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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO cipnes acerca de ese particular no han producido resultado alguno. Entonces, no alcanzo á comprender el motivo de esa alegría. Discurrid, hijo mío, discurrid; ¿ignoráis que anda por el mundo cierta persona, cuya presencia sería altamente favorable á los intereses de mi hija, á los míos y aun á los vuestros? En verdad, señora, que no acierto á adivinar... -i Vaya! No tenéis demasiada persnicacia para juez criminal. Ya que es fuerza decíroslo por lo claro, se trata del hijo ilegítimo de mi hermano Miguel Ladrange... Es posible! ¿Ese hombre existe? ¿Se le ha encontrado? -Espero aquí su visita de un momento á otro. Daniel palideció y se quedó como aterrado. -Y bien, señora- -dijo pasado un rato; ¿cómo puede ser ventajoso para María, para vos ó para mí mismo ese suceso que recuerda un baldón para nuestro nombre? -Pues qué, ¿no se os alcanzan- -replicó la señora de Mereville con asombro real ó fingidolas consecuencias inmediatas de tan inesperado cambio? La herencia de mi hermano mayor, prescindiendo de los inmensos v alores robados por sus asesinos, sube aún, según el notario Laforet, á más de cien mil escudos, de cuya suma os corresponden, Daniel, treinta mil libras. En cuanto á los derechos, de mi hija, puede suceder una de estas cosas: ó bien María aceptará por marido á ese... primo bastardo, y entonces, con arreglo al testamento, toda la herencia correspondería á los jóvenes esposos, ó bien le rechazará, y en tal caso, según la misma disposición, no tendrá derecho á reclamar nada de la herencia. Es una rareza, pero mi hermano así lo ha decidido. Por últimio, pudiera suceder que fuese Francisco Gauthier el que se negase á casarse con la señorita de Mereville, y entonces el legado hecho á María se elevaría á doble suma. Pero esta última hipótesis no puede admitirse, porque Francisco Gauthier es libre y se manifiesta muy dispuesto á realizar los deseos de su padre. Por otra parte, María, que tanto ha sufrido por ella y por mí con nuestras recientes privaciones, no dejará pasar esta ocasión de sacarnos á una y otra del estado de dependencia en que vivimos dará su mano á ese joven, y estaremos, si no en la opulencia, al abrigo de la miseria para siempre. Hasta sería posible, si otro medio no hubiera, rescatar nuestras propiedades de Mereville con el dinero de la herencia. Daniel estaba rojo de cólera; aquellos cálculos de procurador le sublevaban. ¿Sois vos la que habláis así, señora? -preguntó con vehemencia. ¿Es, en efecto, la marquesa de Mereville la que, por el aliciente del lucro, está dispuesta á entregar su hija á un desconocido, de baja condición, que ni siquiera tiene el derecho de pronunciar sin avergonzarse el nombre ae su madre? -Muy. severo sois, Daniel- -respondió la marquesa; pero os disculpo porque no conocéis todivía á ese joven. El notario me da acerca de él los más lisonjeros informes: es guapo, bien formado, de maneras sencillas, pero que revelan franqueza y rectitud. Respecto á las peripecias de su vida, he aquí en dos palabras lo que sé: recibió de niño alguna educación en la escuela de la aldea; arruinados por un incendio sus padres adoptivos, sirvió á varios mercaderes ambulantes que L enseñaron el comercio; más tarde hizo negocios por su propia cuenta, y parece l. egó á adquirir por medio de su trabajo una pequeña fortuna. A causa de su vida errante, no ha sabido hasta hace pocos meses las activas pesquisas de que era objeto y cuando se ha presentado el notario, llevaba todos los documentos necesarios para identificar su persona, y ya se sabe que maese Laforet es harto escrupuloso en estas materias. Por último, querido. Daniel, Francisco Gauthier se nos presenta bajo los más lisonjeros auspicios. En cuanto á lo demás, vos sois el último que pudiera echarle en cara su nacimiento ó la humildad de su condición pasada; vos, que tantas veces me habéis dicho que las antiguas preocupaciones de clase estaban abolidas y para siempre aniquilados los privilegios de la nobleza. Voy comprendiendo que tenéis razón: lo pasado no volverá, y cuando todo ha cambiado; en derredor mío, ¿por qué me he de obstinar en mis rancias opiniones? Y en último término, ¿deja de ser Francisco Gauthier nuestro pariente y de tener nuestra s a n g r e á despecho de nosotros mismos? Estas teorías eran tan contrarias á las que había oído sostener en otro tiempo á la marquesa, que Daniel no podía dar crédito á sus oídos. Cediendo á un nuevo arrebato de dolor y de cólera, exclamó: ¡Qué, señora! ¿Creéis que María puede participar de esas ideas? -María es una muchacha razonable y estoy segura de que me obedecerá. -Y yo estoy seguro de lo contrario... N o María no consentirá jamás en ese inconcebible enlace. ¡Moriríamos ambos, ella de vergüenza y yo de desesperación! Y se cubrió el rostro con las manos. La señora de Mereville se inclinó hacia él con aire afectuoso. -Daniel, ¿qué significan esos extremos? preguntó. ¿Acaso soñáis aún en las niñerías que mediaron en otro tiempo entre vos y mi hija, bien contra mi gusto por cierto? Supongo que aquello concluyó, ¿no es así... Porque no es posible que yo me hubiese engañado hasta ese punto. Yo he creído que esos amorcihos, muy comunes entre prima y primo en la primera juventud, se habían transformado en una buena y sólida amistad y que al presente considerabais á María como hermana vuestra. ¿Cómo había yo de pensar otra cosa? Desde hace cuatro años, que la suerte nos unió con el vínculo de la desgracia, ¿habéis manifestado una sola vez el deseo de dar serias proporciones á los frivolos caprichos de vuestra infancia? -Y durante ese mismo tiempo, ¿he dicho una palabra, he hecho lo más mínimo que autoricen á sospechar lo contrario? -exclamó Ladrange con, viveza. Señora de Mereville, mi querida tía ¿no habéis adivinado el motivo de mi reserva? Temía Continuará.