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Y al compás de una música que marcaba los pasos admirablemente, daba vueltas el corro de chiquillas cogidas de las manos en ami) lia circunferencia. En la torre más arta que tiene er moro está mi amor cautivo; por eso yoro: Y yo le digo: rompe tú la cadena; vente conmigo. Eos hombres contemplaban á la pareja bailadora, tocándole las i) almas de tal modo, que baile, cante y palmoteo se identificaban en un aire ligero y juguetón. CompleUiban a uel cuadro de primaveral alegría los naranjos en flor los jilguerillos nuevos ensayándose en volar y piando junto á sus padres; las acacias y las moreras dando sombra al jardín público, y las abejas zum bando ante las campanillas azules, donde entraban un mon -nto hundiéndose en el cáliz para salir después terando ruidosamente. ¡Ya está a uí Mariquí! ¡Ya está Mariquí! Los grupos infantiles convergieron á estas voces hacia un banco del paseo. Todos pugnaban por caer lo más cerca de Mariquilla. Unos cogieron e! banco, sentándose como la gente Los muchachos más grandotes se empernacaron en el respaldo. Otros grupos de ambos sexos se acomodaron en el suelo con las piernas cruzadas, los brazos cruzados y la cabe- a erguida, contemplando á Mariqui con admiración sonriente. Juanillo se quitó de la oreja una punta de cigarro, se frotó una cerilla á lo largo del pernil y empezó á fumar olímpicamente. ¿Me va j a da una jumaíta? -le dijo Sebastián. -Aluego te la daré. Sebastián se conformó. Se asó una de sus mangas por las ventanas de las narices desde el codo á la muñeca; ratificó la operación desde la muñeca al codo y se dispuso á escuchar. Mariqui era la chiquilla más llamativa del barrio. Reproduzcamos aquí la opinión de su agüela, que no por ser parcial deja de ser verídica: Eso e lo ma j eseliao que Dio j echó ar mundo. No tiene los trese año ni lo seis parmo de arto; pero tiene ebajo e tierra diesisiete vara metía. ¡Si eso es má que una mujé. Es una vieja recorta. La improsurta de Tange y de la imaginasión... Su traje era vistoso v bastante agitanado. Unos zapatos claros, unas medias á listas, una enagua encarnada con lunarillos blancos, una blusa celeste con el cuello de encajes y un delantal de peto, que despertaba la envidia de la concurrencia femenil. Su rostro era moreno. Sus ojos negros y grandes, más bravios todavía que conocedores del mal; el cabello rebelde se le salía del cauce de detrás de las orejas. En lo alto de la cabeza llevaba una moña azul y en el centro del pecho dos claveles reventones Juanillo, por mirarla, se metió el cigarro en la boca por el lado de la candela, escupiendo ceniza y soplándose la lengua, que se la dejó fuera para que le diese el aire. A Sebastián, de la risotada se le agolpó el moco á la nariz, llegando un poco tarde la manga de la camisa. ¿Qué va á contá hoy? -Ér cuento de la lámpara. -No; e l ro que sabe eya. -Er de l infante de Lara. -Er de Juaníto er pescaó. -Er de la vieja de los peine. -No; vi á contá uno nuevo- -dijo Mariquí afrailándose el pelo de lado y lado; -er de Mariquita la ier cuerno. -i Huy qué bonito! -Ese, ese. -Mariquita la der cuerno... ¡H u y! -Cayase ó no cuento na. Todo el nmndo enmudeció. Todos se encogieron de modo que se hizo espacio bastante para apretarse más contra el banco; y en la posición en que estaban, sin descruzar las piernas, sin descruzar los brazos, rastrearon hacia adelante hasta formar un conjunto compacto y abigarrado, con las bocas entreabiertas y la mirada pendiente de l S labios de Mariquí... Ño se oía ni una mosca. -Po señó que era ve un sastre; y este sastre tenia tre s hija: la mayó, la der medio y Mariquita, que era la má chica. Conque, hija mia, que una tarde estaba la mayó en la sotea que daba ar Palasio del Rey; y va el Rey y le dijo dise: Niña que riega Tarbahaca; ¿cuánta s hojita tiene la mata? Conque á ella le dio muchísima vergüenza y fué y se metió pa entro. Po hija de mi arma, que á la otra tarde va la der medio á la sotea y le dise el Rey lo mismo: Niña que riega l arbahaca; ¿cuánta s hojita tiene la mata? Y á eya le dio muchísima vergüensa y agarró y se metió pa entro. Conque hija, que á la otra tarde estaba Mariquita en la sotea y llega el Rey y lo mismo: Niña que riega l arbahaca; ¿cuánta s hojita tiene la mata? Y agarra Mariquita y va y le dise al Rey: Rey que sabe escrebí r y contá, ¿cuántas gotitas de agua tiene er ma? Mira, se queó el Rey lo mismo que la grana; y Mariquita se fué pa entro. Conque hija, que á l otro día va el Rey y yama ar sastre. Su Rea Majestá que vayasté á Palasio en puMto de las dose; y que como usté farte tiene pena la vida. ¡Ay, Dios mío de mi arma! ¿Pa qué me yamará er Rey? ¡y y, ciué desgrasia tan grande! ¡Ay, qué ésta e mi perdisíón! Er i) obre sastre yorando si tenia que yorá; y la mayó lo mismo, y la der medio lo mismo, y Mariquita cayá, sin yorá, hija de mi arma. Conque á las dose en punto sale el sastre pa Palasio. Er pobre iba temblandito. ¡Ay, Dios mío de mi arma; de ésta no escapo yo! ¿Está su Rea Majestá? -Sí, señó, pase usté. Y entra er sastre y yega e rey y va, hija mía, y le dise: O me trae á Mariquita mañana á las dose en punto ó tiene pena la vida. j Ay, Dios mío de mi arma! ¡Ay, qué pena tan grande! ¡Bien me lo figuraba yo! ¿Tú cá hecho, iVIariquita? ¿Tú qué l ha dicho ar Rey Y fué Mariquita y dijo to lo que había ¡jasao. ¡Ay, Dios mío de mi arma! ¡Esa es nuestra perdisíón! Y estando yora que yora si tenía que yorá. yega un coche á la puerta. Conque, hija mía, yama u n hombre que venía dentro der coche too vestío de colorao con muchas cosas de oro y empiesa á saca ropa: la camisa l) ordá con tira de ¡una cosa güenÍGÍraa, hija de mi arma! imas medias de seda, unas liga de lástico, unos saoatos de raso, un sombrero de pluma, un velo tito blanco, er vestido de novia co n estreyas de plata, y una caja de oro con la corona de diamante. ¡Ay, Dios mío de mi arma, que esto e pa Mariquita que se casa cone Rey! Er sastre loco de contento. Pero las dos hermanas, que se la comían la envidia. Qué hasemo, qué no hasemo, agarran y van, hiia mía, y yaman á una vieja, que tenia una casoliya con un ingüente guardao pa los encantamientos. Y va la vieja, que era bruja, y le dise á la mayó: Toma esta casoliya y le unta á la corona por delante de la frente; y ya tú verá aluego. Conque, hija mía, asín lo hiso. Va Mariquita á Palasio, la cogen siete criada, la meten e n er baño, y como era tan presiosa, po salió, hija mía, guapísima. En seguía la secaron, le ponen sus porvos, ¡conu n oló güenísimo! su camisa borda, sus media de seda, su corsé too de raso y er vestido de plata. Conque, hija de mi arma, que yega el Rey y le dise á Mariquita: Tú ere mi esposa y otra ninguna no