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viejos m a e s t r o s primitivos, la que se ve pintada en el fondo de las talólas místicas, á t r a v é s de la vent a n a abierta de una celda donde la V i r g e n ora a r r o dillada es eran (io el saludo del áiig el. D e cuando en c u a n d o una colina, y sobre la colin a u n a ciudad m i n ú s c u l a la vista no alcanza á divisarlas todas á un t i e m p o es preciso el f e r r o c a r r i l ara ir viéndolas a areccr y desai) arecer con cortos i n t e r v a l o s p r i m e r o Asís, después Perusa, más t a r d e Cort na, t i e r r a s todas de artistas y de santos, h o r i z o n t e s c e r r a d o s por el g- ran lago histórico y por las azules m o n t a ñ a s de la l oscana. B a j o ac uel ciclo pálido, de inmaculada t r a n s p a rencia, había vivido San h rancisco de Asís, el g r a n santo de la lidad JMedia, Su corazón se había estremecido de amor al contemplar aquel mismo lago, a uellas m i s m a s colinas de contornos graciosos é infantiles aue parecían u n a sonrisa de la X a t u r a l e za en medio de la a u s t e r a soledad de la planicie. Y su sombra se cernía aún sobre los campos dormidos y s o b r e las calles m u d a s de la ciudad natal, m u e r t a hoy y olvidada de los hombres. D u r a n t e u a ¡jar de semanas habíamos tenido en la casa huési) edes elegantes de Rorna. Se o r g a n i z a ron cacerías de aves acuáticas, artidas de pesca en el lago, expediciones á caballo y alegres meriendas sobre el césped. Al llegar la noche los invitados se c o n g r e g a b a n alrededor del blanco mantel hospitalario, correctos y vestidos como p a r a ir al baile de u n a ICmbajada. L a mujer de mi amigo iba de un lado á otro rep a r t i e n d o cumplidos V frases amables, y mult licándose jiara que n a d a faltara á sus h u é s p e d e s la- flores campestres en el cuarto, el baño á la h o r a pedida, y en la mesa, el pan tostado cuidadosamente 6 el agua mineral favorita, X i n g u n o debía echar de menos las solicitudes de la familia ni los detalles v refinamientos del h o g a r i) ropio. J ero a h o r a estábamos los t r e s en confianza y no nos levantábamos á la cinco de la m a ñ a n a temblando de frío, p a r a t i r a r á los patos, ni nos imponíamos el estúi) i (lo sacrificio de ponernos todos muy elegantes al llegar la noche. X o s i asábanios la vida en el campo, e n t r e g a d o s á la r u d a caricia del aire y del sol ardiente de A g o s to. l- l anochecer nos s o r i e n d í a en la t e r r a z a del castillo, viendo morir el oía en las a g u a s del lago ó en mitad de la c a r r e t e r a á dos 6 tres kilómetros del ueblo, sentados l) aio la copa de algún árbol, mudos les tres y anegados en el divino silencio de los campos. A veces ahiuilábamos un vaporcülo v contemplábamos la puesta del sol des le el interior del lago. i Q u é encanto i Sol) rc la púri) ura encendida del poniente se dil) HJa 1) a la t o r r e de la iglesia del i) ucblo y la casa de mi amigo, que parecía a r d e r á lo lejos. U n a brisa fresca ñas azotaba la c a r a de frente, v traía á la piel salpicaduras del l a g o el va orci 11o se acostaba rozando casi el agua con la borda, v Ada se divertía en s u m e r g i r hasta el codo su lindo razo desnudo. P o r las m a ñ a n a s la m u i e r de mi amigo v vo salíamos solos p a r a soriirender á los colonos en sus granjas. C o m p r á b a m o s t o r t a s de maíz, uvas y huevos frescos, y después de la visita r e c o r r í a m o s las huertas, v a c a b á b a m o s la m a ñ a n a buscando fresas silvestres en el monte ó contemplando la asombrosa v o r a c i d a d de los gusanos de seda. Ella contestó como s i e m p r e -C u a n d o Dios y la Madonna sean servidos, P e r o aún no habíamos traspuesto