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tK. 7 FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO -Mucho dudo que vuestra madre lo consiga, porque conozco los insuperables obstáculos en que habrá de estrellarse... Y ahora, ¿queréis que. os diga una cosa, María? Pues bien, aunque por mi parte he puesto todos los medios para obtener el resultado á que ella aspira, he visto hasta hoy sin gran pesar la impotencia de nuestros esfuerzos en este asunto. Me parecía que la restitución de vuestros bienes destruiría mis esperanzas, abriéndose de nuevo el abismo que existía hace tiempo entre el pobre huérfano y la joven heredera. En mi egoísrQO, deseaba que vos y mi tía lo debieseis todo á mí... -Muchísimas gracias, primo Daniel- -replicó la joven con acento burlón; -ya voy viendo que mi madre hace perfectamente en tomar ella misma el timón de sus negocios, porque de otro modo es probable que no llegaríamos á ver las bellas alamedas del parque de Mereville... Pero, ahora que recuerdo, Daniel, ¿por qué, en la enumeración de las ventajas de vuestro porvenir no indicáis á mi madre (me avergüenzo, en verdad, de daros tal consejo) los dos legados de diez mil escudos cada uno que nos han sido hechos por nuestro pobre tío Ladrange? La frente del joven magistrado se obscureció. -María, no me gusta traer á la memoria aquel lúgubre asunto; pero es fuerza, cuésteme lo que quiera y aunque á vos también os desagrade, que os dé algunas explicaciones sobre la tardanza que ha sufrido la entrega de ese doble legado. Ya sabéis que nuestro tío, cediendo á escrúpulos de conciencia, se decidió á reconocer en su testamento á un hijo ilegítimo, olvidado hacía mucho tiempo, instituyéndole heredero, á condición de que se casara... con una persona poco dispuesta, según creo, á sufrir tan tiránica exigencia. María hizo un gesto muy significativo. -Pues bien- -prosiguió Daniel; -la ausencia de ese hijo desconocido es la que retarda la ejecución del testamento de nuestro tío. El notario en cuyo poder está depositado ese testamento, ha hecho minuciosas investigaciones en la aldea de Anjou. donde vivió hace tiempo aquel joven, pero sus pesquisas han sido inútiles. Yo mismo he procurado con empeño adquirir informes, he enviado ernisarios, y no he obtenido mejores resultados. Había contado en un principio con cierto buhonero del mismo país, á quien encontramos, en circunstancias bien funestas por cierto, en la granja del Breuil, y á quien siempre he sospechado debimos más tarde nuestra libertad; pero aquel hombre, sea que haya olvidado mi; comisión, sea que haya muerto en estos últimos años, no ha dado razón de su persona. Todo induce á creer que no hay remota esperanza de encontrar al desgraciado muchacho á quien nuestro tío ha hecho tan tardíamente justicia. Y ya que estoy en camino de confesar mis malos sentimientos, querida María, os diré también, para mi vergüenza, que más de una vez me he felicitado del mal éxito de mis gestiones. Porque, en efecto, si Francisco Gauthier vive aún, ¿quién sabe el rango social á que puede haber llegado? Y si fuese á la vez joven, bello, rico, bien educado, ¿creéis que, en la situación de áni- deración que hará reflejar sobre mi querida compañera. Siguióse un momento de silencio, lleno de encanto y de elocuencia. Daniel fué el primero que le rompió: -Sí, María, nuestros corazones se comprenden y podremos ser felices después de tantos reveses y sufrimientos; ¿pero estáis segura de que vuestra madre no se opondrá... ¿Y por qué había de oponerse al cumplimiento de nuestros deseos, querido Daniel? Mi madre, tan infatuada en otro tiempo con su nobleza, ha recibido severas lecciones de la adversidad, y sus accesos de orgullo se han disipado por completo. Lo que ahora podría reprochársela es el deseo de poseer, la imperiosa necesidad de bienestar y de reposo que se ha apoderado de ella. Pero no debemos acusarla, sino compadecerla. Acostumbrada á la opulencia, ha conocido las privaciones, casi la pobreza, teniendo que aceptar socorros de extrañas manos para vivir, y no os he ocultado que experimentaba un pesar secreto de seguir habitando esta casa perteneciente á Leróux, al hombre genero- so con quien tantas obligaciones hemos contraído. -Querida María, ya os he dicho muchas veces qiie no sois huéspedes del ciudadano Leroux, sino mías, porque esta casa ha sido tomada por mí en arrendamiento con todas las formalidades legales, y nada hay de humillante para vuestro amor propio en la hospitalidad que os concede un pariente, un amigo á quien habéis colmado otras veces de beneficios. -Todo eso está muy bien, Daniel; pero mi madre asegura que habláis así únicamente para acallar nuestros escrúpulos de delicadeza, puesto que vos también habéis sido arruinado por la revolución. Pero sea de ello lo que quiera, el cargo importante de que acabáis de ser investido y cuya dotación debe ser cuantiosa, echará por tierra todas las objeciones, y estoy segura de que mi ma. dré no temerá yá deber su tranquilidad á... su hijo, Daniel se había quedado pensativo- -Tiemblo- -dijo- -á la idea de pedir á mi tía lo que es objeto de mis más vehementes deseos. De algún tiempo á esta parte se recata de mí; su conducta es misteriosa y parece que la preocupa algún grave proyecto; mantiene una activa correspondencia con agentes lejanos y yo me pregunto con qué fin secreto... ¡Dios mío! Daniel, no hay en esto ningún misterio; mi madre, siempre acosada por el deseo de recuperar su fortuna, ha tenido la idea de escribir á su antiguo administrador de Merevillc, sujeto honradísimo que poseía en otro tiempo la confianza de la familia. Nuestras propiedades, como sabéis, no han sido vendidas, merced acaso á la influencia que en tiempo oportuno habéis ejercido, y podrían sernos restituidas, si la animadversión de ciertas personas no suscitase obstáculos para ello. Esta animadversión es la que mi madre se esfuerza en combatir, empleando la mediación de su agente, y, al efecto, promete, negocia, suplica, esperando de este modo llegar á la realización de sus proyectos; he aquí el origen de tan activa correspondencia.