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diana y la gran cofia, que constituían su adorno, ejo en que se halla vuestra madre, se resolvería á tenía modales rígidos y altaneros que imponían oponerse á la realización de la cláusula singular respeto. establecida en el testamento? Tan pronto como aparecieron los jóvenes, exLa señorita de Mereville lanzó una nueva carclamó con aire de impaciencia: cajada y contestó: -En verdad, mi señor sobrino, que no os ha- -S o ñ á i s mi pobre Daniel; perdóneme vuestra béis apresurado á saludarme hoy por la mañanagravedad, pero soñáis despierto. Si bien es verdad Daniel, intimidado ya, quiso disculparse. que mi madre no conserva ya hoy ninguna de sus- -V. a. y a- -interrumjpió la marquesa, -dejérño. antiguas preocupaciones contra la plebe, no conesto; preciso es irse acostumbrando á los usos desentiría jamás en semejante ahanza; y aunque fuese capaz de consentir en ella, me opondría yo mocráticos de la época... Pero, ante todo, María. hija mía, ve inmediatarriente. á quitarte ese traje con todas mis fuerzas... Pero ya que os habéis forjado una novela á propósito del Sr. Fraricisco de vendimiadora, porque hoy espero visita. ¿Visita, querida mamá? -preguntó la joven Gauthier, séame permitido que yo haga también la mía. Antójaseme, pues, que ese apreciable primo, en el colmo de la admiración. ¡Esto sí que es siíes, que existe, se habrá casado hace ya mucho nuevo! ¿Y puedo caber... ¡Corno es eso, niña! ¿Os tomáis acaso la litiénípo con alguna robusta aldeana angerina ó percherona; que habrá llegado á ser padre de cin- bertad de interrogar á vuestra madre? Id, señorico ó seis chicos mal lavados, que se revuelcan á ta, y poneos muy bella, porque después os pesaría estas horas entre las gallinas y patos de una gran- haberos dejado ver en ese traje de mañana. -María miró primero á su madre, y luego á ja, cuidándose muy poco de su alto y poderoso parentesco... ¿Qué tal? ¿Por qué ha de ser más ab- Daniel, como si no comprendiese lo que pasaba: pero, demasiado sumisa para resistir á aquel mansurda mi novela que la vuestra? dato indiscutible, salió lentamente del aposento. Daniel no pudo menos de participar de la joviaLadrange, por su parte, estaba también sorlidad de la maliciosa muchacha. Mientras ambos reían llegó Juanita á prevenirles que la señora de prendido é inquieto. Su tía le hizo seña de que se sentase. Mereville deseaba verles inmediatamente a uno y- -Así podremos hablar- -continuó la marque. sa otro en el pabellón. en tono de confianza, -porque tengo muchas co- ¿Luego sabe que estoy aquí? preguntó algo sas que deciros, Daniel. alarmado Ladrange. ¿Y qué tal humor tiene, -Y yo también tengo algo que contaros, señoJuanita? ra- -replicó éste. -Muy bueno, señor Daniel. H a recibido esta- ¿Vos, caballero? Y, ¿dé qué se trata? mañana cartas que deben haberle satisfecho... -Con vuestro permiso, esperaré á que antes Sin embargo, si me queréis creer, no tardéis mume enteréis... cho en ir á su lado, porque su humor se avinagra- -No, no, hablad al instante; ¿qué es lo qué tetan pronto como la leche en tiempo de tormenta. néis que decirme? Y la joven sirviente se alejó dando saltos. Ma- -Pues bien, quería deciros, tía mía... que acaría se apresuró á levantarse. bo de recibir mi norabramiento para un elevado- -Vamos, Daniel- -dijo María dirigiendo á su primo ima sonrisa llena de coquetería, -el mo- puesto en la magistratura de Chartres. ¡Hola, muy bien! -repuso con frialdad la mento es favorable... ¿Os atreveréis esta vez á marquesa; -os doy la enhorabuena, Daniel. En la aprovecharle? época presente nó tendréis ya que oerseguir á per- -Me atreveré, uerida María, me atreveré y sonas honradas, como en otro tiempo, y en tales vais á verlo. condiciones un cargo de esa especie puede ser honroso. II Daniel estaba poco satisfecho y no se atrevía á formular la grave. petición que tenía en rríientes: E L TESTAMENTO pero queriendo excusar á sus propios ojos su cobardía, se decía á sí mismo qué antes de tentar fortuna, le convenía conocer el secreto de la señoEl interior del pabellón consistía en ura salita provista de una ventana y cuya puerta daba ai te- ra de Mereville, quien por Su parte estrujaba disrrado. Estaba sencillamente amueblada con algu- traídamente la carta que tenía en la mano. -No sois el único, sobrino inío- -dijo por últinas sillas de caña y una mesa, á la sazón cubierta mo, -que tenéis hoy noticias; yo las tengo tamdé papeles. La marquesa, sentada en un cojín de tijera, es- bién y excelentes, cómo vais á ver. Un acontecitaba en actitud meditabunda, con el codo apoyado miento que se creía imposible se realiza, y nuestra suerte va á cambiar de una manera favorable, preen la mesa y una carta abierta en la mano. cisamente cuando menos motivos teníaraps para Pocos cambios se habían operado en su persona durant. e el período de tiempo que hemos atravesa- esperarlo. ¿Qué decís, señora? -preguntó Ladrange esdo; únicamente su fisonornía, tan llena de dignidad otras veces, estaba ahora marchita, arrugada tremeciéndose; ¿habéis sabido algo referente á y como envilecida por una expresión de sórdida vüestrps bienes de familia? ¿Habéis, acaso, obtenido la restitución? codicia. -Desgraciadamente, no, Daniel; mis negociaA pesar de todo, bajo el. modesto vestido, de in-