la linde del h u e r to p a r a salir á la c a r r e t e r a cuando vimos un chiquillo como de cinco años e n c a r a m a d o en lo más alto de un montón de heno. Cubría aijenas el cuerpo delgadito con una camisa rota que dejaba ver los pies y l a s pantorrillas tostadas por el sol, y clavaba rus ojos en A d a con una expresión de g r a v e d a d y a r r o bamiento. ¿Q u i é n eres t ú? -p r c g u n í a m o s -S o v Pierino. ¿Y quién es tu m a d r e? 1 muchacho se calló. Xo eres de A íargheríta? -dijo A d a -X o, signar na. X o eres de esta c a s a? -Sí, signorina. -Tüitonces, ¿quién e r e s? ¿Y o? A o soy P i e r i n o f, a r e n t e r a acudía riendo. -T- s Piero, s e ñ o r i t a el más chiquitín de todos. Xo es mío, pero ¡bah! es casi como si lo fuera. Aquí todos le queremos bastante. E s el b a s t a r d i n o I, a señorita sabe que nosotros, los pobres, no podemos p a g a r criados que ayuden a l a b r a r la t i e r r a Y la t i e r r a exige brazos, hombres, gente c ue sude y sufra sobre ella. P o r eso los l a b r a d o r e s necesitamos tener muchos hijos p a r a enseñarles en seguida y que ayuden. Xo somos como la gente rica, t u. e cada uno que les nace es un disgusto. Q u e r e m o s muchos, y cuando no los hay, ¿qué liacer? fr á la Inclusa V sacar todos los que sean necesarios. Ada V vo nos m i r á b a m o s con estupefacción. -A o siempre andaba detrás de mi m a r i d o diciénd o l c Por la Madonna, m a r i d o mío, ¡que no tenemos más que c u a t r o v a r o n e s -P o r fin, una m a ñ a n a tomó el tren, fué á la Casa de- I- r; ternidad de Perusa y á la noche estaba aquí con P i e r i n o Anda, P i e r i n o hijo mío, baja. I ímpiate esa c a r a saluda á la señorita. U n día, salíamos de la g r a n j a de M a r g h e r i t a la m á s limpia y h e r m o s a del país. A d a había hecho f o r m a r en fila á los siete cincos de la r e n t e r a y después de h a c e r una distribución de regalos, según el sexo y la edad de cada cual, repitió u n a vez m á s la p r e g u n t a a c o s t u m b r a d a -C o n franqueza, Alarghcrita, ¿c u á n d o espera ust e d el o c t a v o? AI cabo de un mes, A d a sé había e n a m o r a d o rl. l chiquillo, y se la veía con él- á todas h o r a s E o s p r i m e r o s días se c o n t e n t a b a con ir á b u s c a r le á la g r a n j a Le llevábamos monedillas de plata, vestidos nuevos y zapatos de hombre, compra los en P e r u s a Los hijos de Alargherita empezaban 3- a á m i r a r l e con odio, y la r e n t e r a misma fruncía el ccfi cada vez que la signorina aparecía en la puert i de su casa con un paquete debajo del b r a z o y llan. iaiulo á p ritos al b a s t a r d i l l o ICra r a r o el día que A d a no se lo llevalia á comer al castillo. Después de a t r a c a r l e bien de golosi i: is, le enseñaba la cartilla y el catecismo, v, iior i ihimn. se lo llevalsa á su cuarto, le bañaba, le perfuni; d) a. le peinaba con r a v a y se entretenía en vestirle v desnudarle como un muñeco, con un secreto a r d o r de mujer estéril. El niño correspondía al afecto de la señorita con una esi) ecie de adoracié) n extática. Se estaba h o r a s e n t e r a s sentado en una sillita baja al lado de ella, sin hablar, sin hacer nada, contemplándola, comiéndosela con los ojos, con u n a fijeza V una devoción inmensas, como si m i r a r a una imagen de la V i r g e n ó cualquiera otro objeto santo y sagrado. A veces se nermitía hablar con su leneua de t r a p o -i Santa Madonna. ¡P o r qué no seré yo un h o m bre g r a n d e p raiulc! Ale casaría con la señorita. Xosotros le d e c í a m o s -P e r o hombre, ¡si la señorita está ya casada con ot ro! El b a s t a r d i n o se quedaba pensativo, m i r a n d o al suelo. Luego añadía muv serlo -K o importa.