO señor cura había sorprendido á Pierino en el momento de salir de la granja, sigilosamente, con üi? cestillo de huevos debajo del brazo Se había levantado al amanecer, y después de coger los huevos en el corral, huía con ellos no sab. an dónde ni á qué. Pierino volvió al Asilo de Perusa. í una tarde tleo- ó hasta el lago una noticia triste. El bastardino estaba enfermo. Desde que había llegado del pueblo, le consumía una tristeza invencible, un abatimiento cuya naturaleza tenía desorientado al médico. No hablaba, no comía, no se le oía cantar v reír con los demás niños abandonados. Ya en la cama, le invadió una fiebre violenta v una especie de delirio. Hablaba de la señorita y del día en que se casaría con ella para vivir juntos los tres. Por más que él no era bueno, no; no era un buen bambino. Había cogido cosas que no eran suvas y las había ido dejando en un escondite. Las guardaba para os día en que se casaran. Estaban todas allí esperando á que él fuera un hombre, y también estaban allí los dineros que le ha. bía dado la señorita 3 que él reservaba para comprarse una casa y marcharse á vivir con ella. Porque él no quería morirse ni irse al cielo. Sabía que al morirse vería á Dios, y que Dios era un señor bastante bueno y tratable; pero él encontraba preferible quedarse aquí para casarse con la señorita. Ada trató de tranquilizarle con caricias y mimos. Le sacó de la cama envuelto en una manta, y, tomándole en brazos, le arrulló y le llenó de besos. Después, para calmarle, le prometió que al día siguiente se lo llevarían al oueblo, á la casa aquella tan grande y tan hermosa que tenía un iardín con flores y una terraza sobre el lago. Una vez allí se pondría bien en seguida, y en cuanto estuviera bueno y fuerte y guapo, se casaría con la señorita y serían muy felices. ¿Que ella estaba ya casada con otro? Eso no importaba nada. No sería el primer matrimonio compuesto de írcí personas. No había necesidad tampoco de esperar á que él cumpliera siete años. ¿Para qué? ¿Acaso tienen mujer sólo los hombres grandes, grandes? También hay muchos muy chiquititos que tieíien novia y que se casan. Durante cuatro ó cinco días más, no supimos nada del pobre bastardino Ada no había olvidado su promesa, pero mi antigo se reia despiadadamente cada vez que ella hablaba de llevarse al niño al castillo. Y, entretanto, Pierino había esperado á la señorita. La había esperado dos días, tres dias, cuatro días, con impaciencia, con ansia. Las noches las había pasado sin dormir, pensando en que ya muy pronto llegaría y en que se lo llevaría al pueblo para casarse con él. Pero una noche se despertó sobresaltado; Ada no acababa de llegar, y era muy probable que él muriera antes y se marchara al cielo sin verla. Saltó de la cama, se vistió sin hacer ruido, y, sin que nadie supiera cómo, se escapó y salió á ía carretera. Anduvo, anduvo mucho tiemno. Se dirigía á la casa aquella grande y hermosa que tenía un jardín y una terraza sobre el lago. Iba en busca de la señorita Ada para casarse con ella. Y al día siguiente lo habían recogido tendido en mitad del camino, á bastante distancia de la ciudad, medio muerto de frío, exánime. Se acababa, se extinguía poco á p o c o c o m o una luz. Y cuando llegamos á Perusa había muerto ya. No pudimos ver más que su cuerpo inanimado, tendido en la camita fría, sus blancas mejillas exan. gües y sus ojos azules abiertos, esperando todavía! caricia de los ojos de Ada. Al entrar Ada en el cuarto del bastardino unos días después de su muerte, le pareció ver allí al chiquillo esperando, sentado en una sillita baja. El alma del niño flotaba aún en el aire, por entre los juguetes caídos y rotos, en medio del desorden de aquella estancia, testigo de sus días alegres, de los días aquellos en que se escapaba de la granja al castillo para ver á la señorita y jugar con ella. En el interior de una alacena que nadie había pensado en abrir, Pierino haliía ido formando una especie de altar con tablas y cajones de diferentes tamaños. Estaba en lo más alto la ima. gcn de la Virgen traída de París de Francia, y á sus pies, como si fueran ofrendas, una cantidad inmensa de cosas heterogéneas cu. yo conjunto hacía sonreír. Eran los regalos que Pierino había recibido de la señorita, las cosas que él había podido atrai ar en su casa y en la granja de sus padres adoptivos. Esperaban allí á que él cumpliera siete años y fuera ya un hombre grande, grande, en disposición de casarse. Había flores, estampas de santos, ropa regalada por la señorita, una escopeta, un lápiz, un canasto con huevos y unos zapatos de niño, sin estrenar. Alrededor de la Madonna, unos cuantos soldados de plomo rendían las armas, y delante de ella, como la más preciosa de todas las ofrendas, yacía una bolsita con dinero. La cena fué silenciosa y nadie habló ni rió en la mesa. Después del café, Ada se llevó su pañuelo á los ojos y suspiró imperceptiblemei- te. Luego murmuró: Pobre bastardino MANUEI AGUIRRE DE CARCEK Dibujo de Méndez Briiiga. 2 3 4 6 6 7 8