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LAS HABITACIONES DE GOETHE A LGUiEN ha dicho que generalmente los g- randes hombres son poco aficionados al lujo que es indispensable á los espíritus vulgares. Visitando la casa del genial poeta Goethe, en Weiraar, comprendemos la verdad que encierra esta idea: Goethe, al cual su posición de consejero íntimo no le permitía retirarse de la vida representativa, supo dividir su casa en dos partes; una exterior, que era visible á todos, y otra íntima, en la que difícilmente penetraba alguna persona. Las habitaciones en que vivía Goethe son las más. modestas de toda la casa. En un entresuelo, hacia el interior, con vista al jardín, en el cual Cristiana, la despreciada florista de ¡a Sociedad de Weiniar, expuso su vida defendiendo á Goethe contra la agresión de los soldados france- ses, ebrios, cuando volvieron victoriosos de Jena. Aseguran que, sin la intervención de Cristiana, probablemente Goethe habría perecido, pues al escucha. r sus gritos desesperados acudió el vecindario, y le libraron de una muerte segura. Este pequeño jardín, florido, con sus emanaciones perfumadas, desde las ventanas de Goethe sólo se le puede ver en iiroporciones muy reducidas, pues su dormitorio sólo tiene una muy pequeña, por la que penetra escasa luz, y su escritorio, que es un tanto más espacioso, posee dos igualmente pequeñas. En estas habitaciones han tratado de guardar, con la mayor fidelidad, todos los objetos que pertenecieron al poeta y que lo rodearon en los últimos días de su existencia. La cama de Goethe es angosta, de madera burda. Un grueso tejido á cuadros, cuyo color es imposible definir, cubre la pared en el espacio que ocupa la cama. Al lado se encuentra el sillón en que murió Goethe, acompañado en sus momentos de agonía de su yerna, quien se arrodilló á sus pies. A continuación se ve una mesita, de la cual aún no han quitado la taza que contiene la última medicina, y que hoy parece im depósito terroso. La cucharilla y el plato también se encuentran allí fijos, más durables qU- C la existencia del genial poeta... Lhi cordón formidable le servía para tocar la campanilla del servicio. Sin. duda la mañana del 22 de Mayo de 18. 2, antes de morir, hizo vibrar esta campanilla al llamar á su hija política, la simpática Otilia, para decirle que la primavera, estaba próxima, que no tardaría en aparecer, M? Mi TT t, ITÍ Í 5 1 r i. tí mea- vV I- a cama donde itiurió Goethe, y delirar luego con una hermosa cabeza de mujer de negros rizos. Allí, en la penumbra de la habitación, nos parecía ver la figura del Doeta agonizante, cuando falto de voz y no pudiendo articular sonido, con mano temblorosa trazaba arabescos y signos en el vacío, hasta que, falto de fuerzas, exánime, la dejó cner sobre la frazada, al mismo tiempo que su cabeza sobre un ne, gro almohadón. En ese instante en que la sombra de la muerte obscureció su frente, Otilia. se retiró de su lado suavemente, y colocando un dedo sobre sus labios, di. jo: Duerme... Sólo una vida existe que es imperecedera: la, de nuestra inteligencia, en la labor que deja, cuando es admirable, y ésta la contemplamos con la satisfacción fiue rjroduce una resurrección en el cuarto de trabajo de Goethe. Su escritorio es de madera natural, sin barniz alguno, y lo mismo la biblioteca, que- cubre la pared en toda su extensión. Hoy contiene una colección completa de las obras del admirado poeta, elegantemente empastadas. Al lado de su mesa de trabajo se ve otra, la de su fiel secretario Eckermann, el erial supo adivinar los deseos de Goethe, respetar sus silencios y seguir con complacencia todas las sinuosidades de sus pensamientos En Weimar nada existe más emocionante que el estudio de Goethe, donde desaparece el recuerdo del hombre, con sus amoríos y debilidades, para sólo dej a r admirar la fuerza de su cerebro poderoso. Cuentan que hasta ¡as últimas horas de su vi; ia las consagró al estudio, y que poco tiemno antes de morir lo vieron inclinado sobre el microscopio, examinando un nuñado de tierra que había recogido de su iardin. En su mesa de tralmjo, que hoy inanimada habla á la ima. ginación c o m o un libro, encontraron después d e s u muerte proyectos referentes á la apertura del istmo de Stiez y de Panamá. Como fuese prohibido acercarse al escritorio de Goethe, nos retiramos sin haber dejado una rosa, que depositara o s después sobre su tumba, donde reposa al lado de los príncipes de Baviera. EVANGELINA. Cuarío de ti- abajo del g- i- an poeta.