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LA T E N T A C I Ó N arlitos es un chico monísimo, muy guapo, muy inteligente y dotado por la providencia con las mejores cualidades que debe tener un niño: la aplicación y la obediencia. El diablo estaba rabiosísimo porque nunca conseg uía que Carlos cometiese una falta, y torturaba su ciiabólica imaginación para encontrar el medio de hacerle pecar. Una tarde que el niño jugaba por el jardín de su casa, vio la puerta del jnvcrnadero abierta, y, á pesar de tener prohibida la entrada, sintió tanto deseo de ver las plantas que había allí, que aprovechando el descuido del jardinero entró con muchas precauciones para que no le vieran. Una vez dentro, se quedó extasiado. ¡Qué bonitas plantas! Pero la que más llamó su atención fué una de tallo pequeño y hojas de un verde obscuro, adornada con un fruto de un color rojo muy brillante. como si hubi e comido fuego. Empezó á llorar, dando. grandes gritos. Su madre, al oírle, acudió corriendo. I. e hizo mil preguntas, sin obtener respuesta, porque el infeliz no podía haíjlar; pero el fruto encarnado que. estaba en el suelo dio la clave de lo ocurrido. Una vez que Garlitos se tranquilizó, su madre lo sentó sobre sus rodillas y colmándole de caricias le explicó que aquel fruto que tanto había llamado su atención era un pimiento silvestre que no i) odía comerse. -Ya ves, hijito mío, qué caro te ha costado tu desobediencia. Ea rimera vez que lias hecho una cosa sin permiso, te has despellejado la boca y Dios sabe los días que estarás sufriendo. Has cometido dos faltas la primera, entrar en el invernadero cuando yo te lo he prohibido, y la segunda, coger el pimiento sin permiso. Ahora merecías que te castigase pero no lo hago porque tu misma culpa te ha castigado. Sírvate esto para no fiarte de las apariencias y desconfiar siempre de lo que te parezca más seductor, porque es muy frecuente que al ir en busca de un placer se encuentre un dolor. Garlitos prometió solemnemente no volver á desobedecer y lo ha cumplido, siendo el encanto y la alegría de su casa y dejando al diablo que se muerda las manos de rabia. MARÍA DE P E R A L E S y w i I- 1 LA MANO NEGRA i ii Como cuando nos refieren las mentiras más tremendas, lo general es que todos nos callemos por prudencia, han llegado á figurarse las personas embusteras que los que escuchan sus Ijolas son todos unos babiecas, y sin el menor escrúpulo, unas tras otras las sueltan, contando con que el oyente tiene- buenas tragaderas. Alguna vez, sin embargo, hay quien pierde la paciencia y hace ver al mentiroso que el oficio tiene quiebras. Hallábanse reunidas de una posada á la puerta varias personas, que estaban allí tomando la fresca, escuchando á un forastero, que ya llevaba hora y media contando sus aventuras y alabando sus proezas. j Qué lances tan peregrinos le pasaron! ¡Qué estupendas cosas había observado viniendo de luengas tierras! Una tras otra, ya había contado lo menos treinta, pero la mejor de todas era siempre la postrera. -Cuando yo viajaba- -dijo- -por las panipas en América, siempre llevaba im machete -2 3 4 5 6 7 8- La tentación fué terrible. Aquello debía ser riquísimo. El deseo luchaba con la conciencia. Carlos sabia que había desobedecido entrando en el invernadero, y comprendía que su falta sería mucho mayor si cogía algo. El diablo, temeroso de que aquella vez también se le escapaba su presa, sopló al oído del niño: Tómalo y cómetelo, que tiene muchos y nadie notará la falta de uno. Carlos vaciló aún, pero triunfó el genio del mal y el niño cortó el ambicionado fnfto y salió al jardín ocultándolo debajo del delantal, sin que nadie le hubiese visto. Se refugió en un cenador, miró á todas partes para asegurarse de que estaba solo, y tomando todas las precauciones necesarias para no mancharse, en caso de que aquello tuviese líquido, le hincó los dientes. ¡Pobre pequeño! Se quedó con la boca abierta, sin poderla cerrar; la lengua y el paladar le escocían