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y le pone la corona. Hija de mi s entraña, nunca se la hubiera puesto. E n e Tinte que le tocó, le sale á la pobresita un cuerno asín en la frente (i) i Ay, madre mia de mi arma; esto es cosa de la hechisera! Er sastre salió yorando si tenia que yorá; toa la fícente riéndose si tenia que reí: á Mariquita le dio un sónquipe y se queó como insurtá, y el Rey mandó, bija mía, que cogieran á la pobre y le sacaran lo s ojo, y la echaran en un bosque pa que los lobo se la comieran. Y aya va Mariquita, anda que te anda, anda que te anda, hasta que vega ar sitio. ¡Ay, madre mia der Carmen, que me sacan lo s ojo! y se hinca de rodiya, y einijiesa á resá v á yorá. Conque tanta lástima le dio ar verdugo, que le dijo á los sordao: Vamo ja dejajla aquí y le yevamo al Rey lo s ojo de una cabra y le desimo que son los de Mari uita la der cncruo... ¡Ay, que me canso, hija mía... Vi á jartarnie e agua V güervo. -i Te la traguio yo? o si ta aquí mu serca. -Er jardinero tiene. -En de j aquí se ve er cántaro- -Esa no va á poé con é. -Si no hay que alevantarln. Til no sabe bebé con las narise pa fuera? -Yo sé, pero m ajogo. Se me sale to Tagua. -Mia qué bien bebe Manc ui. -Mia las media lista, y las pata qué gorda. -Cochino. Ahora mismito se lo vi á desí en cuanto yegue. -Ño le diga na, Maalcna: por la sahisita c tu madre. -Cayase, que viene ahí. ¡Ay... ¿En qué estaba yo? -En lo de los lobo. uando se fué er verdugo. uando se queó sola Mari uita. Si, sí; cayase ya. Tú, Sebastián: esviaté... limpíate esos moco; que tamié quiere novia con las do vela corgando. -Güeno, rnejón pa mí. ¿Mejó pa ti, maúro... Conque, e n esta y en la s otra, se quea sola Mariquita y se le apárese un viejo, hija mía, que era San José. Y va y le dise ar verla Quién mar te quiere que i) or aquí te envía? Mi suerte mala ó güeña le contestó la pobre. Y agarra er viejesito y va y le da una carta y una sinta y nn güevo. Y le dise: Mariquita, rómpete er güevo en la frente; coge la paloma que sarga, le pone la carta al cueyo amarra con esta sinta y la deja de di. Y designé va á ese arbo y dise Ábrete, lauré. Y se es arcsió er viejesito. Conque coge eya er güevo se lo estruja en la frente y se le cae er cuerno, hija mía. Coge la paloma, que era blanca como la leche, le pone la carta ar cueyo, le da mi besito e n er pico, y agarra y la echa á vola. E n esto que era de noche, y va Mariquita a Tarbo y dise: ábrete, lauré v se abre e Tarbo y entra, y se güerve á serrá, hija mía; y era aqueyo un palasio encantao que se yamaba er castiyo de irá y no gorverá; con una fuente er medio, con un jardín con pájaro y muchas mesa de durse y una cama de pluma y no se veía á nadie... na má que una vo que dijo: No t asuste, Mariquita; duerme y reposa, no tenga miedo de ninguna cosa. Y eya fué y se jartó de durse y en seguía s acostó. Po, hija mía, que el Rey yoraba á lágrima viva si tenía que yorá, por su Mariquita la der cuerno. Cuando estando en da sotea vio de vení á la paloma (I) Separando ampliamente las palmas de las manos. Dibujo de Huertas. con la sinta y la carta y fué á coge la escopeta. Pero la paloma le dijo dise: No, me mate, que te traigo rasón de tu Mariquita; a er cuerno se le cayó y ahora sa puesto más bonita. Entonse agarró el Rey, cogió la paloma, le quitó la carta y la sinta y la puso en una jabla de oro y de diamante. Y por la carta se enteró de la envidia de las cuña, de la casoliya de la hechisera, de I ingüente pa saca cuerno y de too lo que había pasao. Conque, hija mía, que salió el Rey co ne genera y e Tejérsito en busca de Mariquita y e n er camino se encontró ar viejo, que era San José, y va y le dise ar Rey: Quién mar te cjuiere que X) r aquí te envía? Mi suerte mala ó güeña. Yo voy pelegrinando en busca de Mariquita... De Mariquita la der cuerno. Entonse dise er viejo: Po si la quiere ve, trc sapatito de jierro tiene que rompe. Y le dio los tre sapato y un pájaro verde y le dijo dise: Anda pa alante, pa alante, hasta que estén rompió los tre pare de sapato y entonse mira er pájaro y e n e Tarbo aonde se i) onga, ayí va tú y dise: Ábrete, lauré Y se espareció er viejo. Conque, hija de mi arma, tpie asín lo biso er Rey; y too salió lo mismo que er viejesito Thabía dicho... Ábrete, lauré y sale Mariquita con un vcstío de oro y una corona de diamante y sin cuerno en la frente, más ptesiosa que nunca. Entonse agarró er Rey, le echó los braso ar cueyo y le dijo Tú ere mi esposa y otra ninguna no. Hija mía, y e n e Tinte er pajarito verde se gorvió un cabayo blanco como ía leche y le dise á YÍariquita: Toma este peine y esta hor uiya y esto tirabusón. La vieja de Tingüente vendrá detrá de nosotro. Cuando tú la vea serca, agarra y le tira er peine; y aluego espué la horquiya, y aluego er tirabusón. Y asín lo hisieron, hija mía. Mariquita y er Rey se amontan e n er eabavo y la vieja detrá. Tira Mariquita cr peine y se güerve un monte de sá. ¡Ah, mardito cabayo, que es er pajarito verde! Corre que. te corre la vieja que ya lo arcansaba, hija mía. Tira la horquiya Mariquita y en seguía se güerve un rio. i Ah, mardito cabayo, que es er pajarito verde! Corre que te corre la vieja, que estaba ya ensimita pa cogerlo, hija mía. Entonse Mariquita tira er tirabusón v sale una candela con un junicr atró. ¡Ah, mardito cabayo, que es er pajarito vefde! Y la vieja hechisera se cayó insurtá de un sónquipe. Entonse agarró er Rey, mandó pone una cardera con aseite hirviendo, y echó ayi á las cufia y á la bruja de Tingüente. Er sastre fué genera de toíto lo sordao. A MariC uita le dijo: Tú ere mi esposa y otra ninguna no y yo fi y vine y no me dieron na, sino uno sapatito d afrecho y los corgué en er techo... Ay, que m ajogo! ¡Huy, qué bonito! Cuando va á contá otro? -Mañana, si Dios quiere. -Oye- -dijo Sebastián. ¿Ma que tú no sabe lo que estoy pensando? ¿Er qué? -dijo Mariquí. -Que si tú hubiá sio Mariquita y yo hubiá sío ese Rey, manque no te se caiga er cuerno, po sigo yo queriéndote. -Po yo á ti no te quiero mientra te se caiga er moco. Y al decir esto, dio un salto, levantó los brazos cuanto pudo, palmóteando alegremente, y echó á correr gritando: yení, vení, pajarito detrá de mí... Y aquel enjambre humano, como obedeciendo á su reina, voló tras ella con el gozo de quien todavía no siente la pesadumbre de la realidad. J. M. a M E C Í A S De nuestro Concurso de cuentos. I, enia: Bienaventurados los niños. -34 6 6 7 8-